Cienfuegos, un apellido bien puesto

Eugenio Ferriol Guerra, teniente coronel jubilado de las FAR, quedó marcado para siempre por la impronta de Camilo Cienfuegos

Autores:

Dora Pérez Sáez
Margarita Barrios

«Camilo estaba en una casita de guano afuera. Yo tenía un fusil Garand, y había gastado todos los tiros. Me dijeron: “Ahí está Camilo”. Yo paso y le digo: “Mira, Camilo, me hacen falta unos proyectiles porque los tiré todos”. Y la verdad es que no se podían gastar así, porque había muy pocos. Imagínense lo que me dijo: creo que todas las malas palabras que sabía.

«Así fue como lo conocí. Era en febrero de 1958, en la zona de Joval, en la antigua provincia de Oriente. Luego vine con él en la Columna invasora, y me mantuve a sus órdenes hasta el último día de su vida».

Entre el orgullo y la añoranza, Eugenio Ferriol Guerra, teniente coronel jubilado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cuenta su relación con el Señor de la Vanguardia. En aquellos días, con apenas 19 años, decidió dejar su casa llena de pobreza en el central Bartolomé Masó, antiguo Estrada Palma, en la actual provincia de Granma, para unirse al Ejército Rebelde.

«En realidad yo me alcé dos veces. Primero en los últimos días de 1957, junto con un hermano y otro de crianza. Queríamos encontrar a Fidel, y fuimos hasta un lugar que le llaman Santo Domingo. Pero no lo logramos, y bajamos a los siete días.

«Luego me volví a alzar el 23 de febrero de 1958. Me quedé con Luis Crespo, que había venido en el Granma y era jefe de los talleres. En ese momento los rebeldes se preparaban para rechazar la ofensiva del ejército de Batista.

«Entonces yo era de “los descamisados”, porque casi no había armas, y nos tocó hacer trincheras, refugios, tirar líneas de comunicaciones… Después de los combates fuimos obteniendo armas y municiones. Se rendían rápido; cuando sentían los primeros tiros se tiraban al piso y no combatían».

—¿Cuándo se incorporó definitivamente a la tropa de Camilo?

—Estábamos descansando en un lugar que le dicen La Sierrita, cuando llegó la orden de Fidel de hacer dos columnas para mandarlas a Occidente. La de Camilo hasta Pinar del Río y la del Che hasta Santa Clara. Fue ahí cuando me escogieron.

—¿Qué responsabilidad tenía usted en la columna?

—Yo marchaba atrás, con dos más, cerrando los portillos, cuidando que no se quedara nadie, atendiendo a los enfermos, tratando de dejar pocas huellas…

—¿Cómo era Camilo como jefe militar?

—Era muy inteligente; supo traernos hasta la capital utilizando la táctica militar, sin haber pasado nunca una escuela de ese tipo. Aprendió sobre la marcha, y supo resolver los problemas.

«El objetivo era llegar a Occidente, sin tener grandes combates. Sin embargo, caímos en una emboscada, pero después se tomó un acueducto y así capturamos armas y prisioneros. Entonces él tuvo la idea de ir por el norte, para dividir las tropas, porque dondequiera había soldados, y era muy difícil caminar por el sur, junto con la columna del Che.

«A veces íbamos sin práctico, nos pasábamos tres o cuatro días sin comida, caminábamos de noche y en ocasiones nos cogía el día en lugares donde no había monte. Tuvimos que dejar gente en el camino, y otros se incorporaron.

«Llegamos a Las Villas destrozados, con los pies llenos de llagas, sin zapatos, algunos sin ropa. Dormíamos en el monte, en una hamaca y con un nailon que se nos rompía y el agua nos caía encima. Y nos golpearon dos ciclones, pero había que seguir.

«Después de la toma de Yaguajay, una de las cosas más importantes que hizo fue armar enseguida una milicia con los campesinos y trabajadores».

—Dicen que era muy sonriente.

—Sí, y también muy enamorado. Es normal, era muy joven. Tenía veintipico de años, jugaba pelota y bromeaba con nosotros. Era un muchacho de edad, pero un hombre de verdad. Su apellido de Cienfuegos estaba bien definido.

«A dos que se fajaron, los amenazó con fusilarlos y les quitó las armas, que era el peor castigo, porque eso era lo principal para el combatiente. Luego los volvió a armar. Era rígido y exigente con sus hombres, por eso hubo menos muertos».

—¿Y como persona?

—Muy sencillo. Como el campamento siempre estaba lleno de guajiros, él andaba todo el tiempo con un niño cargado. Adoraba a Fidel y a todos sus hombres, era muy humano y martiano, fundamentalmente. Cuando pasábamos por un lugar donde había una estatua de Martí, nos parábamos a cantar el Himno Nacional.

—¿Cómo recuerda los últimos días de 1958?

—Salimos en una columna para acá; cuando llegamos a Matanzas el regimiento no se había rendido. Y él solo, con dos o tres hombres, entró al cuartel y como a la hora vino y dijo que ya se había rendido. No sé cómo se las arreglaba.

«Igual pasó cuando llegamos a Columbia. Dejó la tropa en el hospital La Ceguera, y entró al campamento militar con unos cuantos. A las dos horas ya se había rendido esa unidad, que era la más grande de Batista.

«Vino y nos dijo: “Ya, arriba, entren». Y nos acomodaron en una barraca. Si los casquitos hubieran tenido por qué luchar nos cogen a nalgadas. Pero no tenían prestigio.

«Allí estuvimos un día y nos fuimos para el Hotel Habana Libre. Imagínense unos guajiros comiendo manzanas. Yo no podía dormir en los colchones esos, porque llevaba un año durmiendo en hamacas y en el piso. Pero él se ocupaba mucho de nosotros; hasta nos llevó a la sastrería El Arte, para que nos hicieran unos uniformes bonitos».

—¿Cuando él viajó a Camagüey a apresar a Hubert Matos, usted lo acompañó?

—Así es, aunque me quedé en el aeropuerto. Él, como acostumbraba hacer, se hizo acompañar por un pequeño grupo de personas.

—¿Recuerda el momento en que Camilo se perdió?

—Eso fue… todo el mundo llorando.

«Camilo siempre fue así. En un combate él se ponía de primero. Le decía a su gente que iba a romper el fuego. Nunca se quedó en el campamento. Durante la marcha caminaba de atrás hacia delante, para ver cómo venía la tropa. Y en todas las acciones que hizo arriesgaba su vida. Mira si la arriesgó que vino en una avioneta chiquitica, con mal tiempo, y eso tampoco lo acobardó».

 

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