Friguls o la estampa de un sobreviviente

Ha muerto un incansable batallador, prototipo de intelectual, cuya eticidad sostenida servirá de llama perenne

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Acostumbrado a escuchar en la radio las primeras noticias del día, aún no alcanzo a entender cómo no lo supe bien temprano. Me enteré por los titulares del noticiero de la tarde y entonces solo atiné a salir corriendo a despedirme, como quien va a despedir a un padre. Y es que Juan Emilio Friguls Ferrer fue precisamente eso para mí: un padre.

Lo conocí mucho antes de iniciar mis estudios de Periodismo en la Universidad de La Habana. La primera vez que me le acerqué, fue con el pretexto de que me contara en detalles su pasado, apasionantes historias que solo él conocía. En verdad me interesaba más que eso. Necesitaba sus lecciones, y también los trucos de más de medio siglo en la profesión, que nunca me parecieron viejos.

Él sí. Envejeció, es cierto, pero fue solo su cascarón quijotesco, porque la mente de Friguls seguía tan fresca como el día en que selló su suerte como reportero del diario Información. Desde ese momento no abandonaría jamás el buen Periodismo.

En ese primer encuentro se encargó de repetirme las palabras de su padre cuando se enteró de que rompería con la tradición familiar de comerciantes: «Haz lo que quieras, pero trata de ganarte la vida no con el sudor de tu mente, sino con el placer de la mente». Fue una sentencia.

Siempre contaba con sano orgullo la ocasión en que le propusieron pasar a la nómina del Diario de la Marina, el más conservador e influyente de los periódicos de entonces. Él no quería abandonar la publicación que le abrió las puertas, pero por otra parte comprendía que esa oportunidad no era despreciable. Optó por seguir el consejo de un sacerdote amigo: «Pide lo que no puedan darte». Entonces exigió que apareciera impresa su biografía con foto incluida, anunciando su entrada en el diario. Además, un plazo para que en Información encontraran un sustituto. Para su sorpresa, fue complacido.

Recibí de él apoyo en situaciones claves, ayuda solidaria con todo lo que le solicitaba, así fueran sus libros y materiales. Conservo como un tesoro el último de los textos que me regaló hace poco, al terminar una de nuestras interminables charlas, con una amable dedicatoria: «Para Mario Cremata, en recuerdo de un encuentro de intercambio periodístico y como demostración de afecto y sincera amistad».

Después de eso los acompañé a él y a su esposa Berta, cuando sobrevino la pérdida de su hija María Rosa. Les quedaba Joaquín, y aunque con ella se fue una parte de los dos, Juan Emilio prefirió hacerse una coraza, resistir y seguir adelante.

Ahora, con su muerte, se cierra una época. Quizá fuera el último sobreviviente de los profesionales de su generación, y uno de los pocos que tuvo el privilegio de conocer y entrevistar a ocho presidentes cubanos: Carlos Mendieta, Carlos Hevia, Ramón Grau, Carlos Prío, Fulgencio Batista, Manuel Urrutia, Osvaldo Dorticós y Fidel. De todos esos instantes conservaba fotografías, al igual que de la vez en que lo recibió el Papa Pío XII en el Vaticano, en 1950, convirtiéndose en el primer periodista cubano en entrevistar a un pontífice.

El viernes 3 de agosto hablamos un minuto por última vez, a propósito de su cumpleaños 88. Lo sentí agotado y con falta de aire. Era el preludio de una neumonía que estaba incubando. No obstante, continuó asistiendo a Radio Reloj hasta el día antes de su fallecimiento. Murió como él hubiera querido, dormido, a las 3:30 de la mañana de este miércoles.

Muchos secretos se llevó con él, tal vez por esa característica suya de «no herir susceptibilidades».

Con él se pierde al mejor y más sensato de nuestros caballeros, al más incansable batallador que he conocido, al prototipo de intelectual, cuya eticidad sostenida servirá de llama perenne para los que intentaremos mantener vivo su legado. Al menos a mí, sus enseñanzas me acompañarán toda la vida.

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