Mario Reguera: Un guerrero de la Revolución

El estudiante y combatiente de la clandestinidad cayó un día como hoy hace 50 años, en el primer aniversario de otro hecho aciago: la masacre de Humboldt 7

Autor:

Juventud Rebelde

De izquierda a derecha: Miguel Rodríguez, un joven sin identificar, Luis Soto, José Antonio Echeverría, Manuel Stolick y Mario Reguera, al frente de la manifestación del 2 de diciembre de 1955. En horas de la tarde del 20 de abril de 1958 cayó abatido, en Infanta entre Estrella y Maloja en La Habana, el estudiante Mario Reguera, dotado de relevantes atributos naturales para el combate que lo llevaron a participar en eventos fundamentales de la lucha clandestina en la capital contra la dictadura de Batista.

Mario, nacido el 7 de enero de 1936, en la casa sita en Corrales No. 29, en La Habana Vieja, fue expulsado del Instituto de La Habana en fecha tan temprana como 1953, debido a su permanente actividad contra la dictadura; trasladándose entonces para el de Marianao. Su presencia era habitual en los enfrentamientos contra las fuerzas de la dictadura, que convocaran José Antonio Echeverría y Fructuoso Rodríguez, desde la Colina Universitaria. Reguera estuvo detenido, junto con José Antonio, en la prisión del Castillo del Príncipe, el 28 de enero de 1955.

El 13 de marzo de 1957, en el asalto a Radio Reloj, se le asignó al tercer carro, conducido por Juan Nuiry —secretario general de la FEU—, en unión de Julio García Oliveras —miembro del Ejecutivo del Directorio Revolucionario (DR)—, Antonio Guevara —ex presidente de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Farmacia— y Héctor Rosales, su condiscípulo; cuya misión consistió en impedir cualquier acceso por la entrada de la emisora, en 21 y M.

A pesar de la insistencia de Julio para que portara una carabina M-1, Mario se empecinó en una pequeña pistola máuser de 7,65 mm, con la que, aún sin detenerse el auto, se lanzó como si llevase consigo un cañón. «Estaba hecho un león en esa esquina», recuerda Oliveras; mientras Nuiry —ambos, supervivientes del auto— rememora la serenidad característica de Reguera, cuando, por el espejo retrovisor, lo divisaba detrás de él.

En los días posteriores, fue a esconderse a Caibarién, y como nunca se permitió un descanso en su constante bregar insurrecional, sin darse tregua, pronto se unió a militantes del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), con quienes participó en distintos sabotajes hasta regresar a la capital, donde estableció contacto con el autor de este testimonio, para integrar a militantes del Instituto de La Habana y la barriada de La Habana Vieja, a células del Directorio Revolucionario.

Durante la huelga convocada para el 5 de agosto de 1957, formó parte de un grupo armado de apoyo, y en la del 9 de abril de 1958, en unión de Carlos Figueredo, participó en el sabotaje al registro eléctrico en la intersección de la calle Reina con Belascoaín. En el frustrado levantamiento militar del 5 de septiembre en La Habana, Mario se unió a los que debían asaltar la Radiomotorizada de la Policía.

En el segundo semestre de 1957, perteneció a un grupo, cuya misión era realizar un atentado al Dr. Rafael Guas Inclán, vicepresidente de la República, el que habíamos organizado, junto a Gustavo Machín —caído en Bolivia con el Che—, Jorge Robreño y Juan Gualberto Valdés —superviviente del Asalto al Palacio Presidencial—, además del grupo de chequeo formado por Raúl Romeu —ex presidente de la Asociación de Estudiantes del Instituto de Pinar del Río—, Andrés Fornés, y con José Julián Domínguez y Juan Abrantes, ambos condiscípulos y amigos de la infancia de Mario.

Para acometer la operación, se disponía de informaciones facilitadas por un empleado de la oficina del vicepresidente en el Capitolio Nacional, quien era un militante revolucionario antiguo compañero de Mario, de Domínguez y de Abrantes, el actual coronel (r) de nuestras Fuerzas Armadas, Reinaldo Rufino Álvarez, las cuales nos permitieron componer un pormenorizado itinerario de recorridos, lugares visitados y casas donde pernoctaba.

El atentado, a ejecutarse el domingo 29 de septiembre de 1957, en la esquina de 21 y F en el Vedado, tendría que ser sustituido por el que se llevaría a cabo, esa misma noche, contra Luis Manuel Martínez, dirigente de la Sección Juvenil del partido político fundado por Fulgencio Batista y vocero de su gobierno.

Ese forzoso cambio de planes se adoptó porque las pistolas máuser de ráfagas, reservadas para aquella acción, habían sido erróneamente transportadas, junto con el alijo de armas, que tres días antes había ordenado se trasladaran hacia las montañas de El Escambray con el propósito de iniciar las primeras guerrillas del Directorio Revolucionario, además de que el carro destinado a la operación demoró su regreso de Las Villas más de lo previsto.

Con el objetivo de retomar la iniciativa y elevar la moral revolucionaria tras las derrotas sufridas en septiembre de 1957, se había logrado concertar un plan conjunto de atentados en la capital entre el Dr. Ramón Vázquez, segundo al mando de las Brigadas del M-26-7, y algunos capitanes de milicias como Antonio Sánchez —condiscípulo de Mario del Instituto, quien suministró los datos del chequeo a Luis Manuel Martínez— y Alfredo Torice, conocido con el nombre de guerra del Negro Morúa, un obrero guagüero con quien Mario había entablado una entrañable amistad en la prisión del Príncipe donde se conocieran. Antonio y Morúa fueron asesinados en 1958.

En ese atentado contra Luis Manuel, en la concurrida esquina de San Rafael y Consulado, en el centro comercial de La Habana de entonces, fue apresado, torturado, mutilado y finalmente baleado esa misma noche el trabajador telefónico Ramón Valdivia, miembro de las Brigadas del M-26-7, mientras Mario tuvo que lidiar con el terrible imponderable de que su pistola Star de ráfaga se mantuvo encasquillada durante todo el tiempo de la acción y de la azarosa huída.

Poco después, Adalberto Pérez Sierra —un obrero linotipista devenido valioso luchador clandestino— coordinó dónde esconder a Mario, como en tantas otras ocasiones había hecho, en la casa situada en la Playa de Santa Fe de los hermanos Manolo y Beba Márquez, adonde lo condujo esa misma noche Gudelia García, combatiente del movimiento estudiantil revolucionario, jefa de la Sección Juvenil del Frente Cívico de Mujeres Martianas y miembro del Directorio Revolucionario, junto con la estudiante de Derecho, María Rodríguez.

En los primeros días de febrero de 1958, encontrándose asilado en una embajada, Eva Jiménez fue a avisarle del desembarco por Nuevitas de la expedición del Directorio. Sin pensarlo dos veces, Mario saltó el muro de la embajada para encontrarse con sus compañeros de armas. Eva había sido una antigua colaboradora de Fidel y la primera mujer encarcelada por el frustrado movimiento del 5 de abril de 1953, encabezado por el profesor Bárcena, además de apoyar a los expedicionarios del Granma durante su asilo en México, y mi muy cercana compañera.

El azar hizo que me encontrara con Mario, ante la incredulidad de ambos, cuando caminábamos por la calle 26 entre 19 y 17 en el Vedado. Ya, en los días posteriores, se mantuvo escondido la mayor parte del tiempo en la casa de Santa Fe hasta que, tras participar en la fracasada huelga del 9 de abril, se trasladó para el Cerro, hacia la casa de Monina Estévez, cuñada de Manolo Márquez. Esas últimas horas antes de encaminarse hacia la muerte las pasó junto a ella o a Pérez Sierra indistintamente.

En esa mañana de este otro aciago 20 de abril, Mario me envió un recado con Eva Jiménez sobre el plan que, como homenaje al primer aniversario de la masacre de Humboldt 7, pensaba llevar a cabo en compañía del Chino Figueredo, como él, participante del Asalto a Radio Reloj, y me pedía una pistola que guardaba Eva. Mario pensaba repetir ese día aquellos recorridos en autos por la ciudad, que acostumbraba realizar su amigo Arístides Viera —asesinado un mes exacto antes que él— y en los que Mario había tomado parte en ocasiones, con la esperanza de toparse con cualquier esbirro o funcionario del régimen. Le mandé a decir que no estaba de acuerdo con ese tipo de plan sin un proyecto previamente estudiado.

Cuando se disponían a ocupar un carro, Figueredo y Mario fueron sorprendidos por un agente de la radiomotorizada, pero Figueredo logró escapar con vida. Testigos recuerdan que en el intercambio de disparos, Mario resultó herido, según unos, en la femoral, según otros, en el bazo.

El teniente del Buró de Investigaciones, Luis Abreu —conocido como el Teniente Zapata, fusilado por la Revolución por los asesinatos cometidos días antes en esa calle—, quien casualmente se encontraba en el bar de enfrente, se involucró en los disparos, resultando Mario fatídicamente atrapado entre dos fuegos.

Poco tiempo después, ese teniente Abreu, acompañado de una manada de policías, arrojó el cadáver de Mario en el Hospital de Emergencias, donde se encontraba de guardia el entonces alumno y hoy médico en el mismo hospital, Dr. Delio Gómez Sosa, el que nunca ha podido borrar de su memoria al tal teniente Abreu, pavoneándose de haberlo asesinado por la espalda, a la par que, con la culata de su pistola golpeaba repetidamente la cabeza inerme del que en vida no hubiese sido capaz de enfrentar en igualdad de condiciones.

Al otro día, Luis Manuel Martínez anunció eufórico en su programa del Canal 4 de Televisión, la muerte de uno de los que habían atentado contra su persona en septiembre.

Unos días después, una vez más le tocaba a Marta Jiménez, viuda de Fructuoso Rodríguez y combatiente revolucionaria, la espeluznante tarea de identificar el cadáver «desnudo y de un color gris ceniza» de uno de sus compañeros —esta vez en unión de Natalia Bolívar—, con quien Mario había compartido un gran cariño y quien tantas veces le acompañara en la lucha revolucionaria.

Junto a sus camaradas de armas, Menelao Mora, caído en el Asalto a Palacio, y José Machado, caído en Humboldt 7, Mario sería enterrado en el panteón de la Sra. Amelia Ponce de León, en cuya casa alternativamente los tres habían recibido refugio.

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