No hay mosquitos que valgan

En medio de las adversidades de la costa, los guardafronteras no dejan dudas de su probado valor

Autor:

Nyliam Vázquez García

Shhhhhh, shhhhhh… ¡Paf! Uno menos, pero son cientos o miles. No se sabe cuántos mosquitos exactamente trae cada nube, cuántos exactamente se empeñan en sacarte la vida picando a la vez. Uno termina sin saber elegir dónde dar primero el manotazo. Lo peor es que la fuerza tiene que ir disminuyendo, porque en las costas, quienes allí se encargan de la defensa territorial, terminarían siendo moretones andantes. Al final, los mosquitos no se van, no dejan de picar, sino todo lo contrario.

Entre los guardafronteras, unos sostienen que solo se debe esperar a acostumbrarse y otros que a tanta picadura no hay manera de acostumbrarse ni con 20 años de experiencia. Y mientras sostienen sus criterios se mantienen casi impávidos. Los mosquitos también los pican, pero, te miran por encima del hombro mientras una no sabe cómo agarrar la agenda, sostener la grabadora, escribir y matar al agresor ensañado justo en el medio de la frente. Son hombres valientes los protectores de nuestra línea costera a lo largo de todo el archipiélago, sobre todo los muchachos que cumplen el servicio militar.

Para cuando JR llegó a Cayo Coco, en Ciego de Ávila, el Destacamento de las Tropas Guardafronteras ubicado allí, y otras fuerzas del Ministerio del Interior de la provincia, estaban en plena Operación Barrera. En esos casos, como siempre, no hay mosquitos que valgan, no hay horas, no hay descanso. Para los combatientes del Ministerio del Interior (Minint) la prioridad es encontrar cualquier bulto, lo mismo en alta mar que el que haya podido recalar en tierra.

Los recalos se habían iniciado en Camagüey, pero, por las corrientes marinas, hasta ese momento se habían encontrado ocho bultos en territorio avileño.

Según informó el jefe del Destacamento de Tropas Guardafronteras de Ciego de Ávila, llevaban dos años sin enfrentar grandes incidentes de este tipo. En esta ocasión algunos paquetes de distintos tamaños fueron encontrados en el borde costero. La prueba de campo dio como resultado que se trataba de marihuana, y se supone que la lancha que la trasladaba se hundió o lanzó los sacos al mar para aligerar el peso durante la huída. Toda la técnica naval del Destacamento estaba en función de la operación. Pero sin descuidar el resto de las misiones.

El teniente coronel Frank Hernández Medina apuntó que también están pendientes de evitar ilegalidades, de prestar servicios de rescate y salvamento y mantienen asegurados los cayos más alejados de la costa. De hecho, en 2012 el destacamento tiene registrados nueve expedientes de pesca ilícita.

Los primeros, los jóvenes

Ya en Puerto Casasa, Cayo Coco, el capitán Andrés Prieto Mulet, comandante de diferentes medios navales a lo largo de sus 18 años de experiencia, comentó sobre las dificultades de esta Operación Barrera en la que fue necesario recorrer entre 80 y 90 millas, y en la que, como siempre, él y sus muchachos iban peinando la zona.

«Partimos desde aquí (Puerto Casasa) hasta Cayo Mégano Grande, que casi limita con Camagüey, a recorrer toda la costa, todos los cayos, buscando lo que apareciera. En Cayo Antón Grande encontramos un contenedor con diez pacas, y luego, en Cayo Antón Chico, otras pocas», explicó.

Para Javier González Reitor, de 20 años, y Osviel Pérez Llanes, con 18 años, participar en este operativo fue una de las experiencias más importantes de sus vidas. Ellos no dudaron, con apenas un bote, un chapín y una palanca, en vistas de que la patrullera guardacostas solo puede llegar hasta un punto, en revisar cada rincón de la zona donde era probable hallar algo. Su tenacidad, junto a las de otros compañeros, puso a buen recaudo la droga dispersa y evitó que pasara la barrera que el Minint tiene prevista en estos casos. Muchas veces con el fango hasta la cintura, mangle por mangle y, por supuesto, fustigados por los mosquitos, realizaron un trabajo esencial.

«La juventud fue la mayor protagonista de esta misión», asegura el comandante del medio naval, el capitán Andrés Prieto.

La delgada línea de la vida

En el Puesto Fronterizo Radiotécnico Punta Coco, cada quien tiene sus tareas bien delimitadas. Mientras los movilizados en la Operación Barrera hacen lo suyo, un grupo de combatientes vela por la seguridad marítima y por que en el separador de tráfico naval, una delgada carretera marítima, cada quien vaya en su senda y debidamente identificados.

Como nos explica el jefe del Estado Mayor del Destacamento de TGF, se trata de un separador de 2,5 millas de ancho y 85 de largo, por el que circulan dentro de las dos millas de este a oeste por la derecha y las dos millas de oeste a este por la izquierda, entre 25 y 30 embarcaciones en ambos sentidos.

En esta delgada línea, el menor error, cualquier irresponsabilidad en alta mar o desde el punto de monitoreo podría causar un accidente de fatales consecuencias. Además de las vidas humanas, un choque, por ejemplo, podría ocasionar un derrame de petróleo, un desastre ecológico en una zona del archipiélago de gran riqueza natural y donde se ubican unas 3 000 habitaciones del polo turístico Cayo Coco.

Para regular el tráfico marítimo, los guardafronteras usan el dispositivo digital que, junto al radar, les ofrece un grupo de datos esenciales: nombre del barco, bandera, posición en latitud y longitud, rumbo y velocidad. Ante cualquier anomalía, el oficial de guardia alerta y se actúa en consecuencia, teniendo en cuenta las regulaciones establecidas por la Organización Marítima Internacional (OMI), de la que Cuba es signataria.

Justo cuando el equipo periodístico trastocaba por unos minutos la rutina del puesto fronterizo, una embarcación con bandera de Islas Marshall navegaba a la deriva por la senda contraria a la que le correspondía. La orden del jefe del Estado Mayor fue precisa: «Comuníquense con la embarcación, verifiquen por qué va a la deriva y si necesita ayuda». Rápidamente, como debe hacerse en estos casos, se estableció la comunicación directa con la embarcación, para verificar datos y situación exacta.

Los guardafronteras siempre están prestos ante cualquier pedido de auxilio. En Punta Coco recuerdan con orgullo haber salvado la vida de los tripulantes de un yate extranjero que encalló.

Seguramente entonces, como generalmente en la zona costera, los mosquitos asediaron. En la mayoría de las misiones, ellos son la presencia más constante, a veces los guardafronteras han debido imitar a los animales salvajes, cuando en medio de la nube endiablada corren al mar, se meten totalmente en el agua y solo dejan la cabeza fuera a expensas de constantes sumergidas. Al final de las escasas horas compartidas, donde esos hombres trabajan todos los días, queda el ejercicio diario de intentar que el manotazo gigante se convierta en casi una caricia, apenas para espantar a los bichos. Para eso hace falta tiempo, pero sobre todo la entereza de los hombres que vigilan y custodian las costas cubanas.

Sueños de futuro

Orisel Rojas Torres tiene 19 años y lleva ocho meses cumpliendo con el servicio militar en el Puesto Fronterizo Radiotécnico Cayo Santa María. Sin levantar la vista del radar intenta explicar qué significan los símbolos en la pantalla, cuyo movimiento sigue concienzudamente y anota en un diario. Su trabajo como radarista, para el que fue debidamente entrenado, implica estar pendiente de cada medio que aparece en la zona, desde el primer avistamiento hasta que desaparece de la pantalla del radar.

Este joven de conducta ejemplar, reconocido por sus superiores, hace un alto en su guardia, previa autorización, para conversar con JR.

Para él, resulta esencial para el éxito del trabajo del recluta, en guardafronteras, respetar a los jefes, seguir al dedillo las instrucciones y no dormirse en el servicio de guardia.

«En la guardia de radar, ni en ninguna, uno se puede dormir, se debe estar pendiente de todos los medios», asegura el muchacho, quien reconoce que el radarista tiene mucha responsabilidad y no son pocos los sustos cuando el equipo hace alguna interferencia.

Orisel vive en Vuelta, un poblado cercano a Camajuaní. Le brillan los ojos cuando cuenta que después de 21 días de estancia en el Cayo, cuando pasa los siete días de descanso con sus padres, les pone al corriente de todo lo que hace para crecer allí donde cumple y comparte con otros jóvenes.

«Nos llevamos como hermanos», dice y sonríe cuando le pregunto si les permiten bañarse en la extraordinaria playa que custodian.

«A veces, cuando están cumplidas todas las tareas», apunta. Como tiene habilidades prácticas, es quien arregla en la unidad todos los equipos. Le gusta su trabajo en el radar. Odia los mosquitos, porque cuando la plaga es fuerte, ni con repelente se van.

Mientras Orisel se encarga del radar, Armando Javier Cabrera, también de 19 años, vigila la costa desde su puesto de observador artillero, si avista alguna embarcación ilegal o algún bulto extraño desde su puesto con el equipo de observación, alerta a los superiores. Los muchachos, además de sus especialidades, realizan patrullaje sistemático por las playas del Cayo.

Mientras cada quien está en su puesto cumpliendo sus funciones, en Cayo Santa María, a 106 km de Santa Clara, Orisel Rojas y sus compañeros sueñan con el futuro.

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