La imbatible Amazona

Aunque las mujeres rubias y muy grandes podían resultar atractivas, la Amazona nunca fue en los burdeles del Ática más que carne del montón; pero su sino cambió una noche.

Su amo el Lechuzo la llevó de gira por los demos costaneros del Mar Egeo, y en la llanura de Maratón entraron a una taberna contigua al prostíbulo de Tricorizo. Casi enseguida llegó también un rico labrador y criador de caballos, llamado Nicéforo.

Hombre de gran estatura y muy fornido, Nicéforo ocupó una mesa cercana donde le sirvieron una hilera con varias jarras de tres cótilas1 repletas de vino hasta el borde.

Los habituales de la taberna solían celebrar la llegada del gigante maratonio, pues tenía por costumbre desafiar prostitutas a beber a su estilo, consistente en alzar el codo, beber sin pausa todo el contenido de una jarra y ponerla boca abajo sobre la mesa para demostrar que la había vaciado. Era un espectáculo divertido que todos celebraban.

Nicéforo alardeaba de necesitar aquella profusión de jarras para entrar en calor. Decía que se las pedía su cuerpo lujurioso para después fornicar con más ganas.

El Lechuzo ignoraba las costumbres de Nicéforo, que escogió a su esclava la Amazona para proponerle su apuesta de aquella noche: si a la rubia grandota le cabían por el garguero tantas jarras como a Nicéforo, él entregaría al Lechuzo 30 dracmas, y costearía todo el vino consumido; pero si ella no podía seguirle su ritmo, el vino iría por cuenta del Lechuzo, de modo que al maratonio le saliese gratis el disfrute de la hembra.

El Lechuzo nunca había visto a la Amazona borracha y le constaba que podía beber mucho; pero aunque solo fuese por el gustazo de propinar un buen escarmiento a aquel fanfarrón, aceptó la apuesta.

Y sucedió que al llegar a la séptima jarra, la Amazona había bebido con admirable desenvoltura y se mostraba sonriente y fresca como una amapola; y el que no pudo con su dosis habitual fue Nicéforo. De pronto se levantó para alejarse a arrojar en un rincón; y toda la concurrencia vio a la mujerona empinarse sin pausa una octava jarra, por cuenta del Lechuzo.

Nicéforo nunca había encontrado una ramera capaz de beber cinco jarras y él se zampaba siete; pero aquel día no pudo: dejó su último vino por la mitad y debió pagar todo el consumo más el monto de la apuesta.

El Lechuzo tuvo aquella noche la mejor inspiración comercial de su vida; y al otro día se llevó a la Amazona al Puerto del Pireo, con miras de retar a los más célebres aguantadores de vino.

Al principio, los que no podían con ella pagaban todo el vino más diez dracmas. A veces la Amazona bebía contra varios asociados, y con una sola apuesta el Lechuzo se embolsaba 30 o 40 dracmas, que en vísperas de la Guerra del Peloponeso, era una suma respetable, muy difícil de ganarse en un solo día.

Ella, por su parte, consideraba mucho más benigno ser propiedad de un esclavista que la obligaba a beber y no a entregar su cuerpo en los lenocinios. De hecho, era más feliz como esclava que cuando gozaba de plena libertad y su padre campesino la obligaba a trabajar de sol a sol y a pasar mucha hambre y necesidades. Además, el vino le deparaba un enorme júbilo, y aunque lo consumiera en exceso nunca se tambaleó ni tuvo trabada la lengua. No pasaba de una alegría bobalicona que le alumbraba el rostro. Le daba por cantar y ser complaciente. Una vez en que bebiera veintitantas jarras, enternecida, acabó entregándose gratis a un marino cretense.

Al enterarse, presa de celos y avaricia, el Lechuzo cogió su látigo de tiras de ternero y la azotó hasta ponerle las nalgas como un ramo de peonías.

Para ganar más público y promover espectáculo, el Lechuzo pergeñó un desafío espectacular. Sacaba una angosta tira de lana trenzada, de unos diez pasos, y la extendía en el piso de la taberna. Tras vaciar una jarra de dos cótilas, cada competidor, por turnos, debía recorrer todo el largo de la tira saltando en un solo pie. Perdía quien dejara de pisarla; y era forzoso recorrer la distancia de ida y vuelta. En esta modalidad, la Amazona, pese a su gran tamaño, se lucía y recibía aplausos por la rapidez y el impecable equilibrio de sus saltos, mientras que sus adversarios, después de la quinta jarra, trastabillaban y se iban de lado entre chiflidos.

La Amazona cobró más fama. Algunas tripulaciones de paso por el Pireo apostaban a escote por su propio campeón. Aquello le dio al Lechuzo un resultado magnífico durante los primeros meses; pero fue corto de miras y no vislumbró que cuando su resistencia al vino se conociera en todas las tabernas del Ática, mermarían los desafíos.

Y así fue. Al cabo de un año, ya se había corrido la voz sobre su descomunal aguante; y reconocida invencible, no era fácil encontrar quien apostara en su contra.

Durante las Panateneas del Arcontado de Crates, al Lechuzo le fue mal en el juego; y para peor, dos esclavos aprovecharon una de sus borracheras y se le fugaron hacia Megara. Quedó sin más valores que Crisóstoma, verdadero nombre de su esclava. Por fin, el Lechuzo se hizo de una yegua, le tiñó la cabellera a la Amazona de un fulgurante rojo rubí y la vistió con un peplo verde de suavísimo lino de Amorgos. Para mayor elegancia le dejó una teta al aire, como su compatriota la reina Pentesilea; y durante la primavera inicial del arconte Apseudes, la puso a cabalgar por los campos de la ruda Beocia, de la hípica Tesalia, y de posada en taberna llegaron a la Calcídica, y luego a la montañosa Tracia, tierra de fuertes bebedores.

Hasta el Quersoneso Táurico llegó invicta la Amazona. Ganaron casi un talento de oro y vivieron regalados.

Aquella productiva empresa itinerante lejos de Atenas, más la buena vida que se dieron, fue acortando la enorme distancia social entre el hombre libre, propietario de seres humanos y la esclava extranjera, sometida a su voluntad omnímoda. La gran lejanía de su patria exoneraba al Lechuzo del severo trato que le imponían las normas rectoras de la relación entre amos y esclavos. Y aquella convivencia que duraría tres años propició el surgimiento de una insólita camaradería.

Crisóstoma, simplota e inocente, le entregaba su cuerpo con tan notorias muestras de agrado que el Lechuzo Euclides, feo y siempre usado por las mujeres para sacarle beneficios, terminó por dedicarle la tolerancia y el afecto que nunca sintiera por otras; y a su modo, ambos fueron felices.

Ya entrada la primavera final del arcontado de Pitodoro, la Amazona compitió contra un soldado duro como un mulo y el doble del Lechuzo en tamaño. Su jefe era el mercenario griego Espartoco al servicio de un sátrapa persa. Se desafiaron a beber de pie, sin ningún apoyo, en medio de sendos círculos de dos codos de diámetro, trazados con yeso en el suelo. Una multitud les hacía corro en presencia del mismísimo Espartoco, que apostó contra el Lechuzo cien dáricos de oro por su campeón y orgullo de la tropa congregada en pleno. Perdería quien primero pisara su circunferencia.

Bebían un nigérrimo vino de Tasos, sin mezclar con agua. El táurico babeaba ya y se le doblaban las rodillas, a punto de desplomarse. Pese a los gritos de aliento de sus partidarios y a las amenazas que vociferaba Espartoco si lo hacía perder su apuesta, todo indicaba que el soldado estaba en las últimas.

Sin dar señales de ebriedad, la Amazona sonreía tras haberse echado a pechos 19 cálices, y el Lechuzo seguro de su victoria, miraba a los contrarios con aire de perdonavidas; y cuando el esclavo copero se acercó cucharón en mano a sacar vino del ánfora situada entre los dos círculos, el Lechuzo en plan de alarde, le gritó a Crisóstoma:

––Dile a ese que te escancie dos cálices y tómatelos en seguidilla, y de seguro hay aquí algún valiente que se atreva a apostar otros cien dáricos de oro a que no puedes ––y dirigió una mirada desafiante a Espartoco, que no era hombre de andar con timideces.

A ella se le iluminó la cara y le siguió la corriente. Ya habían ensayado esa treta.

––Aceptada tu apuesta, Lechuzo.

––Muy bien, y prepárate, oh temerario Espartoco, a ver cómo beben las campeonas de Atenas.

Crisóstoma, que ya daba su porfía por ganada, se bebió el vigésimo cálice sin respirar; y con aire señorial estiró el brazo hacia atrás para que el escanciador recogiera el cálice vacío y le entregara el siguiente lleno. Y mientras se lo bebía, la atónita concurrencia pudo ver, pese a la gordura de su cuello, el veloz y rítmico subibaja de la nuez.

Y también pudieron admirar su imperturbabilidad mientras se tomaba el cálice vigésimo segundo, y en ese momento, el soldado se desplomó sobre su círculo.

Para que no quedase ninguna duda, la Amazona pidió otra jarra más y la vació codo en alto, sin ninguna pausa.

Espartoco se levantó de un brinco, tumbó a coces el trono en que había presenciado el desafío, pero consiguió calmarse, admitir su derrota y pagar al Lechuzo los 200 dáricos. Para un jefe de soldados de fortuna, no cumplir un pacto juramentado ante un altar de Ares, era equivalente a perder toda autoridad, y tan grave error no iba a cometer él en presencia de su tropa.

Tampoco podía faltar Espartoco a su promesa de admitir que el Lechuzo y su esclava se sumaran a los mercaderes, artesanos y prostitutas que junto con la impedimenta eran protegidos por los soldados de la retaguardia contra eventuales asaltantes camineros.

Y 15 días después de abandonar la Táuride y atravesar el Ponto Euxino, el ejército de los mercenarios avanzaba rumbo a Sardes, antigua capital de la Lidia, luego una importante vasalla en el Occidente del Imperio Persa. Y por aquellos lejanos caminos, iban el Lechuzo y la Amazona, muy bien montados en vigorosas y bien alimentadas mulas, en busca de nuevos bebedores y caudalosas ganancias.

Iniciado ya el invierno, atravesaron un pequeño riachuelo, y luego un paraje con abundante escarcha entre la hierba.

Durante la cabalgata la Amazona se había bebido medio odre de vino para calentar el cuerpo, y al apearse a orinar dio unos pasos hacia un matorral que le protegiera su momentánea desnudez del viento frío; y tuvo entonces la pésima suerte de apoyar su bota junto a una víbora que le picó el costado de un muslo; y aunque un mercader de la comitiva le preparó una bebida y un ungüento que servían como antídotos, la Amazona murió con terribles dolores poco antes de llegar a Sardes. Allí la enterró el Lechuzo al borde del camino, no muy lejos de su Capadocia natal.

Dos meses después, en pleno invierno boreal, el Lechuzo perdía en Sardes, a la taba y en riñas de codornices, hasta su último óbolo.

Con aquel frío, sin techo, sin poder acurrucarse entre los senos de la difunta Crisóstoma y saborear el único calor maternal que conociera, se sintió un niño desamparado y prefirió la muerte.

También él cayó víctima de un veneno mortífero. Había macerado un manojo de cicuta, y con ella preparó el brebaje letal que obligaban a beber en Atenas a algunos condenados a muerte, como fuera el caso de Sócrates. Pero el Lechuzo no disponía de un cálice, y tras caminar con un talego al hombro hasta el lugar donde enterrara a su adorada Crisóstoma, mezcló su cicuta en una rústica jarra de taberna con el hielo derretido de un charco y se acostó boca abajo, abrazado al túmulo de su amada.

1 Cótila: Medida de capacidad en la Grecia antigua equivalente a 275 cc.

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