El trabajo es el aire y el sol de la libertad

El ser humano crece con el trabajo que sale de sus manos, sostuvo nuestro Héroe Nacional José Martí, y los trabajadores cubanos —los jóvenes entre los primeros— honrarán ese precepto este domingo con una jornada nacional de labor voluntaria

Autor:

Juventud Rebelde

Alguien comentó que cuando nació el niño Martí, era como una llamita indefensa, enfrentada a todos los vientos violentos. Una lucecita vacilante que se encendía hace más de siglo y medio en la casa pobre de un celador colonial.

Otros dijeron que fue realmente el hombre inofensivo que no sacudía el polvo ni desperezaba las aguas. Pero en verdad fue aquel protagonista, veedor y crítico de la entonces llamada modernidad, que nos legó invalorables lecciones de futuro, no solo a los hombres y mujeres de su tiempo, sino también a las generaciones presentes y del porvenir.

Martí vivió la mitad de su vida exiliado y no fue el clásico intelectual elitario y aséptico a los problemas sociales y políticos, encerrado en su mundo personal para evitar que los vientos le alborataran demasiado sus ideas.

Su coherencia y estatura ética, su palabra diáfana, su condición —como él mismo se definió— de poeta en versos y en actos, se modelaron desde su nacimiento en La Habana, el 28 de enero de 1853, hasta su muerte generosa en Dos Ríos.

Su destino fue entregar la vida en el combate contra un viejo enemigo de su tierra, cruel, pero caduco —España—, mientras descubría en el horizonte cómo se cuajaba un nuevo enemigo —Estados Unidos— joven e insaciable. Algunos le adivinaron a este la presencia, sin embargo, ninguno como Martí le midió el tamaño, le previó el desarrollo y le penetró la maldad. Por eso del nuevo peligro él llegó a decir: «Amamos el país de Lincoln tanto como repudiamos el país de Cutting».

Algunos pudieran pensar que este ser humano —fundador en verdad de una Isla de los imposibles conquistados—, tumbado de su caballo por la bala de un español, a los 42 años, tres meses y 21 días, al inicio de una guerra organizada por él, a fines del siglo XIX, no tiene nada que hacer por los pasillos de nuestra época, pero se equivocan: él es universal y permanente.

A la sombra de un ala no solo nos contó aquel cuento en flor sobre la niña muerta enamorada, sino que habló de los pueblos latinoamericanos, de las raíces indígenas y del sufrir común de las conquistas coloniales.

En Guatemala, en 1877, se preguntó: «¿Qué haremos indiferentes, hostiles, desunidos? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar, dentro de un cerco mismo, a todos los pueblos de mi América!».

Hablando de los gobernantes estadounidenses dijo que «ellos vendían, mientras nosotros llorábamos (...)». Y abogó por reemplazar «su cabeza fría y calculadora, por nuestra cabeza cálida e imaginativa».

En tal sentido apuntó que sus leyes han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han llevado también al más alto grado de corrupción. «Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!».

Visión martiana del trabajo

Entre sus más ardientes preocupaciones estuvieron la honradez, el honor, la honestidad, la gratitud, el amor a los pobres y trabajadores, su admiración por el trabajo, su lucha por los pueblos y la justicia.

«Hay que detener, con súbito erguimiento, colosales codicias; hay que extirpar, con mano inquebrantable, corruptas raíces (...)». Y confesó así su sentir verdadero: «Vivir humilde, trabajar mucho, engrandecer a América, estudiar sus fuerzas, revelárselas, pagar a los pueblos el bien que me hacen: ¡este es mi oficio!».

Confesó que le espantaba la tarea de echar a los hombres sobre los hombres, pero recurrió a la guerra para alcanzar la libertad de su tierra, aunque viéndola siempre como un mal necesario, un recurso supremo impuesto por el poder colonial de España.

De ahí que escribiera: «Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar;/ el arroyo de la sierra/ me complace más que el mar».

Obsérvese que no dijo los pobres de mi tierra, sino de la tierra. Para él seguro el arroyo era la imagen de los humildes, mientras el mar la de los poderosos.

De Guatemala dijo: «Me da trabajo —que es la fortaleza—» y afirmó admirar que en esa tierra «el arado es hábito».

En previsión, nadie le aventajó y sobre el espíritu de su pueblo, supo ver su primordial disyuntiva: «O la República tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio (...) o la República no vale ni una sola lágrima de nuestras mujeres, ni una sola gota de sangre de nuestros buenos».

Y argumentó: «Hombres somos, y no vamos a querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde de nuestro país».

Era Martí hijo de una colonia y estuvo obligado a vivir en el destierro por oponerse a esa condición. La lucha obrera no fue, no pudo ser, el centro de su vida, pues debía proponerse como meta inmediata obtener la liberación de su tierra. Pero se equivoca quien deja en la sombra que aquella lucha no le fue ajena.

Supo de ella tempranamente, en México, y tomó partido en su favor, colaborando incluso en el periódico El Socialista. Y fue electo delegado para el primer congreso obrero de aquel país. Sería, sin embargo, en Estados Unidos donde «el colosal problema» iba a presentársele de una forma que no existía aún en sus atrasadas tierras latinoamericanas y caribeñas. Por eso al morir Marx, le dedicó cálidos elogios, «porque se puso al lado de los débiles».

Los sucesos de mayo de 1886 en Chicago, Estados Unidos, encontraron en Martí a un comentarista en vías de creciente radicalización. Su última crónica de 1887 a raíz del asesinato «legal» de los obreros a quienes se imputaron aquellos sucesos, lo muestra enteramente a favor de esos obreros y consciente de la falsedad del capitalismo norteamericano sentado allí en el banquillo de los verdaderos culpables.

Vio surgir en los Estados Unidos al capitalismo y en aquella nación entendió la justicia de las luchas obreras. Lo confesó así en carta a Fermín Valdés Domínguez: «Moriremos por la libertad verdadera, no por la libertad que sirve de pretexto para mantener a unos hombres en el goce excesivo y a otros en el dolor innecesario».

En ningún instante hizo una promesa vana a los trabajadores, a los obreros, a los negros, a los pobres. Jamás tuvo un solo coqueteo superficial con los intelectuales. Nunca pudo leerse una línea suya aduladora de los ricos y no mintió jamás.

Proclamó que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve o sin ella y comentó en carta a su amigo mexicano Manuel Mercado: «El trabajo es el aire y el sol de la libertad (...) el hombre crece con el trabajo que sale de sus manos (...) ventajas físicas, mentales y morales vienen del trabajo manual (...) trabajemos para la dignidad y el bienestar de todos los hombres (...) Para entendernos y excusarnos, vivimos los trabajadores (...) Donde los trabajadores son fuertes, lucharán y vencerán los trabajadores».

Ser cubano

Entre sus más lúcidos orgullos, no obstante no tener antecedente en su tierra natal, por venir de españoles, estaba el pertenecer a esta isla: «No hay palabra que se asemeje más a la luz del amanecer, que esta palabra inefable y ardiente de cubano».

Y puntualizó: «Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza».

En su discurso la Oración de Tampa y Cayo Hueso, el 7 de febrero de 1892, expresó: «Lo que tengo que decir antes de que se me apague la voz y mi corazón cese de latir en este mundo, es que mi patria posee todas las virtudes necesarias para la conquista y el mantenimiento de la libertad. Jamás tuve un goce tan puro y de tan íntima majestad, como entre mis cubanos, entre mis guerreros, mis ancianos y mis trabajadores».

Por Primera vez

El primer homenaje público masivo en nuestra Patria al Maestro, tuvo lugar el 10 de octubre de 1898, en Santiago de Cuba, con la realización de un desfile conmemorativo de la efeméride y la colocación de una lápida por parte de una representación de emigrados revolucionarios, en el nicho No. 134 del cementerio de Santa Ifigenia, donde reposan sus restos.

La primera escultura dedicada a él fue erigida en vida de este, en 1890, por el puertorriqueño Gonzalo Zoldo, inspirada en la foto que le fuera tomada en presidio. Maceo, el 16 de junio de 1895, dio a uno de sus Regimientos el nombre de José Martí. En septiembre de 1895 Enrique Loynaz del Castillo y José Rosalio Pacheco marcaron con un poste de madera el lugar donde cayera el Maestro en Dos Ríos. Allí el 9 de agosto de 1896 se le erigió el primer monumento a su memoria, cuando el general Máximo Gómez solicitó a los combatientes una piedra para marcar el sitio exacto.

El 28 de enero de 1953, por acuerdo del Buró del Consejo Mundial de la Paz se incluyó el centenario de Martí entre los grandes aniversarios del año, al lado de Tchou Yuán, de Nicolás Copérnico, de Ralph Waldo Emerson, de Vicente Van Gogh y de Francisco Rabelais, un alto reconocimiento a su magnitud y una vía excelente para la legítima universalización de su figura.

En el centenario del natalicio del Apóstol se hizo un lucido acto para recordarlo en la Casa Central de los Trabajadores del Arte de Moscú, al que asistieron distintas personalidades. Fue transmitido por la radio a todas las Repúblicas Soviéticas, y a los más lejanos lugares del mundo. En la presidencia estuvo el escritor soviético Ilya Ehremburg. El discurso por los anfitriones lo pronunció el poeta Stepan Shipachov. Habló Juan Marinello por los cubanos.

«No es nuestra tierra, como sabéis, la isla liberada, próspera y dichosa que soñó Martí. Nuestro Maestro juró, si la vida le duraba después de la guerra contra España, ofrecer toda su energía al combate contra los nuevos opresores de su isla. La vida breve y luminosa no le dio para tanto», dijo Marinello, pero le dio al menos —y ya es mucho— para señalarnos el camino», expresó Marinello.

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