¿Es hoy el trabajo voluntario una necesidad espiritual, como lo concebía el Che?

 

Juventud Rebelde
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28 de Noviembre del 2007 0:00:02 CDT

Algunos jóvenes opinan que el trabajo voluntario ha tergiversado su esencia y que no se asiste por convicción a los que se convocan

Sucedió hace meses en una ciudad del oriente cubano, en informal charla entre jóvenes vestidos de blanco y azul. Uno de ellos se pavoneaba de no haber faltado jamás a un trabajo voluntario convocado por la escuela, aunque era fácil olfatear en sus palabras un tufillo a orgullo malsano: «Nadie ha marcado más tarjeta que yo en estos años, no hay quien me quite el “integral”».

Otro siguió el diálogo con una confesión sincera: «Pues yo voy al trabajo voluntario cuando tengo deseos, que son pocas veces; nadie puede obligarme si es voluntario; no estoy aquí para ganarme cartelitos».

Pero un tercero, disgustado, cercenó el mitin: «¿Qué nos hubiera dicho el Che si oyera estas cosas? Damos pena, en serio», expresó, y volteó la espalda justo cuando anunciaban el inicio de un turno de clases.

Las máscaras

La conversación descargada al principio de esta página no es tan simple como parece. Por un lado, nos pinta la construcción de una máscara, estimulada por la recompensa que implica apoderarse de un rótulo de «versatilidad». Ese «marcar tarjeta» para obtener un premio de ubicación laboral no está impregnado únicamente en la piel y el actuar de aquel mozalbete.

Por otro lado, deja humeando en el aire una pregunta que, por su enfoque conceptual, debiera ser contestada más a menudo: ¿cómo el Che miraría hoy al «hombre nuevo», educado en los preceptos de los estímulos morales, del amor al trabajo voluntario, de los valores y de una cultura general, y cómo evaluaría a la «arcilla fundamental de nuestra obra», su sabio epíteto para calificar a la juventud?

Precisamente esa charla ordinaria aguijoneó a este diario a sondear en las calles el pensamiento de los jóvenes cubanos con respecto a esos principios básicos del Guerrillero Heroico.

Y en la encuesta a 63 personas de entre 18 y 32 años, llamó poderosamente la atención un hecho: todos los interrogados, excepto dos, señalaron que el Che le criticaría alguna mancha a la juventud de esta era. Eso, al final, revela dos aspectos positivos: hay autocrítica entre los más nuevos y reconocimiento de los lunares propios.

Sobre el primer tema, 40 expusieron que el trabajo voluntario ha tergiversado su esencia; a tal punto que, en determinados lugares, es una manera de apuntarse en una «lista de buenos», algo que cuestionaría el Comandante de América. Porque, tal como apunta su colaborador Walfrido La O, el Che pensaba que el ser humano debía acudir a ese tipo de labor como una necesidad espiritual, como una convicción y como un sentimiento, no obligado «por las presiones morales del ambiente».

El bayamés Luis Fornaris, de 24 años, señaló que en ese aspecto una parte de los jóvenes manifiesta una doble moral y hasta cierto oportunismo; porque no acude al trabajo voluntario de corazón sino por conquistar un mérito o para quitarse los ojos de encima.

Otro oriundo de Bayamo, Ernesto Parra Muñoz, de 32 años, estudiante de quinto año de Comunicación Social, expuso que una parte de la juventud cubana «es un poco resignada, no lucha por sí misma para lograr ese hombre nuevo del que nos habló el Guerrillero Heroico; esos jóvenes no ven en el trabajo voluntario una manera de desarrollarse como seres sociales, de sacrificarse, de sembrar voluntad».

Mientras, Eylen Cutiño Labrada, del primer año de Sociología en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, apuntó que una porción de la juventud ha heredado rasgos de holgazanería, de pereza y vagancia, avivados en algunas familias en los tiempos de período especial. «Por supuesto —dice ella— que no todos somos así; hay una contraparte muy laboriosa, muy sacrificada, que ve en el trabajo la realización».

Habría que preguntarse si esa porción esforzada de la que habla la estudiante encajaría en los conceptos guevarianos de la nueva sociedad y del hombre nuevo, los cuales entendían el trabajo como deber social.

«Hacemos todo lo posible por darle al trabajo esta nueva categoría de deber social y unirlo al desarrollo de la técnica, por un lado, lo que dará condiciones para una mayor libertad, y al trabajo voluntario por otro, basados en la apreciación marxista de que el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía», decía Ernesto Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba.

Yendo nuevamente a la encuesta: unos pocos, como Verónica, ingeniera recién graduada de la Universidad de Holguín, consideraron que no se debían equiparar los tiempos del Che y los del presente; por tanto no tenía mucha lógica averiguar cómo él miraría actualmente a los jóvenes.

«No pensamos igual que ayer, las condiciones de la vida, el movimiento y el cambio acelerado de la sociedad influyen mucho en la forma de pensar y actuar de la juventud; sinceramente creo que quizá hasta el propio Che variaría su forma de pensar en relación con algunas cosas, y lo digo en un sentido dialéctico; a mí podría criticarme cierta cobardía por no enrolarme en trabajos en los que pudiera ser más útil a la sociedad».

Jesús González, de 25 años, licenciado en Pedagogía, también se refirió a los posibles errores cuando se comparan épocas aunque no dejó de mirar críticamente a determinados coetáneos: «Los jóvenes deben parecerse más a su era que a los padres, pero independientemente de eso, en algunos hay una notable apatía ante las actividades que impliquen esfuerzo, sacrificio, lucha; en eso influye la falta de madurez. También existe entre algunos de nosotros un palpable desconocimiento de la historia y esa ignorancia nos lleva a no entender en toda su magnitud el legado, ético, espiritual, de trabajo y humano del Che».

Críticas y elogios

Las pesquisas de JR condujeron inexorablemente a tocar otros asuntos, no previstos en vísperas del sondeo. Muchos dijeron, por ejemplo, que junto a las críticas, el Comandante de América elogiaría —aun a sabiendas de su cortedad para los encomios— algunas de las numerosas virtudes de los jóvenes de este archipiélago.

Perla Tabasco, egresada hace unos meses de la Universidad de las Ciencias Informáticas, subrayó que seguramente él halagaría «el ímpetu de la juventud de seguir adelante, el deseo de hacer cosas nuevas y superarse».

Por su parte, Arilennis Medel Leyva, estudiante de quinto año de Medicina, acotó que el Che indudablemente ponderaría la gran resistencia de las nuevas generaciones, atributo que les ha permitido levantarse por encima de las restricciones propias de un país bloqueado. «Además, miles de los jóvenes de ahora han desarrollado una responsabilidad enorme, comparable a la de aquellos que casi niños dirigieron la Revolución».

Ernesto Morales, estudiante de quinto año de Periodismo, declaró que probablemente el Héroe de Santa Clara habría aplaudido el progreso en la instrucción de un número elevado de jóvenes, incomparable al de otros tiempos.

Sin embargo, los tres muchachos coincidieron en que un segmento de la nueva generación está carente de buenos modales, educación formal y cortesía.

En otra cuerda, algunos describieron varias lagunas que van en contra de las máximas del hombre nuevo. Según Yosleidis Vega, de 25 años, «el Che esperaba más de nosotros, no hemos sabido valorar todo el esfuerzo que ha hecho la Revolución, nos falta empuje, deseo de sacrificarse».

En tanto Dayron Fonseca Escobar, de 27 años, cree que las carencias de algunos de la nueva generación están en el espíritu creador. «A veces asumimos muchas tareas a la ligera, sin una conciencia de la importancia que estas tienen. En un número de muchachos es evidente el desinterés por la cultura, las tradiciones y la historia», sentencia.

Veinte de los interrogados se refirieron a la pérdida de determinados valores y el apego a lo material. Y diez hablaron de pocos hábitos de estudio.

«Muchos han perdido el verdadero concepto de amistad, otros han estropeado las maneras de enamorar a una mujer y hay un grupo —sobre todo en la juventud temprana— que quiere vivir de la “pacotilla”», expone Yunied Abdalín Reyes.

Epílogo

El propio Guerrillero Heroico reconocía que el hombre nuevo no podía convertirse en una meta contable. Llegaría en el siglo XXI por los caminos trazados por la nueva sociedad, la cual tendría entre sus soportes fundamentales los mecanismos de la educación permanente.

Exponía, además, que tal ruta era difícil y no carente de riesgos; pero no imposible. Esos preceptos mantienen total vigencia. Solo que —lo dicen los propios jóvenes— para ganarle al reloj parecería que en este tiempo los pinos nuevos debían tener menos manchas, sin pretender la absurda perfección.

En esas sombras hace falta inyectar sol prudentemente, sin machacar, con inteligencia, para que se vayan borrando charlas como la de aquellos mozos que, como otros, les sacaban la lengua al trabajo voluntario.

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