Aquellas noches del básquet junto a Fidel

Durante años, a partir de la segunda mitad de la década de los 60, Fidel devino ferviente jugador de baloncesto. Las vivencias y anécdotas que emanaron de aquella etapa mantienen toda vigencia casi medio siglo después cuando exponemos a los lectores algunas de ellas

Autor:

Francisco Mastrascusa

Son conocidos muchos pasajes históricos, anécdotas y facetas de extraordinario interés relacionadas con la presencia de Fidel a lo largo de más de seis décadas de incesante batallar revolucionario.

Una vasta estela de entrega y amor infinito a sus ideales convierten a este hombre vertical en un arquetipo para las actuales y futuras generaciones lideradas por quijotes que llevan bajo el brazo la adarga para convertir quimeras en tangibles realidades.

Esta vez no pretendo escribir sobre el combatiente ni del estadista ni del revolucionario sin tachas. Tampoco del Comandante de la Sierra y el llano o el estratega militar. Solo narraré un puñado de recuerdos que fueron eslabonándose durante los años que Fidel se entregó, entre sus múltiples responsabilidades, a la práctica del baloncesto…

I

La Habana organizó en 1969 la tercera edición de los torneos centrocaribeños de básquet y Panamá se llevó la victoria, debido a la excelente conducción del capitán del equipo, Davis Peralta, quien se echó en un bolsillo a la afición local. Eran tiempos de despegue para el quinteto cubano, devenido subcampeón de una justa que contó varias veces con la presencia del Comandante en Jefe, seguidor y practicante activo del básquet.

Lejos estaban de imaginar los participantes en el citado torneo que el mismo hombre que desembarcó en el Granma y triunfó en la Sierra Maestra, ajeno a todo formalismo, era parte activa de un entusiasta grupo que dedicaba muchas noches y madrugadas a disputar enconados partidos, bien en la Mariposa del Fajardo o el tabloncillo de la Ciudad Deportiva.

Con Fidel y Raúl al frente, otros muchos se iban sumando en mayor o menor grado a los cada vez más candentes juegos. El «Gallego» Manuel Piñeiro, José M. Millar Barruecos «Chomí», Fernando Vecino Alegret, José Llanusa, Jorge «Yoyi» García-Bango, Jorge «Papito» Serguera, Andrés Keiser, Fabio Ruiz, Julio Bidopia, Mario «Risita» Quintero, Casimiro García y otros más eran asiduos concurrentes a las históricas jornadas.

El entusiasmo iba en ascenso al extremo de que por sugerencia del propio Fidel se formó un equipo que competiría en un Campeonato nacional de segunda categoría convocado para ese año.

Así surgieron los Cañeros, convertidos en inesperado competidor del certamen, para asombro de los jugadores que vendrían a La Habana integrando los quintetos de sus provincias. Antecedió a la justa una etapa de arduos entrenamientos del equipo donde el más entusiasta de sus jugadores vestía la camiseta con el número 15.

«Recuerdo noches en que celebrábamos hasta tres partidos diarios», comentó Fidel años después y en realidad era así a pesar de la preocupación que ello le causaba a su médico personal, el comandante René Vallejo.

Incomparables anécdotas surgieron de aquel histórico campeonato y de las jornadas dedicadas al baloncesto, que se extendieron en ocasiones a tres o cuatro veces a la semana.

De entre las muchas, recuerdo una que jamás olvidaré, sobre todo por la moraleja que encierra. Nos visitó un afamado equipo femenino de baloncesto y tras sostener un partido con las cubanas ante la presencia de Fidel en la Ciudad Deportiva, sus jugadoras fueron informadas de que este iría a saludarlas.

Mientras se producía el encuentro, una de las jugadoras le comentó al mandatario: «Nos han dicho que usted juega básquet. Es una pena que no lo podamos ver en acción».

De inmediato, la respuesta: «Pues si lo desean, aunque supongo que están cansadas, podemos jugar un partido».

El agradable reto fue mutuamente aceptado y durante el tiempo intermedio de descanso, mientras Fidel dialogaba con ellas, una de las visitantes se dirigió al Comandante en Jefe: «Yo me he percatado de que en nosotras hay desconfianza, porque ese señor vestido de oficial casi siempre está a su lado».

Fidel llamó a aquel integrante de su escolta y luego de presentárselo a su interlocutora le dijo: «Fíjate si este hombre es importante que marca una gran diferencia. Estás jugando baloncesto conmigo y va a ser muy difícil que puedas hacer lo mismo con el Presidente de tu país».

II

Restaban pocos días para despedir el año 1970 en una época donde Fidel dedicaba muchas noches y madrugadas a la práctica del baloncesto en unión de un grupo de compañeros, algunos de los cuales poseían experiencia en una disciplina que requiere de excelente preparación física.

Nuestro Comandante en Jefe rememoraba con su dedicación a la práctica sistemática del baloncesto y otras disciplinas aquellos años de estudiante, cuando se destacó en varios deportes, mostrando desde ese entonces una férrea voluntad.

Con la puntualidad que le caracterizaba, arribó al Coliseo aquel día y tras saludar a quienes aguardaban, comentó acerca de un análisis que había hecho y su correspondiente conclusión... «Venía pensando en que si uno se sitúa en el área aledaña a la zona donde convergen las líneas lateral y de fondo, desde allí puede lograr con éxito un enceste, aunque en principio parezca imposible, debido a que el aro es obstruido en parte por el tablero».

Algunos de los presentes comprendieron el planteamiento y otros no. Fidel, de inmediato se dirigió al lugar exacto con el propósito de demostrar la veracidad de lo que había planteado.

Durante más de una hora, sin descanso alguno, se mantuvo tirando al aro ante la presencia de quienes escuchamos sus planteamientos al respecto. Sin disminuir un ápice el optimismo, exclamaba una y otra vez: «Estoy convencido de que se puede y voy a lograrlo».

Llegó el momento cuando el balón salido de sus manos tomó altura y descendió hasta penetrar por el aro sin rozar el borde superior del tablero. De inmediato y ante la alegría generalizada, se escucharon unas palabras: «Es como el tiro del mortero. Para alcanzar la mejor efectividad lo importante es buscar el ángulo correcto».

Fidel, lejos de mostrar cansancio, esbozó una sonrisa y manifestó que se le habían multiplicado las ganas de jugar esa noche.

Unos días después, exactamente el 7 de enero de 1971 asistía a la inauguración de la ESBEC Ernesto Che Guevara, en Ceiba del Agua.

Arribó al lugar temprano en la tarde y se dirigió a una de las canchas de baloncesto, donde un grupo de estudiantes estaba inmerso en un partido.

El recién llegado solicitó un balón y realizó, en fraternal competencia con uno de los educandos, tiros al aro desde distintos ángulos, pero cuando más entusiasmados estaban, irrumpió un mayúsculo aguacero que obligó a detener las acciones.

Al escampar, todos se sumaron al empeño de secar el escenario para continuar y entonces se me ocurrió comentarle a Fidel lo difícil que resultaba encestar desde donde él lo había hecho en la Ciudad Deportiva.

Aseveró que lo intentaría de nuevo en instantes en que otro aguacero, tal vez mayor que el anterior, lo impidió.

Una vez en el interior del plantel aceptó la invitación de jugar tenis de mesa y en medio de un breve intervalo, percatándose de la cercana presencia de quien le había comentado sobre lo difícil del enceste, le comentó «acuérdate que es como el tiro del mortero».

III

A propuesta del propio Fidel, el equipo donde él jugaba aquellas noches del básquet fue bautizado con el nombre de Cañeros. Su rival en un número mayor de encuentros era el elenco Yaguacines, aunque también se enfrentó a Constructores, así como a los quintetos que asistieron al campeonato nacional que tuvo precisamente a Cañeros como líder.

La porfía entre Cañeros y Yaguacines devino singular atractivo entre los jugadores, sobre todo en la persona que siempre vistió la camiseta con el número 15 y era uno de los mejores anotadores. Buena estatura, rápidas entradas al aro y efectividad en los tiros podían considerarse como las principales características del jugador Fidel Castro Ruz, pívot y capitán del conjunto.

La imparcialidad por parte de los árbitros tenía que hacerse realidad con uno y otro equipo. De lo contrario, él era el primero en alzar su voz para recriminar cualquier decisión que considerase injusta.

En cierta ocasión intentó encestar mediante jugada de ofensiva rápida, cuando Julio Guanche, uno de los silbantes, pitó una falta y él estimó que no la había cometido.

Su airada protesta duró unos minutos y visiblemente molesto, agregó: «Vamos a continuar el juego, aunque en lo adelante seamos cinco de los Cañeros contra seis de los Yaguacines».

En el resto del desafío no se produjo otro incidente, y esa noche Fidel anotó nada menos que medio centenar de puntos, producto de 19 canastas y 12 tiros libres en 14 intentos.

Los Cañeros habían vencido 99x64 (40-34) en el choque disputado el 14 de junio de 1974. De los datos estadísticos dan fe muchísimas hojas de anotación que durante años ha guardado con celo y amor Delia Amada Estévez, por ese entonces trabajadora del INDER, quien actuó como anotadora desde los primeros meses de 1967 hasta exactamente el 15 de abril de 1975.

La «Niña», como muchos le llamaban, se había vinculado al baloncesto desde los nueve años de edad y posteriormente esa unión echó raíces tras su matrimonio con Casimiro García, uno de los integrantes del conjunto que compitió en los Juegos Olímpicos de 1948, en Londres.

IV

Aquel domingo la cita era a las cinco de la tarde. El equipo Cañeros se preparaba para intervenir en el Campeonato nacional y estaba previsto un enfrentamiento con el elenco élite del país en la categoría juvenil.

El Comandante en Jefe, debido a impostergables compromisos, llegó casi dos horas después.

En la Ciudad Deportiva permanecían sus compañeros de equipo tirando balones al aro.

Mientras, los integrantes de la preselección nacional juvenil habían recibido permiso para retirarse del lugar y se aprestaban a hacerlo en breve.

Fidel se disculpó por la tardanza.

«Siempre he sido puntual. Prometo que jamás los haré esperar». Aquella fue una extensa jornada que abarcó par de juegos y se extendió hasta las primeras horas del siguiente día.

En lo sucesivo el compromiso fue cumplido.

En otra ocasión y mientras se producía el entrenamiento previo al partido el capitán de los Cañeros se interesó por la ausencia de Andrés Keisser, comisionado de baloncesto, quien formaba parte de su equipo.

De inmediato «Yoyi» García-Bango, jugador del quinteto rival, le respondió que se hallaba en Santa Clara y su interlocutor le ripostó «Lo mandaste hacia allá para que nosotros perdiéramos a un buen reboteador. Hace falta que aparezca lo más pronto posible».

Del hecho no se habló más. Transcurrieron alrededor de 20 minutos cuando sonó el pitazo del árbitro para iniciar las acciones y tras el asombro casi generalizado, casi al comenzar el segundo parcial, Keisser arribó al Coliseo, integrándose inmediatamente al conjunto que luego se llevó la victoria.

Cuando todo había concluido, uno de sus compañeros se acercó al espigado moreno y casi a boca de jarro le preguntó «Oye, ¿y tú dónde estabas metido?»

La respuesta fue como un macetazo. «¿Yo? En Santa Clara...»

V

Muchas veces el escenario fue propicio para que Fidel saludara o dialogara con delegaciones o personalidades que visitaban al país.

Incluso algún que otro convidado llegó a lanzar balones al aro y la inmensa mayoría solicitaba la posibilidad de llevarse un recuerdo gráfico.

José Llanusa, por ese entonces ministro de Educación, y activo jugador desde los primeros partidos que se realizaron en La Mariposa del ISCF Manuel Fajardo, me contó que una de esas noches invitó al famoso novelista inglés Graham Greene para que presenciara un encuentro entre Cañeros y Yaguacines.

A la hora prevista el propio Ministro acudió al lugar donde se alojaba el autor de Nuestro hombre en La Habana (1958).

Desde el momento mismo en que el prolífico novelista (1904-1991) llegó al Coliseo y estrechó la mano del Comandante en Jefe, no se le escuchó decir tan siguiera una palabra.

Por espacio aproximado de casi tres horas permaneció sentado en la misma butaca, como si intentara atrapar en la mente todo lo que sus ojos veían.

En ese lapso alguien se le acercó a preguntarle si deseaba algún refresco o un jugo y Graham, casi sin mirarlo, le hizo una señal negativa con su mano derecha.

Aquel flemático hombre había escrito su primera novela en 1929 (Historia de una cobardía). Sus obras se caracterizaban por la intensidad de los detalles y los lugares exóticos donde transcurrían.

Esa noche resultaría inolvidable para un hombre que había viajado por todo el mundo, algo que le fue cotidiano durante los últimos años de su vida, opacada para siempre el 3 de abril de 1991.

Al término de la jornada a Greene apenas le brotaron unas palabras para agradecerle a Fidel la posibilidad que había tenido esa noche. Posteriormente el silencio se extendió durante todo el trayecto del automóvil hasta el hotel donde se alojaba.

Al descender y después de un «hasta mañana» a secas, Graham Greene retornó sobre sus pasos y con una carga de emoción reflejada en las palabras, le dijo a Llanusa: «Puede usted tener la completa seguridad de que a partir de lo que he visto hoy, comprendo mucho mejor a la Revolución Cubana».

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