El Cojo de la bocina

¿Pedro? ¿Procopio? ¿Anastasio? ¿Tomás? ¿José Manuel? ¿Pedro Tomás, acaso? Los que lo conocieron o lo vieron al menos alguna vez no recuerdan su nombre; tal vez no lo supieran nunca, y tampoco lo consignaron los que escribieron sobre él. Nadie sabe ya a ciencia cierta la razón de su cojera. Enrique Núñez Rodríguez, en una crónica que dio a conocer en esta misma página, habla de una prótesis de palo en una de sus piernas, «lo que lo hacía, decía el cronista, más interesante en el desempeño de su juglaresca función». Para Eduardo Robreño, en cambio, no hubo pata de palo que valiera y el Cojo solo arrastraba una pierna, mientras que Luis Ortega, periodista cubano fallecido en Miami hace un par de años, en las páginas que le dedica en sus memorias todavía inéditas, ratifica la imagen del sujeto que legó Núñez Rodríguez.

Precisa Luis Ortega que no hubo un solo Cojo, sino varios. Escribe en sus memorias:

«Lo que ocurrió fue que el oficio que había inventado el Cojo auténtico, que era el de cronista social callejero, se convirtió en una actividad productiva y existieron varios cojos».

Núñez Rodríguez no va tan lejos, pero concede al personaje en cuestión cierto don de ubicuidad. Como un ser omnipresente, el Cojo se hacía sentir en Galiano y San Rafael, en Infanta y San Lázaro, en los jardines del Capitolio y en el Gran Estadio del Cerro (Estadio Latinoamericano) donde animaba, con su bocina, los juegos entre los eternos rivales, Habana y Almendares, aprovechando los momentos más emocionantes del desafío. Afirmaba Núñez Rodríguez que junto con La Marquesa y El Caballero de París formaba la tríada de los personajes más populares de la capital en aquellos ya lejanos años 40 del siglo pasado.

No hay que minimizarlo. Ese cronista ambulante sabía hacer muy bien lo suyo. Tenía talento, gracia y una memoria de elefante que le permitía aprehender un rostro con solo verlo una vez y tener siempre a flor de labios el nombre oportuno y la información precisa que propalaba u ocultaba a discreción. No necesitaba más que una bocina para hacerlo, un modesto altoparlante desmembrado a veces de un fonógrafo de cuerda.

En lo suyo, el silencio podía resultar tan lucrativo como la palabra. Porque senadores de la República, representantes a la Cámara, ministros, alcaldes y concejales al oír mencionar su nombre seguido de unos cuantos adjetivos elogiosos, se apresuraban a darle una propina al Cojo, que vivía de eso, y abrían sus carteras asimismo cuando el Cojo destacaba la presencia de sus esposas y aludía a su rango en la sociedad. Una módica cuota, que los políticos tampoco eran remisos a soltar cuando el Cojo callaba su última trapacería, su cobardía o las cortedades que querían hacer pasar en silencio. El Cojo era un conocedor de su trabajo. Casi un publicista.

La cosa funcionaba más o menos así. Se apostaba el Cojo en las afueras del Capitolio en espera de la apertura de la sesión del Senado o la Cámara. Veía acercarse, digamos, al senador Guillermo Alonso Pujol y, ni lento ni perezoso, gritaba: Ahí llega Guillermo Alonso Pujol, el artífice del permanente renuevo… ¡Viva el senador Alonso Pujol! Se suponía que a esa altura el astuto político matancero ya hubiera «tocado» al Cojo con una peseta por lo menos, porque si no, todos los elogios se volvían denuestos… Y lo mismo hacía con todos los políticos que podía cazar.

Hasta borracho me da pena

Si el Cojo de la Bocina se movió en La Habana, gente de su mismo oficio hubo en toda la República.

Núñez Rodríguez recordaba a un «vocero popular» camagüeyano. Como en el caso del cronista ambulante habanero, tampoco se sabe su nombre, solo que servía a los intereses de los políticos de turno a través de su negra bocina.

En una oportunidad contrataron al sujeto para anunciar la llegada a la capital agramontina del presidente Federico Laredo Bru  al que, como Vicepresidente de la República, le tocó ocupar la primera magistratura de la nación luego de que el Senado, instigado por el coronel Batista, juzgara y destituyera al presidente Miguel Mariano Gómez a siete meses escasos de que accediera al poder.

El vocero camagüeyano no «tragaba» a Laredo; lo tenía como un tipo débil, gris, dócil a los dictados de Batista. Le molestaban sobremanera los ditirambos con que, según le pedían, debía anunciar al Honorable Señor Presidente de la República: gobernante ejemplar, patriota distinguido, político honesto, demócrata insigne… Aquello era demasiado, más de lo que podía soportar, pero el anuncio de aquella visita haría que algunos pesos le cayeran en el bolsillo, dinero que su familia necesitaba para comer. No podía negarse. Con todo, él era un profesional, no un mercenario, y mantenía cierta ética.

Proseguía Núñez Rodríguez:

«Para darse valor, ya que estaba consciente de la mentira que encerraban aquellas palabras, consumió, antes de salir a cumplir su cometido, dos botellas de aguardiente, trago a trago, mientras ensayaba su texto. Salió, por fin, hacia el centro mismo de la ciudad. Muy cerca de la casa natal del Mayor, frente al bar Correos, se colocó la bocina ante los labios y con voz clara y precisa exclamó:

—¡Camagüeyanos!

Lo rodearon decenas de curiosos. Prosiguió la arenga:

—Todos a recibir al Honorable Señor Presidente de la República. Ejemplar gobernante. Patriota distinguido…

Se detuvo de pronto, precisaba Núñez Rodríguez. Y sin quitarse la bocina de los labios, exclamó:

—¡Qué va… hasta borracho me da pena!

Una legal y otra secreta

Durante el primer Gobierno de Batista (1940-1944) existieron en Cuba dos primeras damas. Una, Elisa Godínez, vivía en Palacio a plena luz del día. Batista la conoció cuando él todavía era un soldado que montaba guardia en el portón de la finca del presidente Alfredo Zayas, y ella era una lavandera del Wajay. La otra, secreta, ejercía las funciones de querida del Presidente. Se llamaba Martha Fernández Miranda, una muchacha muy humilde de Buenavista, en Marianao, linda, a quien Batista doblaba descansadamente la edad y de la que se desconoce con exactitud cómo llegó al entorno del Presidente.

Escribe Luis Ortega en sus memorias que eso de tener una amante «era lo normal en la época. Lo primero que hacía un cubano de alguna posibilidad era echarse una querida. Sobre todo los políticos, los militares, los profesionales de alguna jerarquía. Tener una querida o dos era entrar en el libro de oro de la sociedad secreta. Todos en algún momento cometimos ese pecado, si se puede llamar pecado a lo que en el fondo era un castigo».

Contó a Ortega el general Manuel Benítez, jefe de la Policía Nacional en el primer Gobierno de Batista, que una tarde Martha se disponía a entrar en El Encanto, la tienda del mundo elegante habanero, cuando de pronto apareció el Cojo, con su pata de palo, la muleta y su bocina y, sin pensarlo dos veces, gritó:

—Se dispone a entrar en el exclusivo establecimiento de Galiano esquina a San Rafael la ilustre dama Martha Fernández Miranda, la muy querida, respetada y bondadosa señora que es orgullo de nuestra sociedad.

En una situación normal, Martha se hubiera sentido muy orgullosa de que el Cojo destacara su presencia, pero ella no era por entonces un personaje público, sino un secreto, aunque todos la conocían y le rendían honores. Los gritos del Cojo, al ponerla en evidencia, la abochornaron y se metió en la tienda como una flecha.

Esa noche, en la intimidad, sigue contando Luis Ortega, le armó una bronca a Batista. Y Batista, a la mañana siguiente, llamó a Palacio al general Manuel Benítez. De muy malas pulgas, le dijo:

—¿Cómo permite usted que ese Cojo miserable ande por ahí insultando a las damas? Me lo agarra, le quita la bocina y lo encierra en un calabozo.

Dicho y hecho. Un par de horas después el Cojo estaba tras las rejas de un calabozo de la estación de policía de la calle Dragones.

Una semana más tarde Martha se disponía a entrar otra vez en El Encanto y el Cojo, esa vez en forma más rimbombante, volvió a anunciar su presencia. Esa noche, la escena entre Batista y Martha fue de argolla. Lloraba ella de indignación, y el mandatario, molestísimo, dispuso la presencia inmediata del general Benítez en Palacio.

El cuadro, contado en detalles a Luis Ortega por el mismo jefe de la Policía, es indescriptible. Batista estuvo a punto de destituirlo.

—¡Yo le ordené a usted que metiera preso al Cojo…!

Benítez, parado en posición de firme, no entendía ni jota de lo que pasaba. Había cumplido la orden. En verdad, tenía al Cojo preso, pero Batista volvía con su andanada.

—¡Otra vez el Cojo se metió con Marthica! ¡Algo intolerable! ¿Qué clase de jefe de Policía es usted?

Benítez salió desconcertado de Palacio. Ya en la Jefatura, movilizó a todas las fuerzas bajo su mando. Ordenó que localizaran al Cojo; al otro Cojo, porque al primero lo tenía entre rejas.

El general Manuel Benítez los agarró a todos, los reunió en su despacho y les dijo lo que tenían que hacer: debían guardar sus bocinas cada vez que vieran aparecer a la querida del Presidente y tragarse cualquier anuncio o comentario.

Después que Batista abandonó la Presidencia de la República, el 10 de octubre de 1944, se divorció de Elisa Godínez y se vio obligado a partir con ella, mitad por mitad, su fortuna, calculada entonces en 22 millones de pesos.

Contrajo matrimonio de inmediato con Martha Fernández. Podía ella, como esposa legítima, acompañar a Batista a plena luz del día, lo que no pudo hacer hasta entonces. Pero estaba desconsolada. Se había quedado con las ganas de ser Primera Dama de la nación.

Con su zumbante ironía escribe el periodista Luis Ortega en sus memorias que Batista dio el golpe de Estado de 10 de marzo de 1952 para que ella pudiera serlo de veras.

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