La risa de la manigua - Cuba

La risa de la manigua

Ha partido Inocente Iznaga González, el Jilguero de Cienfuegos, voz de las guardarrayas y del fraseo vivaz del campesino pícaro

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Hay silencio y dolor en los campos de Arimao, allá en Cienfuegos. Ha partido la voz de las guardarrayas y los caminos polvorientos, y del fraseo vivaz del campesino pícaro. La risa de la manigua. Se ha ido, quizá por «…caminito de Zaza, caminito de en medio…» El Jilguero de Cienfuegos, Inocente Iznaga González.

Arimao recordará siempre a su hijo como un niño juguetón que, soñando siempre melodías, se sobrepuso a los interminables surcos de la miseria, y ya a los siete años cantaba décimas de memoria. Cuba lo ganó cuando, arrestado, asaltó como un príncipe de las sabanas los estudios de la radio, con sus trinos chispeantes, ajenos a cualquier melancolía.

Quienes crecimos más tarde, ante palmas y cañas de atrezzo, concentradas en una pantalla de televisor cada domingo, descubríamos en sus guarachas y sones montunos un enigma de sabrosura y picante, que vadeaba las tristezas y soledades de los campos y convertía la vida en un perenne guateque.

Su risa sostenida hasta el resuello, en medio de las tonadas, fue un hallazgo nacional, en un país donde reír ha sido el escudo contra cualquier adversidad. ¡JaaaJaaajaaajaaa…! Esa alegría de vivir, El Jilguero la paseó por el mundo, en voz tan fresca y cristalina como los arroyos incontaminados. Leal como artista y cubano, nunca abandonó un escenario en los momentos más difíciles: ni en Siria en 1973, a raíz de la guerra con Israel; ni en la Nicaragua sandinista de 1982, acechada por la rapacidad imperial.

Por azares de la vida, hace solo unas semanas coincidí en la sala de un hospital, con las penas y dolencias últimas de El Jilguero, ya muy delicado de salud. A solo unos metros, aquel desmochador de tristezas se resistía a claudicar. Siempre tenía un cumplido en los labios, como si temiera enmudecer de pronto. Y nunca, ni para dormir, se quitaba la gorra bolchevique de la cabeza, pulcro y atildado como si estuviera a punto de irrumpir en el escenario.

Cada mañana, antes de bajar a la diálisis en la silla de ruedas, acompañado de su entrañable hijo, Tony «El Jilguerito», Inocente Iznaga se bañaba en perfume, como si fuera a enamorar de nuevo a Martica Morejón, la flor de su vida. Y partía majestuoso, con la dignidad de un guerrero a cada combate, entre inciertos trasvases sanguíneos.

Ahora debe andar quién sabe por dónde, armando el guateque con Ramón y Coralia, con Justo y Adolfo y tantos cantores de los campos que se han reunido en la inmortalidad. Ahora debe estar probando la caldosa de Quique y Marina. Y riendo largo…

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