Hucgo Chávez dejó una profunda huella en el pueblo venezolano Autor: www.albaciudad.org Publicado: 05/03/2026 | 10:53 am
Cuando aquel niño de tres años se acercó al estrado con la boca llena de galleta, Hugo Rafael Chávez Frías ya se había convertido en un hombre que simplemente respondía a lo que la vida le ponía delante.
Por eso cuando el pequeño le ofreció el bocado masticado, húmedo de saliva infantil, el Comandante bolivariano abrió la boca y comió, para después referirse al valor de la bondad.
«Benditos sean los niños», dijo entonces, tal vez recordando al muchachito que fue él en Sabaneta de Barinas, cuando vendía «arañas» por las calles y aprendía que la generosidad siempre hace el bien.
Chávez tejió muchas más anécdotas estremecedoras. Cómo no recordar, por ejemplo, aquella de la iglesia, a la que fue acompañado de su familia e hizo llorar a quienes lo circundaban. «Hace un rato no pude evitar las lágrimas cuando sentí la mano amorosa de mi madre y, al mismo tiempo, la mano de mi padre, las dos manos, una me sobaba por aquí y otra por aquí. Y dije: Dios, hace cuánto que no sentía estas dos manos al mismo tiempo», expresó en abril de 2012.
También fue sobrecogedor verlo decir: «Dame tu corona, Cristo. Dámela. Que yo sangro. Dame tu cruz, cien cruces, que yo las llevo. Pero dame vida porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y esta Patria. No me lleves todavía. Dame tu cruz, dame tus espinas, dame tu sangre, que yo estoy dispuesto a llevarla, pero con vida».
Los millones que lo veían por televisión lloraron con él, porque en ese instante no era el Presidente, no era el Comandante, no era el mito inmenso. Era simplemente un hijo, como cualquier otro, necesitado del consuelo más elemental del mundo.
Esa capacidad de mostrarse sin máscaras lo acompañó siempre. Una vez, en pleno programa de televisión, en vivo, recordó la odisea que sufrió para concretar una necesidad fisiológica y su relato generó numerosas carcajadas.
Tal autenticidad lo llevó a responderle al rey Juan Carlos de España, días después que este le dijera en la cumbre iberoamericana de Chile (noviembre de 2007) aquel «¿por qué no te callas?». Si Chávez no respondió en el momento fue porque no lo escuchó. Pero luego le explicaría: «Si yo me callo, gritarían las piedras de los pueblos de América Latina que están dispuestos a ser libres de todo colonialismo después de 500 años de coloniaje».
Otra de sus frases llamativas la pronunció, sin protocolos, en la sede de la Organización de Naciones Unidas, en Nueva York, en septiembre de 2006. «Ayer estuvo el diablo aquí en este mismo lugar, huele a azufre todavía», dijo mientras se persignaba.
Quien escuchaba a Chávez entendía que no estaba ante un político formal o calculador, sino ante un hombre que llevaba la historia, la pasión y el sentimiento en cada acto. Que era de carne y hueso, sincero, bromista, carismático, llano.
Esto explica por qué podía regañar a un ministro en cadena nacional con una dureza que helaba la sangre, y luego, cuando las cámaras se apagaban, buscarlo a solas, saludarlo y pasar un buen rato hablando con él.
Su personalidad cautivaba, arrastraba, llegaba a la gente. No fue casual, por eso, que luego de su muerte, el 5 de marzo de 2013, miles y miles de personas acudieran a despedirlo con el corazón estrujado. Querían darle un abrazo invisible, amarlo, decirle: ¡Gracias!
