Amores que matan

La violencia en el hogar tiene segundas partes: una construcción lesiva del amor que se da y se recibe bajo exigencias posesivas

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Caso uno: «Mi novia es muy... expresiva, ¿me entiende? Ella habla con cualquiera, aunque lo acabe de conocer. Es una persona demasiado alegre, bailadora, y como está bonita la ropa moderna le queda bien. Demasiado bien...

«¡Claro que era así cuando la conocí! Por eso me gustaba y la enamoré enseguida. Pero ahora está conmigo y debe hacer lo que yo le diga. Así se acostumbra, para cuando nos casemos».

Caso dos: «¿Que por qué me divorcio...? ¡Porque no resisto la mala cara de mi mujer todo el día! Bueno, ella siempre ha sido celosa... Al principio yo creía que eso era normal: me quería y no podía vivir sin mí. Pero ahora se le va la mano, ¡me cela hasta de mi propia familia!

«Figúrese que no quiere que salude a nadie con un beso. No puedo mirar a otras parejas que tuve antes, y mucho menos conversar con otra mujer en la calle. Yo soy profesor de un tecnológico, y los líos que arma por mis alumnas son terribles. Ya le he dicho que ella me conoció así... ¿Por qué tengo que ser diferente para complacerla?».

CÍRCULO VICIOSO

No pocas parejas comparten una relación difícil en la que uno de los dos acude a la violencia para tratar de anular la personalidad del otro. Como quien compra un búcaro para luego desechar la flor.

El fenómeno se reitera en los mensajes llegados a nuestra redacción y lo percibimos también en los tribunales, cuando se presenta un divorcio por «incompatibilidad de caracteres» en el que pudiera decirse que el amor no murió, sino que fue as-

fixiado, y hasta apaleado por una de las partes.

La licenciada Ileana Artiles, especialista del CENESEX, se refiere a este «círculo de la violencia» como un proceso que viven muchas parejas por meses o años sin saber cómo resolverlo, con sucesivos períodos de crisis, promesas de cambio, reconciliaciones y nuevas crisis.

Aunque se manifiesta más abiertamente durante el matrimonio —por aquello de que el esposo se considera «dueño» de la mujer, o viceversa— los síntomas aparecen desde el noviazgo. ¿Por qué entonces la relación continúa, y hasta se formaliza?

La respuesta está asociada, a juicio de la experta, a otro proceso bien descrito por la literatura científica, que es el deslumbramiento propio de la etapa inicial de la atracción.

«El amor, como cualquier otro sentimiento, no se da de pronto, sino que se construye. Nadie ama desde el primer día: uno se siente atraído, le gusta la persona, y en esa fase de encantamiento se ven solo las cosas positivas. Hasta los defectos resultan graciosos.

«Luego la cotidianidad saca a flote las diferencias, las dudas, la inseguridad de quien cree que su dominio se puede tambalear y no encuentra otra vía para retenerlo que las prohibiciones y las exigencias violentas».

A veces los propios encantos iniciales derivan en discordia, como narraban los entrevistados y confirma la experta. El sujeto —él o ella— cree perder el control sobre la pareja al verla desenvolverse entre otras personas tal y como era antes de la unión. Por eso sufre... y hace sufrir.

CONTIGO PAN Y... VIOLENCIA

Para colmo de males, hemos sido criados en el «permiso» a esos amores posesivos, y nos justificamos con aquello de que «quien no cela, no ama», o, peor aun, «quien bien te quiere te hará llorar», aplicado primero a la familia de origen, más tarde a la pareja y nuevamente a la familia que creamos.

Tal como explicábamos el sábado anterior, el hogar desempeña un rol importante en la conformación de estas conductas. Quienes han sido educados en senos familiares donde la violencia es una forma cotidiana de resolver los problemas, van conformando su manera de actuar en base a estas «enseñanzas».

Del mismo modo, quienes se someten a tal castigo son incapaces de enfrentar las injusticias, bien sea por falta de conocimiento de que tanto las mujeres como los hombres tenemos los mismos derechos, por baja autoestima, o por miedo a perder a su pareja.

Otras veces es el temor a las represalias si se le comunica que quiere separarse, lo cual es una forma más de intimidar o someter, mecanismos algo arcaicos para lograr mantener las conquistas, pero que aún se ven entre novios y esposos.

Una lectora holguinera, Leyanis Ríos, estima que a pesar de su juventud «no toleraría algo así, ni aunque esté muy enamorada o crea que es el mejor hombre del mundo.

«Cuando mis amigas aceptan que les prohíban una ropa o piden “permiso” al novio para seguir en el deporte que les gusta se están dando muy poco valor a sí mismas, y lo mismo si son ellas las que montan una escena de celos».

¿QUÍMICA O DESCONTROL?

Por tradición, el poder en la pareja lo ostenta casi siempre el hombre. Fisiológicamente, ellos tienden a ser más agresivos que las mujeres. En parte se debe a que producen 20 veces más testosterona, hormona responsable de la violencia y también del deseo sexual.

Pero el comportamiento humano no está sujeto solo a su actividad química. Para eso existe el control mental superior, que regula nuestra conducta innata, los impulsos.

Todos tenemos una conciencia, verdadera responsable de entender los conceptos, trabajar con abstracciones y configurar nuestras actividades para satisfacer necesidades futuras, no solo inmediatas. Esto es lo que nos hace humanos, y nos da la medida para aceptar qué es lo correcto, y qué no.

La condición fisiológica no justifica una embestida, ya sea física o verbal, contra las personas que supuestamente queremos. Cuando se quiere de verdad resulta imposible agredir, de lo contrario la relación no está mediada por un sentimiento mutuo: más bien es una condición de conveniencia posesiva, tal vez por intereses sexuales u otra razón. Ileana aclara que no hay nada absoluto: «La violencia psicológica, y hasta la física, se produce tanto por parte de las muchachas como de los varones, y luego pueden invertirse los papeles en ambos sentidos.

«Es algo muy relacionado con el sistema sexo-género, con la construcción de la masculinidad y la feminidad, y con las vivencias de cada individuo».

La realidad es que nadie debe sentirse dueño de nadie. La relación debe estar sujeta a la unión de ambas partes porque se sienten comprometidas, se identifican esencialmente, se gustan y los une el sentimiento más increíble que puede experimentar el ser humano: el amor.

HABLEMOS

Existen herramientas para cortar ese ciclo de violencia sin romper la relación, siempre que la situación se perciba con madurez, dice la experta.

«Una vez identificado el fenómeno, lo más importante es conversarlo, hacer convenios con la pareja, hablar de lo que está pasando objetivamente y cómo se percibe subjetivamente por parte de cada uno.

«Pero hablar en primera persona: “yo quiero, yo deseo, a mí me gusta hacer determinadas cosas que tal vez a ti no te gustan, pero debes respetar...”. Mucho más si es una pareja que está empezando. Ambos deben expresar claramente sus sentimientos y preocupaciones, para lo cual es importante cultivar la asertividad, y trabajar la autoestima.

Si hace falta, pueden acudir a un especialista, ya sea en un centro de salud pública o en los espacios abiertos en las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de cada territorio, y en el propio CENESEX.

Necesariamente no se va a una consulta de psiquiatría porque alguien esté loco, o a una terapia por una disfunción sexual. Siempre se puede solicitar consejería, orientación para casos como estos, de convivencia, de cotidianidad.

Ojalá para todos los jóvenes el concepto esté tan claro como para Leyanis: «Prefiero esperar por un muchacho que piense como yo, que me respete y se dé a respetar. La fidelidad no puede depender de la vigilancia, las prohibiciones o el miedo a los golpes: es absurdo poseer a la fuerza cuando se debe amar para crecer juntos».

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