¿Solo el Padre de la Patria?

La historia recoge cinco paternidades atribuidas a quien dio inicio a nuestras luchas por la independencia

Autor:

Alex Pérez Pozo

Carlos Manuel de Céspedes fue uno de nuestros más grandes próceres, y su título de Padre de la Patria le confiere un reconocimiento merecido.

Pero Céspedes fue mucho más. En la cátedra honorífica que lleva su nombre, perteneciente a la Universidad de Ciencias Pedagógicas Héctor Alfredo Pineda Zaldívar, en La Habana, que preside el Máster en Ciencias y profesor José Antonio Pérez Martínez, se llevan a cabo actividades vinculadas a la vida y obra de este patriota. Entre estas se incluyen investigaciones que han esclarecido y determinado otras paternidades atribuidas a Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y del Castillo1.

El ajedrez en Cuba

Los primeros antecedentes del juego ciencia en la Isla datan de inicios del siglo XVI, y quedaron plasmados en Bayamo y sus cosas, del escritor Antón Ruiz Valdespino. Este era uno de los recreos predilectos en la alta sociedad colonial de la época. «La afición de Céspedes por practicarlo era muy conocida; incluso muchos de sus amigos y compatriotas lo consideraron un maestro debido a las estrategias que desarrollaba», argumenta el investigador José Antonio Pérez.

En el libro Federación Cubana de Ajedrez2 se refleja que entre 1846 y 1868, grandes personalidades como Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera, Fernando Figueredo, Juan de J. Fornaris y Fontaine y Carlos Manuel de Céspedes, entre otras, practicaron este deporte en la sociedad La Filarmónica.

Antes de ese período, muchos de los escritos que recogían técnicas y jugadas de excepcionales ajedrecistas como Lucena (1499), Damiano (1512) y Ruy López (1570-1575) no se habían divulgado en nuestro país.

En 1855, tras la ejecución del patriota español Ramón Pintó, Céspedes fue encerrado en el buque-prisión Soberano, anclado en la bahía de Santiago de Cuba. Entonces aprovechó el tiempo de reclusión para traducir del francés al español Las leyes del juego de ajedrez —escrito por el famoso trebejista galo Louis Charles Mahé de La Bourdonnais—, texto al que agregó algunos comentarios con el propósito de que este juego cobrara más popularidad. Esas notas fueron publicadas en el periódico El Redactor, a partir del 4 de octubre de 1855.

«Céspedes no es el introductor del juego ciencia en la Isla, pero sí fue el primero en realizar un escrito con fines públicos y masivos sobre las leyes y la metodología del mismo. Por tanto, es su precursor», acotó José Antonio Pérez Martínez.

La moneda cubana

Dos meses después del inicio de la lucha por la independencia, Céspedes ya había iniciado los trámites necesarios para establecer una moneda de la República en Armas.

Según Pérez Martínez, «el Padre de la Patria designó comisionado a José Valiente, quien coordinó con su hermano Porfirio, representante de la Junta Revolucionaria de Camagüey, la gestión de la tirada de bonos y papel moneda. Para ello, el 21 de abril de 1869 contactaron con José Morales Lemus, a quien la Cámara de Representantes había ratificado como Ministro Plenipotenciario de la República de Cuba en Armas ante el Gobierno de Estados Unidos».

Céspedes les encargó tramitar la impresión de dos millones de pesos. La primera emisión de papel moneda de la República de Cuba en Armas se realizó en Nueva York, entre finales de mayo y junio de 1869, y arribó al territorio libre de la Isla posteriormente en forma de remesas periódicas.

Una ley aprobada por la Cámara de Representantes y por Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República en Armas, firmada en Sabanilla de Sibanicú, el 9 de julio de 1869, autorizó la impresión y circulación del papel moneda, por lo cual fue establecida esa fecha como Día de la Numismática Cubana.

«Y a Céspedes, por su interés de dotar al Gobierno y la República de su propio numerario, detalle esencial en el carácter de nacionalidad y soberanía de un país, se le atribuyó el título de Padre de la Numismática Cubana», reafirmó el especialista.

La primera marina de la Revolución

Uno de los logros que tuvo la Guerra de los Diez Años fue la creación de la flota naval de la naciente República. El origen de su conformación, con fines militares, ha de buscarse en una propuesta hecha por Céspedes para que el Ejército Libertador pudiera enfrentarse a los medios marítimos utilizados por España.

Explica José Antonio Pérez Martínez que «el 30 de diciembre de 1868, Tomás Estrada Palma, presidente de la Junta Central de Fondos, comunicó al general Julio Grave de Peralta la existencia de esta entidad y la necesidad de reunir una gran suma de dinero para comprar un monitor (antiguo barco de guerra). El 5 de enero de 1869 Grave de Peralta contestó que en breve tiempo podía disponer de 10 000 pesos.3

«Desde el cuartel general situado en La Larga, en las riberas del río Cauto, el 17 de febrero de 1869 Céspedes le comunicó al comisionado del Gobierno en el exterior que aunque en esos momentos los artículos imprescindibles para la insurrección eran las armas y pertrechos, no le restaba importancia a la necesidad de contar con algunas formidables máquinas de guerra marítimas para romper el bloqueo naval impuesto por España y convoyar, con toda seguridad, la ropa, el calzado, los víveres y sobre todo la sal de la que tanto se carecía en el campo insurrecto».

El 13 de marzo de 1869 le hizo saber al representante de Cuba en Estados Unidos: «Es necesario, pues, que U. (…) gestione con la comisión que se ocupa en aprontar recursos para nuestra revolución, (…) para que se nos introduzcan las armas y efectos necesarios con que poder sostener el orden y la guerra que tan heroicamente y con tantos sacrificios hemos llevado a cabo»4.

La Constitución redactada durante la Asamblea de Guáimaro, celebrada los días 10 y 11 de abril de 1869, autorizaba al Gobierno de la República de Cuba en Armas a crear la marina de guerra mambisa. En el artículo 15 del documento se planteaba que eran objetos indispensables de la ley, autorizar al Presidente para conceder las patentes de corso, para proveer y sostener una armada.

«Estos intentos, junto a los realizados para crear una Armada que respondiera al Ejército Libertador y a partir de entonces tomar y torpedear un puerto cubano, en la práctica no llegaron a consolidarse», aclara Pérez Martínez.

«Bajo su mandato, solo logró que se armaran los vapores Hornet o Cuba, Pioneer y El Rayo, listado al que se uniría, en diciembre de 1874, otro donado por el Presidente del Perú. Sin dudas, Céspedes fue el precursor de la primera flota bélica, el Padre de la marina de guerra cubana», recalca el investigador.

Dignidad representativa

Céspedes desplegó una extensa actividad diplomática para que otros países reconocieran al gobierno de la República en Armas.

«Por ejemplo, el 3 de diciembre de 1868, le había instruido a José Valiente, designado como Agente General de la República, con sede en Estados Unidos, que hiciera los esfuerzos posibles “a fin de conseguir la protección del Gobierno Americano y el reconocimiento de nuestro Gobierno provisional”», agrega Pérez Martínez.5

Céspedes decidió hacer público el 1ro. de marzo de 1869 un mensaje que había enviado al Presidente de Estados Unidos y que luego fue divulgado en el semanario La Voz de Cuba.

Explica el historiador José Antonio Pérez que entre las razones por las cuales el Gobierno norteamericano debía reconocer los derechos de beligerancia e independencia del Gobierno revolucionario cubano, se encontraba uno netamente naval. Dijo Céspedes: «Porque tiene en construcción una escuadra que excederá en número y fuerza a las que hasta aquí han mantenido las autoridades españolas en esta agua»6. Además, expresó: «Por la sola y exclusiva falta de armas y municiones este paciente pueblo está sujeto al tiránico yugo de España».7

En los últimos días de marzo de 1869, según consta en el libro de Milagro Gálvez, Expediciones navales en la Guerra de los Diez Años 1868-1878, el primer país en reconocer nuestro proceso revolucionario gracias a la labor de Céspedes fue México, y a esta nación siguieron Bolivia, Perú, Chile, Colombia, El Salvador y Guatemala.

A mediados de 1870 ya Céspedes se daba cuenta de las verdaderas intenciones de Estados Unidos de América. Así expresaba en carta suya a José Manuel Mestre, sustituto de Morales Lemus como representante diplomático en esa nación: «Por lo que respecta a los Estados Unidos (…) su Gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga y proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces y desinteresados».8

Otros factores pesaron para que Céspedes y otros revolucionarios renunciaran a una posible ayuda de Estados Unidos. «El apresamiento de expediciones mambisas, el acoso y repudio en sus puertos de las naves corsarias cubanas, la ignorancia consciente de las comunicaciones del Gobierno de la República en Armas, además de una proclama del presidente Ulysses S. Grant en 1871, contraria a apoyar a los insurgentes, fueron más que suficientes», piensa Pérez Martínez.

Y agrega: «A esta acción le siguió la retirada de la representación diplomática de Cuba en Estados Unidos. A finales de noviembre de 1872 le escribió a Ramón de Céspedes, secretario del Exterior de la República y comisionado diplomático ante Washington: ‘‘No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el Gobierno de los Estados Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufridos nos mostrábamos nosotros’’».9

Dueño de una actuación constante y segura en los escenarios internacionales, Céspedes entrevió la amenaza que supondrían los Estados Unidos y buscó alianzas en otros horizontes, con naciones amantes de la causa de la justicia y la emancipación. Por ello, acota Pérez Martínez, «es también el Padre de la Diplomacia Cubana».

Fuentes

1 Tomado de: Fe de bautismo reproducida y mostrada en la Sala 2 del Museo Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo.

2 Federación Cubana de Ajedrez. Cuba 66 Olimpiada Mundial de Ajedrez. La Habana: Ed. Deportivas, 1967, p. 4.

3 Abreu Cardet, José. Selección de lecturas: Julio Grave de Peralta. La Habana: Editorial Ciencias Sociales, p. 90-91.

4 Gálvez Aguilera, Milagro. La Marina de Guerra Mambisa. La Habana: Ciencias Sociales, 2004, p. 39

5 Rodríguez, Rolando. Bajo la piel de la manigua. La Habana: Ciencias Sociales, 1996, p. 74.

6 Gálvez Aguilera, Milagro. La Marina de Guerra Mambisa. La Habana: Ciencias Sociales, 2004, p.5-6.

7 Rodríguez, Rolando. Bajo la piel de la manigua. La Habana: Ciencias Sociales, 1996, p. 74.

8 Rodríguez, Rolando. Bajo la piel de la manigua. La Habana: Ciencias Sociales, 1996, p. 77.

9 Rodríguez, Rolando. Bajo la piel de la manigua. La Habana: Ciencias Sociales, 1996, p. 77.

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