El joven trovador asegura que le gusta marcar un antes y un después en el alma y en la historia de las personas. Autor: Cortesía del entrevistado Publicado: 23/02/2026 | 09:32 pm
«No traicionar la esencia, es mi premisa. Para mí lo más importante es ser fiel a uno mismo, y escuchar y aprender, y si la oportunidad sigue, ser fiel a lo que uno piensa que cree que está bien, y defenderlo».
Para Josué Mesa está claro su objetivo en la vida, que quisiera él mantenerla lejos de las redes sociales pero ya bien sabe que en el mundo actualmente eso es impensable. «Debo lidiar con eso, porque sé que es la manera en la que la gente puede escucharte y conocer el trabajo que realizas.
«Sin embargo, no quiero sucumbir a ellas, porque uno puede caminar del punto A al B, pero hay que estar muy seguro de que vas a serle fiel a lo que te propusiste al inicio. Pueden existir muchos caminos hacia el éxito, si es eso lo que se busca, pero lo vital, a mi juicio es saber por qué quiero hacer arte, por qué quiero hacer canciones».
Trovador —la «etiqueta» con la que más cómodo se siente—, Josué Mesa puede regalar sus mensajes con la guitarra o con una banda, quizá para otorgarle a su «trova» otros colores.
«Uno se nutre de muchas influencias, de la trova cubana y latinoamericana, del rock argentino, de artistas que uno admira, y entonces se da cuenta de que a eso quiere dedicarse.
«Con ocho años le pedí a mi mamá tocar algún instrumento y me consiguió una guitarra. Después, cuando estudié en el IPVCE Vladimir I. Lenin, fue parte de mi cotidianidad tocar y cantar, como ha sucedido siempre en esa escuela. Luego, comencé en la carrera de Telecomunicaciones y me percaté de que no podía ser el ingeniero que alguna vez pensé que sí podía ser, como mi abuelo.
«Entonces, cambié de estudios y aún estoy en Sociología, en la Universidad de La Habana, una carrera de la que me alimento mucho para comprender la sociedad que me rodea, y de ella extraer las motivaciones para componer».
Josué me propone escuchar Ciudad de luces amarillas, Adiós, Centinela, Bolero río, Mónica y Me hago viento. Me comenta que trabaja en un EP y en un disco a la vez. Su universo sonoro es muy personal, y defiende no imitar la tradición, sino reinventarla.
«Ciudad de luces amarillas es el EP, conformado por cuatro canciones, que narran más bien una especie de viaje al que yo me someto. Es un EP conceptual, más bien, que abarca varias etapas de mi vida. Es una especie de refugio que yo consigo para hacer estas canciones, para analizar ese momento de mi vida y al que yo invito a la gente que encuentre también, en cierta forma.
«El disco sería un recopilatorio de canciones viejas que vienen siendo las primeras que yo escribí cuando decidí comenzar a cantar y a mostrar mi arte al público. Constará de 12 canciones y sería en formato de banda, realmente.
«Me acompañan músicos bri-
llantes, jóvenes, muchos de ellos estudiantes y otros ya graduados de la Escuela de Música. Intercambiamos mucho, nos apoyamos, y vamos marcando estilos. Marlon Cas-
tro, Alejandro Mendoza, David Carmona, Javier Castro y muchos más, amigos míos que realmente me acompañan en este disfrute del panorama musical.
«Siempre ha habido una distancia entre lo que es el trovador, el músico, el cantautor, y entonces yo siempre trato de decirle a la gente, que lo mejor es unirnos y apoyarnos. Para mí es vital trabajar con lo que es el ego y todo eso, porque al final uno se cree artista, y al final no valora que realmente hay detrás un equipo que te ayuda a potenciar eso con su arte».
—¿Te ha interesado superarte en materia vocal? Una cosa es tocar la guitarra y componer, y otra cosa es cantar.
—Es complicado. Cuando estaba en el preuniversitario quise cantar, y me di cuenta de mis puntos débiles en ese asunto. Por eso decidí trabajar la voz desde la técnica y le agradezco mucho a la profesora Conchita Alemani. Ella estuvo conmigo un tiempo y me dio un conocimiento que trato de aplicar hoy en día. Uno tiene que conocer su rango vocal, sus límites, para tampoco decir: Quiero llegar aquí y realmente no poder.
—¿Cómo hoy pasas tú de la sala de tu casa o del pasillo de los amigos a presentarte en un escenario más grande, que te tomen en serio y que el público vaya a verte cuando se te anuncie?
—No es fácil. Yo pienso que hoy en día querer hacer arte es una locura. Siempre vas a ver a alguien que te dice: Oye, ¿qué tú haces, brother? Pero no me doy por vencido. De cada error, aprendo. Al final nunca vas a hacer un concierto perfecto, siempre va a haber un detallito, y eso al final te potencia como ser humano para poder enfrentar una serie de adversidades que siempre van a estar.
—La imagen creada por Kevin Oramas te define a plenitud.
—Pienso que sí. Tengo esa fascinación inmensa por la naturaleza, la parte espiritual del alma, de sentir las cosas, potenciar la sensibilidad. Y trato en mis canciones de hablar de ello también, de lo que son las flores, los animales, el mar y ese tipo de sensaciones que juntas forman un rollo fotográfico, y te llevan a un paisaje.
—¿Hasta dónde quieres llegar?
—Uno se hace esa pregunta todos los días. Uno quiere saber cuál es su techo, su plan A y el B, por si acaso, cuál es la meta… Quizá mañana te diga otra cosa, pero hoy te digo que lo único que deseo es tener el chance de cantar y de transmitir un mensaje a través de imágenes, de poesía, y que llegue a donde pueda llegar.
«Yo realmente quisiera poder tomarme un café todos los días, como cualquiera. No añoro la fama, a mí realmente lo que me interesa es transmitir una emoción, un mensaje, marcar un antes y un después en el alma y en la historia de las personas…».
