Percy Gómez Darma: A las milicias les debo todo

Próximo a cumplirse 50 años de la fundación de las Milicias Nacionales Revolucionarias, un oficial del pueblo brinda su testimonio a Juventud Rebelde

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Rememorar es también despertar. Se descorre el velo del tiempo para que salgan a la luz sucesos y anécdotas, para que emociones y sentimientos se adueñen del momento. Por eso conversar con el capitán de fragata (r) de la Marina de Guerra Revolucionaria, Percy Gómez Darna, es un privilegio.

Nos esperaba una mesa ataviada con fotos de los inicios de la Revolución —algunas tomadas por él mismo—, recortes de periódicos, documentos para proyectar futuros libros y una cara sonriente.

Gómez era el jefe de la Batería de Morteros de 82 milímetros del Batallón 112, una de las primeras unidades de milicias populares organizadas en noviembre de 1960.

«Desde 1948 trabajaba en la fábrica de bobinas de papel de cigarro situada en Vía Blanca y Recreo como gráfico cigarrero, sin tener un contrato legal. Con el surgimiento de los sindicatos al triunfar la Revolución, pasé a ocupar una plaza fija. Parece que los dueños pensaron: este joven rebelde me va a poner la cosa mala, pues yo era así a pesar de las advertencias de mi padre. Indiscutiblemente mis aspiraciones coincidían con las de la Revolución, y por eso no dudé en incorporarme a las milicias».

Fueron muchas las acciones en las que participó el Batallón 112. El hablar cadencioso de Percy nos condujo a la caminata de los 62 kilómetros, a la Escuela Militar de Managua, donde recibieron la instrucción necesaria, a la movilización antes y durante la invasión a Playa Girón y a la lucha contra bandidos en el Escambray.

«Cuando las compañías del batallón se trasladaron hacia las montañas del Escambray, la Batería de Morteros se quedó en la ciudad cumpliendo diferentes misiones. No estábamos ociosos. Nos ocupábamos de atender a los familiares de los combatientes que estaban en las montañas y durante las patrullas de vigilancia que hicimos detectamos muchos elementos contrarrevolucionarios que ponían petardos. Hasta dentro de un cake de cumpleaños hallamos uno.

«Un hecho importante durante nuestra estancia en la ciudad fue la captura de una radio clandestina en Altahabana, que transmitía para Radio Swan.

«También desde aquí pusimos nuestro granito de arena en obras sociales realizadas por iniciativa del jefe del batallón. Por ejemplo, gestionamos todo el equipamiento necesario para habilitar un parque infantil en la localidad de Boquerones, cuyo nombre, Emilio Martínez Palomares, es el del mártir del batallón».

—Después, la invasión a Playa Girón…

—Días antes de la invasión, estábamos en una actividad en el hotel Habana Libre, a la que asistió el Comandante en Jefe y allí nos dijo que protegiéramos bien las armas, que dentro de poco tiempo volveríamos a usarlas. ¡Qué visión la suya! En menos de 48 horas nuestra Batería partía para Santa Clara bajo las órdenes del Comandante Juan Almeida. El día 17 fui designado para dar clases de tiro de mortero a varios compañeros en el central Australia, y poco después se dio la invasión. Fueron momentos de mucha tensión, porque nos preparábamos sin saber a ciencia cierta a qué nos enfrentaríamos».

Resulta muy difícil circunscribir al teniente de las Milicias Nacionales Revolucionarias al ámbito militar solamente. Su vida estuvo siempre muy ligada al ejercicio docente en escuelas de formación de oficiales en diferentes provincias del país.

«Precisamente mientras me encontraba en la escuela de La Altura, en Cabañas, antiguamente perteneciente a Pinar del Río, me permitieron tomarme unos días de descanso. Cuando me dirigía a Matanzas con mi familia vi el movimiento de milicianos y de gente por los sucesos de la Crisis de Octubre. Regresé inmediatamente, reporté mi presencia y en ese mismo instante me nombraron jefe en la zona, para organizar las tropas en la costa.

«La mayoría era de origen campesino. Hicimos trincheras y emplazamos armas. Casi no dormíamos. Fue un momento emotivo, pero muy tenso; creo que en ese período solo me bañé nueve veces. Lo mejor fue el sentimiento de hermandad que surgió allí mismo entre todos nosotros. Los momentos difíciles proporcionan esos resultados tan positivos».

—¿Cuál ha sido el papel de las milicias desde el triunfo revolucionario?

—La visión de Fidel siempre ha sido extraordinaria. Les dijo a los que estaban en Pinar del Río bajo las órdenes de Leandro Rodríguez Malagón: si cogen al Cabo Lara* habrá milicias en Cuba. De ellos, de los Malagones, nació esta organización.

«Decir milicias es decir pueblo y esta Revolución se ha hecho desde y para el pueblo. Él estaba convencido de ello y muchos de los que acudieron al llamado, también lo estaban. Numerosos combatientes de las Milicias Nacionales Revolucionarias ingresaron a las Fuerzas Armadas.

«Y en muchas ocasiones luchamos por brindar la confianza y la seguridad necesarias. Por ejemplo en 1964, cuando el primer llamado al servicio militar, tuvimos que hablarles a las esposas y novias de todos aquellos jóvenes que engrosaban las filas para hacerles cambiar su actitud».

—¿Cuánto le agradece a su incorporación a las milicias?

—Todo. ¿Quién me diría a mí y a todos los demás que seríamos oficiales de las Fuerzas Armadas? En una ocasión, en La Cabaña, el Che nos dijo: La Revolución necesita personal de nivel para las Fuerzas Armadas. Ahora irán a una escuela que constituye un filtro fuerte, pero si lo superan, todo les quedará chiquito.

«Éramos de diferentes profesiones y sabíamos que el sueldo sería menor al que muchos teníamos, pero no importó. Yo me mudé para un sitio más pequeño y reorganicé mi vida. Mi mujer me decía que estaba loco y yo le respondía: Sí, estoy loco porque el tiempo pase y ese niño que está en la cuna no viva lo que yo viví.

«Por eso hemos sido más millonarios que si hubiéramos tenido dinero».

—¿Qué ha significado, a lo largo del tiempo, el Batallón 112?

—¿Cómo explicarlo? El Batallón fue una escuela de todo tipo. Pude ver el comportamiento de las personas en distintos momentos, en una trinchera, en una escaramuza… Sembramos la semilla de una gran familia que aún hoy se mantiene unida, a pesar de que muchos han muerto y algunos viven fuera de la capital. Por eso también existe el libro Un batallón que permanece, porque no quería morirme sin escribir su historia. Y existirán otros que den fe de nuestro aporte a esta gran obra.

«He sido protagonista y testigo del desarrollo de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias y siempre que pueda dejaré constancia de ello, como en el reciente concurso convocado por la revista Verde Olivo, en el que obtuve tercer premio con mi testimonio en la categoría de Prensa escrita», afirma Gómez, sonriente, mientras nos enseña su distinción, junto a la que le otorgaran por su participación en el Torneo Internacional de la Pesca de la Aguja.

«Después de un período de receso por cuestiones de salud, me preguntaron que dónde quería trabajar. Jamás había escuchado dentro de las Fuerzas Armadas una pregunta como esa; en la vida militar todo se basa en las órdenes. Pues al darme la oportunidad pedí estar cerca del mar. Ingresé en la Academia Naval y con 58 años me hice navegante. Me fascina eso. Representé a la Academia en 16 eventos deportivos de ese corte, hasta que me jubilé.

«Hoy no ceso de trabajar. Participo en conferencias en las escuelas, en la Asociación de Combatientes y en el barrio. Recopilo toda la información posible para escribir otros libros a modo de testimonio de cuanto se ha hecho. No me puedo dejar vencer ni por la edad ni por nada.

«Hay tantas cosas lindas que hemos vivido gracias a la Revolución. Y yo me siento muy orgulloso de haber sido un oficial del pueblo».

*Jefe de una banda contrarrevolucionaria que operó en Vueltabajo.

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