Pasión por enseñar

Profesores de diversas generaciones se unen para llevar adelante un novedoso proceso educativo que pretende formar a un joven integral

Autor:

Margarita Barrios

Son las nueve de la mañana y acaban de comenzar las clases. Mientras la directora trata de atenderme, una mamá le dice que el niño vino a clases, pero todavía no está bien del estómago. A mi alrededor un grupo de muchachos, escoba en mano, ordenan las áreas exteriores.

Al llegar a la dirección del centro el teléfono suena una y otra vez. Entra apurada la profe de Computación, mouse en mano. Este no funciona —dice, mientras lo cambia por otro.  Entonces aparece un pequeño que alega que es su cumpleaños y quiere salir «un poco antes».

En fin, paciencia, eso es lo cotidiano en un centro escolar. Al fin nos sentamos para conversar con algunos de los profesores.

«Me gusta mucho mi trabajo. Me jubilé, después de 42 años de labor, y sigo aquí. Es cierto que ser maestro es muy sacrificado; hay que dedicarle muchas horas y prepararse constantemente; es necesario sentir pasión por enseñar».

La conversación se inicia con Eulalia Espinosa León, profesora de séptimo grado de la escuela secundaria básica José Miguel Pérez, del capitalino municipio de Plaza de la Revolución, donde 28 profesores de diversas edades y especialidades luchan porque sus más de 400 estudiantes sean hombres y mujeres formados integralmente.

«Ser maestro requiere de mucha responsabilidad, porque no puedes pararte en el aula y hacer un “mal papel”, y que los muchachos “se te vayan por encima”.

«¿Sacrificios?, muchos. Hoy mismo me levanté a las cinco de la mañana para prepararles un repaso a partir de las dificultades que presentaron en el último trabajo de control. Pero también tiene sus satisfacciones, cuando te encuentras a alguien que fue tu alumno y te recuerda con respeto y cariño. Ves el fruto del esfuerzo».

Por su experiencia —Eulalia lleva casi 30 años en Secundaria, como especialista en Español-Literatura— tiene su propio «librito».

«El programa de Español es buenísimo, y las videoclases excelentes. A los muchachos les gustan, pero aunque la materia es muy completa, no es suficiente; el maestro en el aula tiene que reforzar, porque ellos pueden tener alguna duda y el video no se la puede contestar».

—La nueva evaluación hace énfasis en la ortografía...

—El único mecanismo que resuelve realmente el problema ortográfico es la lectura, cuando miras la palabra y la interpretas en el texto. Si haces un dictado o pones palabras en la pizarra, luego les pides que las repitan diez veces, y cuando vas a comprobar, están los errores igual. La buena ortografía se logra con la lectura, que también es vital para tener buena gramática y expresión oral.

—¿Cómo logra crear hábito de lectura en sus alumnos?

—Lo primero es el ejemplo personal. Les comento lo que estoy leyendo e intercambiamos criterios sobre el tema. Todos mis alumnos tienen ya Corazón, El Principito y La Edad de Oro, que son indispensables, y un diccionario para investigar, conocer, buscar… En la escuela se han hecho ferias del libro y yo los he estimulado a que los compren.

«Con ese método siempre he logrado avances con mis alumnos. Ahora estoy muy contenta. Hay que ver en la prueba de Español que les hicimos recientemente como han mejorado, porque ya están leyendo».

«El mejor consejo que le puedo dar a un profesor joven, y no joven, es que lea, una lectura diaria, y no solo lo imprescindible, que lo hagan por placer».

La práctica hace al maestro

Yusnier y Reynaldo son jóvenes PGI. Ambos de la provincia Granma, forman parte del contingente de maestros que apoyan la educación en la capital ante el déficit de docentes.

Los dos recuerdan los primeros días en el aula como difíciles. La preparación de un año no era suficiente para enfrentarse a los alumnos, y sentían inseguridad para regir el proceso docente.

«Ya no somos tan emergentes», afirma Reynaldo Amaya Arias, quien imparte el octavo grado y terminó el curso pasado su licenciatura en Profesor General Integral. «La práctica hace al maestro, y luego de cuatro años frente al aula he mejorado mis métodos pedagógicos para llegar a los muchachos.

«Me gusta ser maestro; es agradable ver cuando uno imparte una clase y ellos captan ese contenido; eso te da energía para seguir».

Yusnier Jerez Álvarez está cursando el cuarto año de la licenciatura en PGI e imparte el séptimo grado. «Voy tres veces a la semana a la sede, y tengo un tutor que me ayuda metodológicamente para preparar las clases. Ahora tengo más tiempo para estudiar y todos en la escuela me apoyan. Así estoy saliendo adelante».

A la pregunta de porqué escogieron el magisterio, Yunier recuerda que no pensaba ser maestro, sino estudiar Cultura Física. «Estaba en el Curso de Superación Integral y luego me fui al servicio militar. Cuando llegaron las carreras, la de PGI fue la que más me motivó, y no me arrepiento».

Por su parte, Reynaldo piensa seguir superándose y dentro de dos años comenzar su maestría. «Si queremos ser buenos maestros hay que seguir el ejemplo de los alfabetizadores; lo nuestro es fácil, al lado de lo que hicieron ellos. Solo hay que tener voluntad y deseo de hacer las cosas».

El amor todo lo puede

«No hay actividad de un docente que no lleve amor; cuando se le pone amor, todo brota». Ese es el consejo de Andrea Soto Gómez para los más jóvenes, luego de casi 30 años vinculada al sector.

«Me había ido a trabajar a la microbrigada para hacer mi casa, y al llamado del Partido regresé y aquí estoy, impartiendo el octavo grado».

—¿Qué opinión tiene de los jóvenes maestros?

—Antes de conocerlos me sentía orgullosa de esos muchachos, que siendo tan jovencitos asumían una responsabilidad tan grande. Ellos cuentan conmigo, y yo trato de explicarles lo que sé. Pero la relación es recíproca, porque yo también aprendo. La experiencia es siempre la experiencia; sin embargo trabajar entre jóvenes hace que uno se sienta como ellos.

«Me gusta este nuevo proyecto de la secundaria básica. Pienso que se han rescatado muchos valores en educación y estoy muy motivada. Aquí está el futuro de nuestra sociedad, y ayudando a formarlos doy mi granito de arena».

Vida dedicada a la enseñanza

Celia León Vega tiene 30 años de experiencia en el magisterio. Comenzó a los 18, cuando se graduó de maestra primaria; luego se hizo profesora de secundaria básica y más tarde licenciada en Biología, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. «Es una vida dedicada a la enseñanza, de lo cual me siento orgullosa y realizada; tanto es así que en los días más difíciles que ha pasado el sector me he mantenido, y pienso seguir hasta el final de mi vida laboral».

—Hace tres años que dirige este centro. ¿Qué le ha aportado?

—He ganado mucho en profesionalidad, en conocimientos, en el trato con las personas, con los adolescentes. Para ello me ayudó mucho la Maestría en Ciencias de la Educación que acabo de terminar.

—¿Cuáles son los principales problemas que afrontas?

—Prácticamente todos los años hay transformaciones que debemos implementar, y tengo que guiar para ello a varias generaciones, que merecen un trato diferenciado.

—Entre los cambios está el trabajo con la Historia de Cuba…

—En la Secundaria Básica solo se daba esa asignatura en noveno grado. Creo que es muy bueno incluirla en todos los años, porque lo primero que debe conocer un joven es la historia de su país.

—También hay un proceso evaluativo nuevo.

—Pienso que es muy favorable. El alumno se está esforzando más, está sensibilizado con la importancia de estudiar para aprender. Además nos estábamos olvidando de las faltas de ortografía; exigir que se escriba bien es importante.

«Hay que añadir que este nuevo sistema evaluativo tiene un rigor en la disciplina, en parámetros como la asistencia, el uso correcto del uniforme, las relaciones humanas. Eso los obliga a ser cada día mejores. Luchamos por un alumno integral, y para lograrlo tenemos que combinar lo instructivo con lo educativo».

—¿Cómo es la relación con los padres?

—Al principio es difícil, porque no conocen el sistema que cambia de la Primaria a la Secundaria. Te dicen: «mi hijo era de cien, ¿cómo ha bajado tanto?». Y es que hay otro rigor.

«Pero nos reunimos con ellos, les explicamos y vamos ganando un espacio. Puedo decirte, por ejemplo, que en la reunión de padres de septiembre tuvimos varios planteamientos; ahora ya están todos de acuerdo».

—¿Se siente optimista con este nuevo modelo?

—Es mejor, y se va perfeccionando cada día. Es un proceso; pienso que irá mejorando y obtendremos un niño en noveno grado preparado en todas las aristas de la vida.

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