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De los muertos que crecen y se agrandan

Pablo de la Torriente Brau fue mucho más grande en la muerte que en la vida. Así lo decía su hermana Ruth. El joven revolucionario cayó en combate el 19 de diciembre de 1936 en Majadahonda, España, hace 75 años

Autor:

Luis Hernández Serrano

Con solo nueve años, Pablo de la Torriente Brau escribió en el periódico del colegio de su papá, en Santiago de Cuba, que cuando él fuera grande iba a ir a Puerto Rico con una escuadra de barcos a sacar a los «americanos» de la isla. Ese fue su primer trabajo periodístico, según contara su hermana Ruth hace 11 años.

Ella entonces nos confesó que Pablo era inmenso, «pero fue mucho más grande en la muerte que en la vida». Y que aunque nació en Puerto Rico, el 12 de diciembre de 1901, y hasta los ocho años vivió allí y en tierra española, decía en broma que cuando muriera no sabía qué iba a ser de su espíritu, pues lo reclamarían de Puerto Rico, de España y de Cuba.

Lo encontraron con un balazo en el corazón, la mano derecha en el pecho y en la izquierda papeles apretados. El poeta español Miguel Hernández dijo de Pablo: «Es uno de los muertos más serenos que he visto, parecía que no le hubiera pasado nada». Y en sus versos, sentenció: «Ante Pablo los días se abstienen y no andan. / No temáis que se extinga su sangre sin objeto, / porque este es de los muertos que crecen y se agrandan, / aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto».

Poco tiempo antes de caer en combate contra el fascismo, hace 75 años, en su última carta-crónica a la revista New Masses, órgano principal de la izquierda cultural estadounidense neoyorquina, dejaría plasmada una cruda descripción de la epopeya antifascista en España.

«Estos canallas están asesinando más mujeres y niños en Madrid que hombres en el frente. En el populoso barrio obrero de Cuatro Caminos sus bombas hicieron añicos los tranvías llenos de gente».

El autor de Cuentos de Batey, Tierra o Sangre, Realengo 18, Presidio Modelo, Aventuras del soldado desconocido cubano y Peleando con los milicianos, en su último reporte a la referida revista, aclara: «Ahora que soy “autoridad” en estos contornos, cuando me escriban, agreguen las palabras “Comisario de Guerra”».

Precisamente sobre aquella épica lucha del pueblo español en defensa del mundo y de la dignidad, escribió Pablo en su último mensaje: «Sus aeroplanos vuelan directamente desde Alemania e Italia, cruzando Francia durante la noche (…) La deuda de los fascistas españoles a Alemania e Italia aumenta alarmantemente».

Y describía: «Anoche mismo (…) sus aviones reaparecieron arrojando bombas incendiarias sobre la ciudad (…) Bombardearon también el hospital. Su desesperación usa de esos métodos».

«Sobre Madrid —contó Pablo— hicieron descender un paracaídas con una caja conteniendo el cuerpo horriblemente mutilado de uno de nuestros aviadores que cayó tras su línea. ¡Ni aún las tribus caníbales harían cosa semejante!». Y a renglón seguido recalcó: «El barbarismo de los caníbales no es exhibicionista».

Y como contraste, informó a la citada revista, que duró de 1926 hasta 1948: «Por nuestra parte, el general Miaja, Jefe de la Junta de Defensa, acaba de dictar una orden para que sean respetadas las vidas de todos los aviadores fascistas que caigan sobre Madrid».

Y aportó más el Comisario Político cubano: «Ayer al atardecer tuvimos un intenso cañoneo. En las cercanías de las calles de Abascal y de Quevedo, se podía ver el aire lleno de humo y polvo de los edificios que se desplomaron. Las familias abandonaban sus hogares deshechas en llanto, arrastrando a sus hijos con precipitación. Los muertos quedaron atrás. Mas no lejos de ese lugar, cientos de hombres hacían su entrenamiento militar para marchar al Frente. Fui después al Cuartel General del Socorro Rojo Internacional, que temporalmente y no lejos de allí se había instalado, pues el bombardeo de que fue blanco el Cuartel de la Montaña, lo arrojó de su antiguo local».

En la cuna de Cervantes

Pablo habló en su crónica, además, del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha:

«He entrado y salido a Madrid con gran frecuencia (…) El Comandante Valentín González, el Campesino (Jefe de la unidad donde Pablo era Comisario, 1ra. Brigada Móvil del 5to. Regimiento), ha recibido instrucciones de reorganizar su batallón diezmado por los combates en Pozuelo y en Arabaca; y también las de formar otro más. Alcalá de Henares va a servirle de centro para sus actividades. Nosotros tenemos nuestro Cuartel General en el Convento de las Claras. Miguel de Cervantes y Saavedra allí nació y vivió».

Y de inmediato comentó con cierto pesar de corresponsal insatisfecho: «No he tenido tiempo para visitar el pueblo, pero desde el auto he visto que es muy antiguo, que ostenta esa sencilla dignidad típica de Castilla: casonas muy grandes de viejos ladrillos; torres elegantes de iglesias, conventos y un gran silencio sedante en sus calles. Tiene también una plaza para audiciones de banda, fiestas vernáculas y numerosos tesoros artísticos e históricos. ¡Me dicen que sus almendras son exquisitas! Ninguna otra cosa podría decirles respecto de Alcalá de Henares. Me ofrezco conocerla mejor algún día».

Tanto pesar sintió Pablo por no haber podido aportar más detalles sobre la más famosa novela de caballería, que la última línea de su carta-crónica a New Masses termina diciendo: «Bueno. Aquí la corto. Les escribiré desde la tierra de Cervantes».

Hombre de sentimiento

En su relato, Pablo no resiste la tentación de confesarse hombre de carne y hueso con el que uno puede identificarse perfectamente:

«Debo decirles que ayer experimenté otra de las emociones de la guerra: la de sentirme en Madrid como cualquier miliciano; la de gozar la sensación de dar un paseíto por aquí; la de olvidarlo todo; de no pensar ni aun en mí mismo; tal oportunidad de estar aquí, solo sea por unas horas para contemplar las miradas fulgurantes de las mujeres, beber en las tabernas, entre amigos libres de inquietudes, unos sorbos de vino tinto (…) tomar unos tarros de cerveza morena y espumosa como ciertas amigas alemanas de algunos compañeros de la Brigada Internacional (…) Pero, ¡quién piensa ahora en mujeres! Sin embargo, les confieso que el vivir es algo delicioso».

Esta rotunda afirmación suya en momentos tan duros, nos trae a la memoria lo que él mismo había escrito en su carné de identificación: «Sabed que en la lucha por la libertad y la justicia, estuvo Pablo de la Torriente Brau, de 35 años y 150 libras de peso, casi seis pies y pico de estatura y unas ganas terribles de vivir».

Se dejó llevar entonces por su instinto reporteril, y se refirió a unos rapaces que charlaban de la guerra como el que juega con la vida y la muerte.

En otra parte de su crónica, explicó que en una ocasión «tuve que arrojarme al piso. Con cuánta rapidez he aprendido a calcular por el sonido las distancias y el peligro. Pedazos de piedra y de cascos de metralla chocaron contra un muro que iba yo pasando».

Reafirmando su sensibilidad humana y artística, expresó en su postrera carta a New Masses:

«Alguna vez fui un hombre de sentimientos y volveré a serlo. Noches pasadas, mientras discutíamos un problema, López (el asistente de Galán) hizo funcionar el radio del carro. Nos encontrábamos en medio de un campo de batalla a la sazón silencioso, cerca del enemigo. El receptor transmitía una de las baladas más románticas de Chopin, que muy a menudo había oído en un ambiente distinto por completo: la sala de conciertos. Y mientras aguzaba mi oído para captar el menor de los ruidos enemigos cercanos, recordaba, no sin cierta nostalgia, los tiempos en que la música tenía otros horizontes para mí que el de un himno a la Revolución, cantado por la tropa en marcha (…) Mientras terminaba la balada de Chopin, López me dijo: “¿Le gusta a usted mucho?”».

Escribió Pablo que recordaba sus palabras porque la noche siguiente y en la misma carretera despareció tal vez para siempre. «Es probable que algunos de los “destacamentos de sorpresa” en una rápida escaramuza lo capturaron junto con sus compañeros de viaje».

Menciona más adelante una nueva tristeza: «Ha comenzado muy mal la jornada para mí, pues dícenme que Candón, el otro Comandante cubano, ha muerto. Con qué alegría me dijo hace poco: “Voy a dirigir el combate”».

Escribió con entusiasmo que la moral popular continuaba alta como siempre. Que la prensa recientemente había conservado el tono vibrante que aquellos instantes demandaban. Y también comunicó a la revista de Nueva York —en su crónica que no sabía era la definitiva—:

«En el Socorro Rojo había, como siempre, cientos de mujeres y niños que huyendo del cañoneo allí se refugiaban (…) Los chiquillos, al partir en grandes camiones, cantan alegremente ondeando sus pequeñas banderas rojas. No se le ocurre a uno que muchos de ellos son ya o van a ser huérfanos. No le entra a uno eso en la cabeza, porque la Revolución es madre para todos. Dará a luz con mayor pérdida de sangre y con más intensos dolores que cualquier madre, a un nuevo pueblo».

Fuentes: El último mensaje, crónica de Pablo de la Torriente Brau a la revista neoyorquina New Masses, Bohemia, Año 29, No. 11, 14 de marzo de 1937. Aparece en el libro Páginas de Bohemia, Editorial Ciencias Sociales, 1989, con presentación de Magali García Moré, páginas 27-31. Huracán de vida, entrevista del autor a Ruth, la hermana de Pablo, en Juventud Rebelde, 19 de diciembre de 2000.

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