Con los grados bien puestos

En suelo cienfueguero, hace 135 años, cayó en combate el joven norteamericano Henry Reeve, «el Inglesito», quien ofrendó tempranamente su genio militar a una tierra adoptiva a la que amó como si fuera suya

Autores:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández
Litzie Álvarez Santana

YAGUARAMAS, Abreus, Cienfuegos.— Cuentan que sus heridas pusieron bien perturbados a los que capturaron su cuerpo. Aquella lesión abierta y enorme en la ingle llegó a conmover profundamente.

Impresionaba el disparo en la sien, como símbolo del valor y el decoro militar, los tiros de la ejecución fallida en la caja torácica, y la marca de otras tantas magulladuras. Pero sobre todo la pierna, la pierna deshecha, atada con cueros y varillas de metal, que sostenía a aquel nuevo batallador de la antigüedad en su concepto.

Así rememoraba, con verbo exaltado y una profunda elocuencia, hace ya una década, el Doctor Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad de La Habana, el genio militar, la intrepidez y la bravura de aquel hijo de la norteamericana barriada neoyorquina de Brooklyn, que en plena juventud surcó las aguas del Atlántico para fecundar con aires libertarios la gesta emancipadora del 68.

De Henry Mike Reeve Carrol, «el Inglesito» o «Enrique el americano», como también se le conoció por su procedencia, se dice que su valentía podía compararse con la del legendario emperador romano Julio César. Por ello recibió bien temprano un rifle después de su llegada a Cuba, en cuyos campos creció como un hombre de armas y en la que entregó su vida con tan solo 26 años y más de 400 acciones militares, el 4 de agosto de 1876, justo cuando comandaba la extrema vanguardia invasora del Ejército Libertador hacia el Occidente de la Isla.

De expedicionario a mambí

A las costas de Nipe, por el nororiente del archipiélago, llegó el joven Reeve el 11 de mayo de 1869, siete meses después de iniciada la contienda libertaria de La Demajagua. Venía movido por un sentimiento solidario hacia Cuba.

Poco después de su desembarco en tierras cubanas, aquel mozalbete neoyorquino recibió un bautizo de fuego en el que fue hecho prisionero por las tropas españolas. Fue fusilado, pero poco después se levantó malherido de entre los cuerpos ensangrentados de sus compañeros muertos.

Herido con cuatro disparos logró avanzar hasta ser encontrado por unos hombres con los cuales no podía comunicarse ya que no hablaba el español. Eran mambises del campamento de Luis Figueredo, quien estaba bajo las órdenes de Ignacio Agramonte y Loynaz.

Con razón, el historiador Gilberto Toste Ballart, en su obra biográfica sobre el Inglesito, refiere que en aquella acción desapareció el expedicionario y nació el mambí, aquel internacionalista irredento que conquistaría honores en un suelo insular al que adoptó febrilmente para defenderlo como si fuera suyo.

Más que merecidos

En las anchas planicies del Camagüey, bajo la égida guerrera del Mayor, de quien llegó a ser uno de los principales ayudantes de campo, fue donde Enrique el americano inició sus primeras acciones independistas, secundado por la bravura de la proverbial caballería de esa región, en la que pudo reafirmarse, apenas incorporado, como un diestro jinete.

Su intrepidez en el combate, combinada con su osadía infatigable para los momentos más difíciles, lo destacó desde bien temprano. Su quehacer también resultó protagónico en el decisivo rescate del brigadier Julio Sanguily, así como en otras temerarias acciones, en las que por su arrojo y espíritu de lucha se hizo acreedor del respeto y la confianza dentro de la mambisada.

Con velocidad ascendió los grados militares, hasta alcanzar el de general de brigada, algo que causaba honda admiración al juzgar su frágil complexión, su rostro imberbe y su evidente inexperiencia.

En ocasión del 125 aniversario de la muerte de Reeve, Eusebio Leal Spengler contó que Máximo Gómez, al verlo tan delgado y esbelto, llevando en el hombro el valor de capitán, le preguntó a su jefe: ¿Es que no pesarán demasiado los grados en ese joven? Pero luego, al observarlo tan soberbio y sereno, con la audacia que lo caracterizaba, en una carga de caballería, el Generalísimo supo que aquellos honores eran más que merecidos, pues sobre él llegó a apuntar: «Reeve es un carácter puramente militar, une a un valor probado, una rectitud y seriedad poco comunes en su modo de mando. De ahí que sus soldados le quieren como un padre».

Sobre la boca de un cañon

Lanzado a caballo sobre la boca de un cañón, como dijera Gómez, quien asumió el mando del Camagüey tras la caída de Agramonte y fuera su segundo jefe, Henry Reeve libró su histórico combate de Santa Cruz del Sur, el 28 de septiembre de 1873, en el que recibiría profundas lesiones.

Una de aquellas heridas le inutilizó la pierna derecha para siempre, y lo llevó al hospital durante 1873 y parte de 1874. Por ello, ya no podría montar más a horcajadas sobre su caballo. Fue entonces cuando se mandó a hacer unos arneses especiales para amarrarse fuertemente a la silla y así volver a dirigir a sus hombres en las cargas contra los españoles.

Una vez restablecido en la manigua, asumió el mando de Camagüey.

Junto a Maceo y Gómez macheteó duro, comisionado para llevar la guerra a Occidente, al ser nombrado jefe de la vanguardia mambisa. En apenas seis meses asaltó y quemó más de 50 ingenios y destruyó no pocos bienes con los que los españoles sufragaban los gastos de la guerra.

Cuando Reeve desplegaba una importante campaña entre los territorios de Colón y Cienfuegos, en agosto de 1876, supo que en las cercanías del poblado de Yaguaramas estaba el enemigo. Con la impetuosidad que lo distinguía, el brigadier Reeve salió a su encuentro y cargó al frente de su tropa.

Recogió Gómez en su parte de guerra que las dos fuerzas se enfrascaron en un combate cuerpo a cuerpo. Gravemente herido, furioso y con el machete agitado, Reeve volvió de nuevo al ataque. Ordenó la retirada, que cubrió temerariamente con solo 15 de los suyos. Su caballo cayó muerto. Cuando su ayudante le ofreció otra cabalgadura, lo conminó: «Retírese, que lo van a matar».

En ese instante otro balazo lo impactó en el hombro. Con el machete en la diestra, y el revólver en la zurda, siguió luchando. Y ya al quedarle solo una bala, ante la posibilidad de quedar envuelto por las filas adversarias, se disparó en la sien derecha.

Muestra de la lealtad y la gratitud de los mambises, tras su caída en suelo cienfueguero, un grupo de patriotas cubanos, conmocionados por lo acontecido, le escribieron una sentida carta a la madre del Inglesito, en la que se rememoraba su llegada a Cuba: «pisó estas playas, joven y fogoso legionario de la libertad, sin más títulos que su ardoroso entusiasmo y su firmísima resolución de luchar por la independencia de Cuba, a la que desde entonces adoptó y amó como su Patria».

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