La niña directora

«¿Es esa?», dice cualquiera al enterarse que una «niña» es la directora de una escuela primaria en un rinconcito de Cuba. Pero, cuando se le conoce, el asombro muere

Autores:

Osviel Castro Medel
Yadilis Brizuela Arias

NIQUERO, Granma.— Qué día tan difícil aquel; fue una prueba de fuego y de pecho, porque el corazón parecía reventársele en cada palabra volcada sobre el aula.

Sin embargo, ahora, después de vencer recelos y ortigas, Yaima Yanet Estévez lo recuerda como el más hermoso. «Muchos no aceptaban que una niña de 17 años les impartiera clases a muchachitos de primaria. Incluso, varios padres llegaron a decir que se oponían tajantemente a la idea», cuenta con un torrente de palabras esta chica que hoy, en sus 24 primaveras (cumplirá 25 en diciembre), se ha convertido en una de las más jóvenes directoras de escuela en toda la nación.

Yaima fue de las que respondió cuando de las aulas empezaron a escurrirse los maestros, y en el año 2000 se enroló en un curso intensivo de tres meses en Manzanillo.

El susto inicial por el primer día se disipó enseguida porque «desde chiquita jugaba y soñaba ser maestra», al decir de ella. Y el resquemor de los adultos por ver aquel capullo frente a los alumnos fue pasando poco a poco, sobre todo cuando notaron que Yaima tenía ángel no solo para enseñar sino también para educar. En la actualidad no pueden verla desde la distancia por uno de los caminos rurales de Guanito —el poblado de su cuna— sin que le griten con una querencia humilde y tierna: «Maestra, maestra, ¿y por qué ya no le da clases a mi niño?».

A veces, camino a la escuela, un señor repentista de esa comunidad de unos mil habitantes le sale al paso para regalarle un papelito salpicado de versos, los que sirven de espuelas espirituales en cualquier matutino.

Yaima, ante esas pruebas, se infla sanamente. Pero sus mayores satisfacciones germinan de la historia tejida dentro de la primaria Ulises Cantero, en la que dirige hoy a 162 niños y 34 trabajadores.

«Aquí recibí mis primeras clases cuando era niña. Mi maestra fue Ana María Peña, quien me enseñó las vocales, las letras. Lo curioso es que cuando empecé aquí como docente me tocó compartir con ella la misma aula. Fue emocionante, muy lindo.

«Y ya ven: desde hace dos cursos ¡soy su directora!, aunque yo siempre prefiero llamarla compañera. Ahora, que conozco esta profesión, que sé cuánto hizo desde los días del farol y la cartilla, la admiro mucho más, al igual que a Leonor, Acela María y otros educadores que me guiaron».

Yaima no llegó de fly a ese puesto. Siempre fue dirigente avispada y hasta participó en un Congreso Latinoamericano de Estudiantes. Y desde los inicios al frente de criaturas con uniformes se destacó por su desenvoltura y conocimientos. En el presente, después de haber sido jefa de ciclo, ya graduada y en camino de una maestría en Ciencias de la Educación, nadie la mira con reserva.

«He comprendido que dirigir exige ganarse el respeto de tus compañeros, de los padres y de la comunidad. Requiere mano firme, pero también comprensión, humanismo y sobre todo dedicación. Yo descanso poco, porque desde bien temprano ando detrás de cada detallito de la escuela, pero aparte de eso visito clases, doy orientaciones, asisto a reuniones y no dejo de estudiar ningún día. El maestro que no estudie es un maestro perdido», dice esta joven, hija de Antía Martínez Ballester, la mujer que ha sido brújula y puente en su vida.

«Ella me ayuda a tomar decisiones, colabora conmigo en la escuela, en los trabajos voluntarios, es quien me pone el hombro cuando tengo que llorar, porque eso me ha pasado.

«Y mientras otros padres les dicen a sus hijos que no sean maestros, mi mamá me ha expresado todo lo contrario. Creo que una de las razones que ha contribuido a que muchos jóvenes desechen el magisterio es la influencia familiar, aunque también hay otras causas. Hoy estoy feliz por no haber defraudado a mi mamá, por haber escogido esta carrera. Es cierto que reclama mucho sacrificio, pero no hay nada más bello que sentirse necesario para otros, que saberse útil».

Para ella, la profesión la ha hecho más patriota, más responsable y la ha obligado a crecerse y mirarse diariamente en el espejo de la conciencia. «Hay que ser ejemplo todo el tiempo, para los niños y los demás. Es lo primero», señala.

Yaima, quien es dirigente también de la FMC y participó como delegada en el último Congreso de esa organización, se autodefine como una persona osada, que no cree en imposibles. «Tengo valor para decir lo que siento y lo que pienso», apunta en su autorretrato.

Reconoce no asustarse por ser una directora tan joven. «Varios de mis compañeros de aula son jefes de ciclo. Incluso uno, Eleodanis Amaya, es metodólogo integral en el municipio de Niquero. Eso prueba que con los jóvenes se puede contar».

Confiesa que cuando llega a un aula y falta un niño «siento un dolor tremendo; rápido salgo a buscarlo, tiene que estar hospitalizado o muy bien justificado para no traerlo».

Y vive feliz cuando están todos, cuando le hacen preguntas ocurrentes o ingenuas, cuando le quitan el nombre para llamarla como si estuviera en una clase encantada. «Es precioso estar en el alma de los niños», dice mientras su sonrisa parece disiparse entre las casitas coloridas y la verdura espesa de Guanito.

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