Monarcas en La Habana

Dos monarcas británicos visitaron La Habana en diferentes épocas. El primero de ellos, el entonces joven príncipe Guillermo de Lancaster, cuando vino, no soñaba siquiera con que un día terminaría ciñéndose la corona de su país. El otro, el Duque de Windsor, después de llevarla durante varios meses, había ya renunciado a ella y era protagonista de lo que muchos han considerado la más grande historia de amor de todos los tiempos. Por el amor de una mujer Eduardo VIII renunciaba al reinado más poderoso del mundo; rey y emperador de la cuarta parte de la superficie de la Tierra.

Eduardo tenía 15 años cuando recibió el título de Príncipe de Gales. Era ya Duque de Cornualles, Duque de York y Duque de Rothesay y se le daba tratamiento de Alteza Real. Se enroló en el ejército durante la I Guerra Mundial, aunque se dice que no tomó parte en ninguna acción comprometedora. De cualquier manera, sus fotos como piloto de combate le granjearon una popularidad enorme. Cuando su padre, el rey Jorge V, falleció en enero de 1936, el Príncipe ascendió al trono con el nombre de Eduardo VIII. Era el segundo monarca de la Casa de Windsor, que así había empezado a llamarse en 1917 la vieja Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha.

Es entonces que se hace pública la intención de Eduardo de contraer matrimonio con Wallis Simpson. A la realeza británica le pareció inaceptable aquella plebeya norteamericana como reina consorte. Para remate era católica y por añadidura divorciada por partida doble. Tampoco pareció conveniente al Gobierno de Londres ni a la Iglesia Anglicana. Y el pobre Eduardo puesto a escoger entre Wallis y el trono, decidió quedarse con la mujer que amaba y en diciembre de 1936, apenas diez meses después de que el Arzobispo de Canterbury le colocara la corona en la Abadía de Westminster, durante la más impresionante y espectacular ceremonia que heredó el mundo moderno de los siglos pasados, renunciaba a sus poderes y privilegios como rey de Gran Bretaña, Irlanda, Canadá, Austria, Nueva Zelanda y la Unión Africana del Sur y sus posesiones y territorios, y emperador de la India.

Aunque algunos autores aseguran que la renuncia tuvo un trasfondo político, Eduardo VIII pasó a la historia como el hombre que dio el trono por el amor de una mujer. Dijo a sus súbditos:

«Todos vosotros conocéis las razones que me han inducido a renunciar al trono. Quisiera haceros comprender que, al tomar esta decisión, no olvido en absoluto al país y al Imperio, a los cuales, primero como Príncipe de Gales y más tarde como Rey, he dedicado 25 años de servicio. Pero podéis creerme si os digo que me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como Rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo».

Abdicó Eduardo a favor de su hermano, que ascendió al trono como Jorge VI —es el padre de la actual reina Isabel— y salió al extranjero. En Francia contrajo matrimonio con la Simpson. Treinta y ocho personas, entre ellas cinco periodistas, asistieron a la ceremonia nupcial que tuvo lugar en el salón de música del viejo castillo de Cande, en la localidad de Monts. Ningún miembro de la familia real asistió al enlace y por parte de la novia solo lo hizo una vieja tía, su acompañante y confidente en los días de prueba que siguieron a su divorcio, en Londres. Se dice que el ya Duque de Windsor estaba muy nervioso, carraspeaba de continuo y ni siquiera pudo controlar sus emociones cuando, finalizada la boda, los presentes pasaron al salón donde se les sirvió un espléndido breakfast.

Momentos antes, cuando Robert A. Jardine, vicario de la capilla de St. Paul, en Darlington, le preguntó si deseaba contraer matrimonio con Wallis, Eduardo respondió con un sí tan fuerte y rotundo que asustó a no pocos de los convidados. Vestía un traje negro de mañana, con pantalón a rayas, cuello de pajarita y corbata negra con cuadros blancos, y llevaba un clavel en el ojal. La novia vestía un traje azul, el color preferido del exrey, y líneas sencillas. Lucía en el cuello un broche de diamantes y zafiros, y brazalete y colgantes en combinación. Daba muestras Wallis de su vigorosa personalidad y de su actitud maternal hacia Eduardo, que pese a sus 42 años de edad parecía depender de ella más que nunca.

Con la boda, Wallis Simpson obtenía de manera oficial el rango de Duquesa de Windsor, distinción que la iglesia anglicana y el Gobierno londinense trataron de impedirle. La iglesia había prohibido incluso que alguno de sus miembros casara al exmonarca. El vicario Jardine pasó por alto la disposición por estimarla una medida persecutoria contra Eduardo. Carlos Tercien, alcalde de Monts, casó a los novios por la parte civil, y al final les entregó el regalo que por lo menos entonces hacía a todos los recién desposados el Gobierno francés, un folleto sobre la mejor crianza de los niños. El matrimonio siguió rumbo a Austria a fin de pasar la luna de miel en el castillo de Wasserleonburg. Eduardo y Wallis no tendrían hijos. En varias ocasiones estuvieron en La Habana.

Bailes y convites

En abril de 1783 la escuadra inglesa mandada por el almirante Samuel Hood, destacada en Jamaica, recibió órdenes de dirigirse a Inglaterra. El príncipe Guillermo, hijo del entonces rey británico Jorge III, servía como guardiamarina en la nave almirante, el navío Barflour.

Asegura Gustavo Placer Cervera, miembro de la Academia de la Historia de Cuba, que la escuadra se puso en movimiento en los primeros días de mayo y, como era usual en aquellos tiempos de navegación a vela, puso rumbo al cabo de San Antonio, en la porción occidental de la Isla, a fin de bordearlo y pasar por el Estrecho de la Florida con la ayuda de la Corriente del Golfo. Esa ruta llevó a las embarcaciones mandadas por el almirante Hood a pasar frente a La Habana.

Al observar desde el mar la capital de la Gran Antilla, añade Placer Cervera, el príncipe Guillermo manifestó a Hood su deseo de conocer nuestra ciudad, sobre la que tanto había oído hablar. La Habana, unas dos décadas antes, había caído en manos de los británicos, que la mantuvieron ocupada durante 11 meses. El Almirante accedió a la solicitud del hijo del monarca y el Príncipe, en compañía de un selecto grupo de oficiales, entre ellos Horatio Nelson, después almirante y Héroe Nacional británico, enfiló en la fragata Fortune hacia la boca de la bahía habanera. Mientras, Hood permanecía con el resto de la escuadra a prudente distancia del litoral.

Precisa el historiador Placer Cervera que la inusitada visita sorprendió a las autoridades españolas de La Habana, quienes colmaron a los recién llegados de honores y agasajos. El gobernador, Luis Urzaga, los hospedó con toda la suntuosidad que le fue posible y durante los tres días que permanecieron en la ciudad se organizaron otros tantos bailes y convites.

Se cuenta que el visitante, que en su juventud dio más de un dolor de cabeza a la Corona, conquistó a la hija de una de las principales autoridades coloniales. La sociedad se escandalizó y hubo quien quiso lavar la deshonra con sangre. El incidente no llegó a mayores.

Guillermo y sus acompañantes se divertían, y Hood se impacientaba a bordo de la nave almiranta. Consideró que el joven se demoraba demasiado en La Habana y le envió a un mensaje en el que le advertía que si no reembarcaba de inmediato, proseguiría viaje dejándolo en tierra por muy príncipe e hijo de monarca que fuera. Afirma Placer Cervera que Guillermo, que conocía la severidad del Almirante, regresó a bordo sin chistar y la escuadra continuó la travesía.

Guillermo de Lancaster se mantuvo en la carrera naval. En 1789 pasó a ser Duque de Clarence y en 1830, al fallecer su hermano, el rey Jorge IV, ocupó el trono con el nombre de Guillermo IV, hasta su muerte, en 1837.

Imán para la realeza

Los duques de Windsor estuvieron más de una vez en La Habana y, dicen Luis Báez y Pedro de la Hoz en su libro Revelaciones de una leyenda, que se alojaron siempre en el Hotel Nacional, un establecimiento que, al decir del narrador Lisandro Otero, «tiene imán para la realeza» porque «le hace olvidar su decadencia». Precisan Báez y De la Hoz que estuvieron aquí por primera vez cuando, en los días de la II Guerra Mundial, Eduardo fue nombrado Gobernador General de las Bahamas.

Volverían en 1948. En ese año también estuvieron en La Habana no pocos personajes ilustres de la nobleza europea, como la Duquesa de Alba, y Don Juan, conde de Barcelona, y su esposa María Mercedes de Borbón y Borbón, padres del rey Juan Carlos de España. En el Hotel Nacional se alojó Leopoldo II, rey de Bélgica, una cabeza coronada desgraciada y errante, oscurecida por su concubinato con el nazismo, y después su hijo Balduino, que llegaría a ser rey de los belgas. El príncipe Ali Khan, de origen paquistaní, vendría al año siguiente. Había contraído matrimonio con Rita Hayworth, y la belleza deslumbrante y la cabellera roja de la famosa actriz de Gilda eran admiradas por todos los huéspedes del Nacional mientras caminaba del brazo de su exótico y controvertido marido, dicen en su libro Báez y De la Hoz. Y concluyen: «Constituían una explosiva pareja».

En las páginas de Revelaciones de una leyenda se recogen algunos recuerdos que empleados del hotel guardaron de las estancias de Eduardo y Wallis en el establecimiento hotelero.

«El Duque era un hombre amable, elegante, con una sonrisa a flor de labios que contrastaba con el aire de tristeza de su mujer… Por suerte en aquellos años no se habían puesto de moda los paparazzi, porque si no hubiera sido imposible contener al enjambre de fotógrafos de las revistas del corazón… Ellos, muy dispuestos a atender a la prensa en el hotel… no eran dados a la publicidad. Cada vez que cualquiera de nosotros se cruzaba con uno de ellos, tenían una atención, una reverencia, un gesto. Al Duque nunca se le escuchó la menor queja».

Eduardo fue uno de los árbitros de la elegancia de su tiempo en el mundo. Hay un nudo de corbata que lleva su nombre. En La Habana hizo buenas migas con el gallego Canciano, encargado de la tintorería del Nacional y mago del planchado en seco. Lo felicitaba en cada entrega de su ropa. En una ocasión se interesó por saber sobre el destino de Alicia Parlá, bailarina cubana que en París lo enseñara a bailar la rumba.

Volvieron los Duques a Cuba después de 1955. El Havana Biltmore Yatch and Country Club organizó una fiesta en honor del matrimonio. Amenizaba la orquesta Continental, de Rafael Monzote, y todo era júbilo, risas y chinchín de copas en el patio de la instalación social. Sus socios no ocultaban su euforia por la presencia del exmonarca y su esposa cuando, de pronto, empezó a batir un viento extraño y sin hacerse anunciar se desencadenó un furioso aguacero. Corrió la concurrencia a refugiarse en la casa club, mientras que la distinguida pareja, sin saber qué hacer ni a dónde ir, quedó a merced del viento y del agua hasta que Monzote salió en su rescate.

 

 

 

 

 

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