Así murió José Antonio Echeverría

El escribidor dedicará la página de hoy a dar respuesta a solicitudes remitidas por los lectores. Dos o tres de ellas, estimuladas sin duda por el aniversario del asalto al Palacio Presidencial, se relacionan con José Antonio Echeverría, el presidente de la FEU caído en combate el 13 de marzo de 1957. Uno de los lectores, Pablo R. Suárez Corcho, de Alamar, quiere saber cómo se preservó la grabación del mensaje que el líder estudiantil, poco antes de su muerte, leyó ante los micrófonos de Radio Reloj. Mientras, Ildelisa Machado Conte, de Las Tunas, inquiere detalles sobre el sepelio del corajudo revolucionario.

Lamentablemente, no tengo a la mano la respuesta para el pedido de Suárez Corcho. Nada dice al respecto la nota que calza la versión escrita de dicha alocución, que se incluye en el libro Papeles del Presidente; documentos y discursos de José Antonio Echeverría Bianchi, publicado por la Casa Editora Abril, en 2006, y no tengo en mi biblioteca la biografía de José Antonio escrita por el historiador cardenense Ernesto Aramís Álvarez Blanco, que es de lo más valioso entre lo publicado sobre el inolvidable joven. Creo recordar que la grabación, aparecida de manera casual, según se dijo, se dio a conocer el 13 de marzo de 1963 durante la celebración de un congreso mundial de arquitectos que tuvo lugar en Cuba. No quiere eso decir que la grabación apareciera ese día, sino que se aprovechó la fecha y la ocasión para darla a conocer. Tal vez CMQ grabara de manera automática sus programaciones o parte de ellas, para después analizarlas. Me dicen, y tampoco estoy seguro de eso, que la grabación, entre otras cintas, apareció en la casa de un personaje de la dictadura. Alguien la encontró, tal vez sin saber lo que buscaba o sabiéndolo.

¿Estaba vivo?

Luego de la acción de Radio Reloj, el auto en que el Presidente de la FEU debía trasladarse a la Universidad, un Ford de dos colores con matrícula 37-222 y que conducía Carlos Figueredo, avanzó por la calle M y dobló a la derecha en Jovellar. Antes de llegar a L, un tranque impidió que el vehículo continuara su marcha, pero José Antonio y sus compañeros, a los gritos de «¡Revolución!» y disparando sus armas al aire, lograron que les abrieran paso. Cruzaron L al fin, buscando acceder a la casa de altos estudios por la entrada de la calle J, frente al hospital Calixto García, cuando se les aproximó una perseguidora que avanzaba por la senda contraria. De manera inexplicable e inesperada, Figueredo lanzó su auto contra el vehículo policial y disparó sobre él con su pistola. Respondió de inmediato el artillero de la perseguidora —Fernando Rodríguez de la Vega, alias el Papa— con una ráfaga que perforó de manera oblicua el parabrisas del Ford. Sus ocupantes resultaron ilesos, y el chofer de la perseguidora, de apellido Izquierdo, quedó herido.

José Antonio, quien viajaba en el asiento delantero del Ford, salió del vehículo y con su pistola Star de ráfagas avanzó sobre la perseguidora. Entonces el artillero, acostado sobre el asiento trasero, le disparó a quemarropa y lo derribó. Tuvo el Presidente de la FEU fuerza y coraje suficientes para incorporarse. Había extraviado su Star en la caída y extrajo el revólver que momentos antes había incautado a un soldado en el elevador de Radio Reloj. Fue aquí que el gazero de la perseguidora, que es el vigilante que viaja junto al chofer en el asiento delantero —también de apellido Rodríguez—, le disparó con su pistola. José Antonio quedó tendido sobre el pavimento. Eran las 3:45 de la tarde.

¿Estaba vivo? Así lo aseguraba, entre otros testigos, el fotorreportero Tirso Martínez, que fue quien captó la imagen de José Antonio derribado en la calle. Una de las imágenes al menos, porque se conocen dos; en una, el dirigente yace sobre su costado derecho con los brazos extendidos hacia delante y la pierna izquierda ligeramente encogida. En la otra, aparece totalmente bocarriba, con el saco abierto, mientras que la camisa deja ver, en su parte derecha, grandes manchas de sangre.

Llega la familia

Los estudiantes que acompañaban a José Antonio en el Ford —Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, José Azzeff y Otto Hernández, además del ya aludido Figueredo— lograron salir del vehículo y penetrar en la Universidad. No pudieron ayudar a su jefe porque el líder estudiantil se interponía entre ellos y el carro policial. Abatido el Presidente de la FEU, los policías permanecían sentados en la perseguidora. Uno de ellos, ya fuera del vehículo, repetía a los curiosos que se acercaron al lugar de la tragedia: «¡Si yo hubiera sabido que era Echeverría no le hubiera tirado!».

Ricardo y Josefina Bianchi, tíos de José Antonio, lograron llegar hasta donde yacía el cuerpo del sobrino. El cadáver permanecía en la calle sin compañía alguna. Llegó también su primo Luis Bianchi, enfermero. Le buscó el pulso y exclamó: «No hay nada que hacer; está muerto». Aun así, Ricardo corrió al Calixto García y, con el pretexto de que «está tirado y está vivo», solicitó una ambulancia. No quería que el cuerpo quedara a merced de la esbirriada. Salió la ambulancia del hospital, los enfermeros trataron de mover el pesado cuerpo, pero nada pudieron hacer, pues fuerzas de la policía y gente del grupo paramilitar de Los Tigres, del senador Masferrer, apostadas en el hotel Colina y otras edificaciones, espantaban a tiros a los que se acercaban al cadáver. Los Bianchi vuelven a su casa, detrás de la Terminal de Ómnibus, y por teléfono comunican a Consuelo, la madre de José Antonio, la triste noticia.

Retenido el cadáver

Parece que fue a las 5:30 de la tarde cuando levantaron el cuerpo. Permanecería en el Necrocomio Municipal, situado entonces en el cementerio de Colón, hasta pasadas las tres de la tarde del día 14. En Bohemia, Edición de la Libertad, 11 de enero de 1959, aparece una foto del también Secretario General del Directorio Revolucionario en la morgue habanera, tendido sobre una camilla. Fueron inútiles las gestiones del Doctor Clemente Inclán, rector de la Universidad de La Habana, y de Chomat, decano de su Facultad de Arquitectura, para apurar la entrega del cadáver a la familia. Fracasó igualmente la gestión que en el mismo sentido hiciera el padre de José Antonio con su viejo amigo, el senador batistiano Santiago Verdeja. Al fin, el magistrado José R. Cabeza, presidente del tenebroso Tribunal de Urgencia, dispuso la liberación del cadáver y su traslado a la funeraria Alfredo Fernández, en la calle Zapata, cercana al cementerio de Colón. Allí también estaban siendo velados los cuerpos de Menelao Mora, muerto en el asalto a Palacio, y Pelayo Cuervo, asesinado en el Laguito del Country Club tras esos sucesos. El magistrado Cabeza entregó a Lucy Echeverría las pertenencias de su hermano. José Antonio sería inhumado en Cárdenas, su ciudad natal.

La madre de Fructuoso Rodríguez, presente en la funeraria, gritaba desesperada: «¡Que no maten a nadie más, que no maten a nadie más!», sin poder sospechar que su hijo sería asesinado apenas un mes después. Sobre las seis de la tarde del propio día 14 se autorizó la salida del cortejo rumbo hacia Cárdenas. Con estas demoras, el régimen batistiano trataba de evitar que los funerales de José Antonio se convirtieran en una manifestación popular de protesta y dolor. Así, dispuso que solo el auto en que viajarían los padres, llegados a La Habana el propio día 13, acompañara al coche fúnebre a la salida de la casa mortuoria. El resto del cortejo, conformado por siete vehículos, debía esperarlo en la Calzada de Managua. Otra condición había sido impuesta de antemano por la dictadura. José Antonio sería llevado directamente al cementerio de Cárdenas. Sus restos no podrían ser velados en la ciudad que lo había visto nacer y crecer.

El cortejo fue detenido y los automóviles registrados en varias ocasiones durante el trayecto. En Boca de Camarioca, el coche fúnebre y el auto donde viajaba la familia de José Antonio fueron separados del resto de la comitiva, a la que se le indicó que los esperara después de Peñas Altas, y a la entrada de Cárdenas se ordenó a la comitiva aguardar en el cementerio la llegada del cadáver.

Era ya de noche y la necrópolis, más que un cementerio parecía un campamento militar rodeado de policías, agentes del Servicio de Inteligencia Militar, chivatos y militares vestidos de paisano. Ante las rejas cerradas del camposanto, el capitán Alzugarai, jefe de la Policía de la zona —fusilado por sus crímenes tras el triunfo de la Revolución—, detuvo el cortejo. Una vez aparcados los vehículos hizo que encendieran las luces interiores, a fin de verles las caras a los que estaban dentro e hizo anotar las matrículas de los automóviles.

Se abrieron las rejas y penetró el carro fúnebre seguido de unas pocas personas que fueron sometidas entonces a un registro humillante. Como Guiteras, José Antonio Echeverría fue inhumado de prisa, a la luz de los faros del coche fúnebre y unos pocos faroles conseguidos por Rigoberto Febles, administrador del cementerio.

La revolución llegará al poder

En el primer aniversario de su muerte, amigos y seguidores del líder estudiantil reunieron el dinero necesario para costear un libro-lápida que sería colocado sobre la tumba. No tardaría en ser destruido por la policía batistiana.

Meses más tarde, en enero de 1959, en su traslado hacia la capital del país, el Comandante en Jefe Fidel Castro, al frente de la Caravana de la Libertad, se salió del recorrido previsto a lo largo de la Carretera Central y entró en Cárdenas para, en el cementerio, rendir tributo al valiente revolucionario que en 1956 había firmado junto a él la Carta de México.

Dice en el referido documento:

«Que la Revolución llegará al poder libre de compromisos e intereses para servir a Cuba en un programa de justicia social, de libertad y democracia, de respeto a las leyes justas y de reconocimiento a la dignidad plena de todos los cubanos, sin odios mezquinos para nadie, y los que la dirigimos, dispuestos a poner por delante el sacrificio de nuestras vidas, en prenda de nuestras limpias intenciones».

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