Viaje a los recuerdos

El 1ro. de septiembre de 1971 abrió sus puertas en Las Tunas el primer preuniversitario en la provincia. Previo a ese suceso, los alumnos que vencían la secundaria básica debían matricular en centros de otras provincias para continuar estudios

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— La enseñanza preuniversitaria tunera cumple cuatro décadas. Fue el 1ro. de septiembre de 1971 cuando abrió sus puertas aquí el llamado bachillerato. Previo a ese suceso, los alumnos que vencían la secundaria básica debían matricular en centros de otras provincias para poder continuar estudios.

Una precisión: antes de 1959 existían en la ciudad dos colegios privados con franquicias para formar bachilleres. Las clases corrían a cargo de profesores locales. Al finalizar cada ciclo, los muchachos —muy pocos, y todos provenientes de familias acomodadas— debían viajar a Holguín, en cuya sede académica se les sometía a exámenes.

Fue el comandante Faure Chomón Mediavilla, primer secretario del Partido en el por entonces territorio Tunas-Puerto Padre, quien le dio calor a la idea de poner a funcionar un instituto preuniversitario. «Aquí no hay personal docente preparado para eso», objetaron los detractores de la iniciativa. Y él, decidido, les replicó: «Lo hay. Y si no aparece, tomamos la tiza nosotros».

Pero no era miel sobre hojuelas. Gilberto Ávila, a la sazón educador del Comité Territorial del Partido, tuvo que discutir con las autoridades de Educación de la provincia de Oriente, negadas a la apertura del centro. Alegaban que, según las normas, un pre debía abrir con 240 alumnos, y el previsto para Las Tunas apenas llegaba a 90. Tampoco había presupuesto asignado. Finalmente, autorizaron.

Nelba Rosario Peña, educadora que dedicó 37 años a la enseñanza, conoce a fondo el proyecto porque estuvo entre las primeras personas que lo acogieron y valoraron. A ella le correspondió no solo fundar, sino también dirigir por una década la encomienda, que abriría para Las Tunas prometedoras perspectivas de desarrollo.

«La idea comenzó en agosto de 1971 —recuerda—. Estábamos aún de vacaciones cuando un grupo de profesores de diferentes escuelas y asignaturas fuimos citados a la Dirección Territorial de Educación. ¿Razones? Conocer nuestra disposición para integrar el claustro de un instituto preuniversitario que se pensaba abrir. A pesar de que ninguno había impartido clases en esa enseñanza, todos dijimos que sí».

«El 1ro. de septiembre comenzamos el curso. Solo con onceno grado, pues cuando aquello la secundaria era hasta el décimo y el preuniversitario hasta el decimotercero. Trabajábamos en lo que es hoy el Museo Provincial. Además de los de la ciudad, teníamos alumnos de Puerto Padre, Menéndez, Amancio, Jobabo, Manatí… Estaban en calidad de becados en la secundaria Jesús Suárez Gayol. Una guagua los llevaba y los traía a cada sesión de clases.

«El día inaugural, el subdirector de Educación me llamó y me dijo: “Nelba, prepárate, que vas a ser la subdirectora docente”. Imagínese, ¡y yo sin experiencia en la enseñanza! Como el director nombrado nunca asumió el cargo, alterné la subdirección con la dirección hasta que me nombraron directora dos o tres meses después».

Ella habla de que apenas tenía 30 años de edad. Su claustro era también joven. Como su pre carecía de nombre, hicieron una consulta entre los estudiantes y les presentaron varias opciones de figuras relevantes de la historia nacional y local. Ellos optaron por el nombre de Luis Urquiza Jorge, joven revolucionario muerto en un accidente.

«Estrechamos la relación de la escuela con la familia del mártir —asegura—. Sus miembros participaban con nosotros en actividades. Incluso Carlos Tamayo, alumno de aquel grupo y hoy presidente de la UNEAC en Las Tunas, montaba cada año exposiciones con prendas de vestir y objetos personales de Luis Urquiza Jorge que la misma familia del muchacho nos facilitó. El alumnado conocía en detalle su biografía.

«La organización estudiantil desempeñó un importante rol

—añade—. Se insertó en nuestros proyectos y ayudó a concretarlos. Recuerdo que el primer presidente de la FEEM del pre fue Rafael Hernández Hidalgo, hoy directivo de ETECSA. Estuvo con nosotros durante tres cursos y siempre fue reelegido. Se agenció el primer expediente de su grupo».

La primera graduación se efectuó en el Teatro Tunas, en 1974. Para entonces ya el centro contaba con estudiantes de otros grados.

«La explosión de matrícula fue tal que el antiguo Ayuntamiento nos quedó pequeño. Así que nos autorizaron a utilizar la parte posterior del edificio, donde hoy radica la Dirección Provincial de Cultura. Pero ni así resolvimos el problema. Decidimos que los estudiantes del decimotercer grado recibieran sus clases de noche. Para entonces había disminuido la cantidad de becados, pues se había fundado el preuniversitario Alejo Tomás, en Puerto Padre.

«Por esa época la dirección del Partido se planteó la necesidad de constituir una filial universitaria que formara profesionales en el territorio tunero. Se resolvió entregar para ese propósito nuestro local del antiguo Ayuntamiento. Así, nos trasladamos para la secundaria básica Jesús Suárez Gayol. Allí estuvimos dos cursos. Las condiciones no eran las mejores. ¡Y de nuevo la mudanza!».

Esta vez el preuniversitario fue a parar, con su parafernalia de profesores, archivos, equipamiento y alumnos, a las instalaciones donde funciona actualmente el Politécnico de Economía, próximas al estadio Ángel López. Tenía mejores condiciones. Pero la filial universitaria no paraba de crecer… ¡y necesitaba aquel local!

«Un día Chomón me dijo que en la ciudad se estaban construyendo dos secundarias —recuerda—. Me animó a que visitara los locales y me decidiera por uno para que fuera nuestro pre en el próximo curso. Junto a otros compañeros, visité primero la de Buena Vista, que es ahora la ESBU Carlos Baliño. Pero no me entusiasmó. Fui a la otra, donde está hoy el IPVCE Luis Urquiza Jorge, y quedé fascinada. “¡Es esta!”, exclamé».

Pero Nelba no contaba con la opinión de los vecinos. Cuando se enteraron de que su secundaria ya no sería tal, sino preuniversitario, comenzaron a protestar. Hubo que crear comisiones para visitar a los inconformes y convencerlos de la necesidad de la decisión. Al final salieron ganando, porque después les construyeron la secundaria Vicente García… además del preuniversitario.

«El lugar me encantó desde la primera ojeada, como ocurre con los amores a primera vista —acota Nelba—. Estaba en lo alto y, como suelo ser muy soñadora, me imaginé la escuela con una escalinata y los estudiantes subiendo como en la Universidad de La Habana. Hice algunas sugerencias constructivas y me las aceptaron. Además, su ubicación a la entrada de la ciudad favorecía mucho el urbanismo de la zona. Así fue como nació el actual IPVCE Luis Urquiza Jorge.

«Vivo orgullosa de aquella etapa, a la que dediqué diez años

—dice—. Fue la mejor de mi vida profesional. Con un claustro competente en lo académico. Pero también exigente en la creación de valores en los educandos, como puntualidad, patriotismo, honestidad, disciplina, colectivismo… En aquel primer curso nadie cobró un centavo. Lo trabajamos de forma voluntaria. El germen de la enseñanza preuniversitaria tunera fue aquel inolvidable grupo de profesores y alumnos».

Añade que el colectivo estudiantil del Luis Urquiza Jorge resultó siempre un paradigma de participación en actividades de la más heterogénea naturaleza. Tenían grupos musicales, elencos de teatro, equipos deportivos… Tomaban parte en festivales, movilizaciones y actos con un frenesí desbordante. Y en cuanto al rendimiento, sus resultados eran de primer nivel. Tenían fama de estar bien preparados.

«Cada año los directores de pre teníamos una reunión con los rectores de las universidades. Ellos siempre nos decían que los egresados del Urquiza nunca tenían problemas.

«Incluso algunos muchachos llegaron a impartir clases a sus compañeros —acota—. Como Carlos Tamayo, monitor de Español y Literatura. Cuando enfermó el profesor Barciela, antiguo docente de una de las academias privadas, quien trabajó con nosotros, iba en sesión contraria a ver al convaleciente para recibir sus orientaciones y que nadie quedara sin recibir la docencia.

«En el cuidado de la propiedad social no tenían contendientes

—atestigua—. Al preuniversitario llegaban los inspectores nacionales y me preguntaban que si el mobiliario escolar era nuevo. Les decía que no. Se admiraban de no encontrar un rayón ni un escrito en los pupitres. Teníamos un trabajo muy serio en eso. El cumplimiento del reglamento era estricto. ¡Yo hasta bajé falsos de faldas muy cortas y mandé a rectificar pelados mal hechos. Ellos ahora lo agradecen.

«Recuerdo la actividad que hicieron los alumnos de aquel primer curso cuando el preuniversitario cumplió 30 años de fundado —prosigue—. Vinieron de todas partes de Cuba. Incluso, hasta algunos radicados en el exterior. Pernoctaron en las casas de sus compañeros y financiaron de sus bolsillos los encuentros. Fue en la sede de la Asociación de Economistas. Se abrazaban, se contaban historias, brindaban… Y en eso comenzó a caer un aguacero. ¿Y qué crees que hicieron? ¡Pues bailar bajo la lluvia, contentos y felices! Hembras y varones, hermanados como en los mejores tiempos del pre. Me regalaron un libro firmado por todos con esta dedicatoria: «Para nuestra directora de siempre».

Nelba revisa un folio de mensajes electrónicos recibidos de diversas partes. Son de ex alumnos del pre que ella acunó e hizo crecer. De pronto me pregunta. «¿Me publicarías un breve texto dirigido a ellos y a quienes me acompañaron?». Le digo que sí. Y entonces me dicta:

«Mis afectos a los ex alumnos del Instituto Preuniversitario Luis Urquiza Jorge. Siempre he sentido el orgullo de haber participado en la formación de sus vidas. De igual forma, mi agradecimiento a los docentes y trabajadores que me acompañaron durante aquellos diez años en que laboramos juntos. Les aseguro que nunca los olvidaré».

Los tuneros tampoco la olvidan, Nelba Rosario Peña.

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