La cultura, una energía creativa

Intervención del Presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, Miguel Barnet, en el XII Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización, efectuado del 1ro. al 5 de marzo

Autor:

Juventud Rebelde

La cultura es la más rica construcción del espíritu y la mente del hombre. Lejos ya del homo-ludens, somos, al menos esa ilusión nos hacemos, el homo-sapiens. Y ya que estamos hablando de globalización, aunque no hemos cambiado lo suficiente, no somos ya el chimpancé ni la cucaracha, que vivían del instinto natural y no del pensamiento.

Creo que encuentros de este tipo deben servir para mejorar nuestra condición humana. La Cultura, vista antropológicamente, es un fenómeno integral que produce bienes espirituales y materiales. Como afirmó el polígrafo cubano Fernando Ortiz, no es un lujo, ni un ornamento sino una necesidad, una energía creativa. La Cultura otorga seguridad, equilibrio y garantiza la salvaguarda de la memoria histórica. Y en su visión más proteica y sólida, es un valor permanente que una vez asimilado y aprehendido constituye una fuerza indestructible ante cualquier amenaza. Es forja de la identidad que una vez asimilada es inamovible.

La economía, en dependencia de circunstancias históricas, está en permanente cambio y fluctúa según la brújula de los poderes hegemónicos y mediáticos. La asunción de la cultura es la más poderosa herramienta que poseemos para afrontar la pujanza colonialista que mixtifica los valores prístinos del ser humano.

La cultura es la más alta expresión de la economía y la política. Se habla ahora más que nunca de diversidad cultural, multiculturalismo, plurilingüismo, y de la necesidad de entender al otro. ¿Son estas simples abstracciones teóricas o estamos pensando en serio y no con un criterio simplista, maniqueo o demagógico?

Creo que por primera vez estamos volviendo a la introspección, al análisis y a la exploración psíquica que propugnaba la generación beat de los años 50, a una búsqueda real de los más caros valores espirituales, a un cambio de perspectivas; que nos desaliene y nos devuelva la fe en nosotros mismos y en nuestras potencialidades individuales.

Este debe ser el siglo de la cultura o sencillamente no será. Creo que por vez primera, en muchos años, el llamado mundo civilizado de occidente se ha pegado el gran susto, y el sacudón tendrá que valer de algo. ¿Qué vamos a hacer para salvarnos, para mejorar nuestra condición humana, para vivir en paz y armonía con nuestros congéneres? ¿Tendremos que volver a beber de las fuentes originales, a ordeñar la vaca quizá? ¿Solo con una visión cultural basada en parámetros justos podremos llegar al final de la meta? Mientras tanto, como el perro y el gato, enfundados en guantes de seda nos sacaremos los ojos, nos seguiremos devorando en silencio con consideraciones falsas y prepotentes, con actitudes soberbias que solo conducen a la obtusidad, con prejuicios enraizados y ceguera mental.

Defensa de la cultura del otro, asimilación y no tolerancia, que es una mala palabra que debe abolirse de los diccionarios. Unidad que lleve a la diversidad y no a la anarquía, al autoritarismo y a la tiranía, como expresó Pascal. Enarbolar una superioridad tecnológica, económica o política es tan grave como enarbolar valores medievales enmascarados en una espiritualidad fundamentalista y oscurantista.

El nudo gordiano de la filosofía occidental radica en no haberse planteado la comprensión profunda del otro. Solo la antropología es capaz de iluminarnos en este sentido. Que el multiculturalismo sea fuente de riqueza y no pasto de un racionalismo estéril. Multiculturalismo que establezca una interacción cultural y no un freno para la capacidad crea-tiva del ser humano. Multiculturalismo que conciba la identidad como un proceso progresivo y no como un fenómeno estático. Multiculturalismo en fin, como un yelmo frente a la ofensiva uniformizante de la globalización.

Se trata de crear un humanismo real que no se convierta en abstracción teórica, sino en mecanismo puesto en práctica en todos los órdenes de la sociedad, tanto en los derechos políticos como en los sociales y económicos. Un humanismo, durable y para todos. Un humanismo, repito, integrador, que honre esa expresión poética de meridiana transparencia que dejó para la historia José Martí cuando afirmó: Patria es humanidad.

La antropología social es hoy tan útil al ser humano como la Medicina, porque cura o aspira a curar las llamadas diferencias y los prejuicios. Y curar un prejuicio es más difícil que curar una enfermedad maligna. En una ocasión Einstein llegó a decir que era más fácil descomponer un átomo que curar un prejuicio. ¿Qué ocurrirá cuando los pueblos africanos y asiáticos emprendan la batalla científica por estudiar a fondo las contradicciones de occidente? ¿No nos mirarán con extrañeza? ¿No pensarán muchos pueblos llamados primitivos que somos una masa lunática, egocéntrica y aberrada, inmersa en una neurosis incurable? ¿Qué ha hecho occidente para desenajenarse de la obsesión del dinero?

La última palabra la dictará el tiempo. Pero para que el tiempo se haga realidad, habrá que contar con la profunda razón del otro, sin paternalismo que enturbie la mirada, sin prejuicios absurdos que nos retrotraigan a la Edad de Piedra, sino con un análisis que haga realidad aquella reflexión filosófica de la que Shakespeare, Borges o Rimbaud se apropiaron y que seguramente data de cuando el hombre se miró fijamente hacia dentro por primera vez y se dijo: Yo soy el otro.

Estamos aquí hablando de globalización y economía y la economía es una antigua forma de la Cultura. Por lo tanto, debe considerar al otro. Debe prevalecer en este planeta convulso una economía del intercambio y la solidaridad que pueda crear un balance justo. Debe basarse en principios y no en intereses espúreos y mezquinos, debe condenar toda forma de incultura y de barbarie.

El emperador de Córcega que le arrebató al Papa la corona de las manos para colocársela él, afirmó en una ocasión que la guerra se ganaba con dinero, dinero y más dinero. Se equivocó el soberbio emperador, como se equivocan los emperadores contemporáneos, porque Waterloo se perdió no por falta de dinero sino por falta de principios, de valores identitarios, como se perdió Vietnam y como se perderá indefectiblemente Afganistán.

Pongamos el dinero a globalizar los eternos valores del espíritu, los valores de la dignidad y la fraternidad que son los valores de la cultura. Que no se inviertan más presupuestos millonarios en guerras de rapiña, en pruebas nucleares subterráneas y submarinas, que están provocando la destrucción del planeta con sismos terribles y fenómenos meteorológicos desconocidos. Salvemos a la humanidad del ocio estéril, de la banalidad, de la violencia, del abuso sexual, de la discriminación racial y religiosa. Despertemos a la Cultura, que es la única patria de todos y que es lo único que sirve para alimentar la vida y el pan nuestro de cada día. Cerremos filas por el equilibrio del mundo. No defraudemos las expectativas de las generaciones que nos siguen. Somos responsables del más humano y justo sentido de la vida. No perdamos el tiempo. El futuro es ya el presente.

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