Los tres Santiagos

Tras los embates de Sandy, la Ciudad Héroe trabaja sin descanso en la recuperación como muestra innegable de la voluntad, sacrificio y optimismo de los santiagueros

Autor:

Eric Caraballoso Díaz

SANTIAGO DE CUBA.—Hay dos Santiago de Cuba. Uno, el de nueve días atrás, vive en la memoria de su gente. El otro, el de ahora, nos lo muestra la realidad todos los días tras el paso fatídico del huracán Sandy.

El primero es cálido y acogedor, con hermosos lugares y tradiciones que enorgullecen a sus habitantes. El segundo, es una ciudad choqueada, donde pululan los árboles tumbados por el viento, la destrucción.

El primero mezcla antigüedad y renovación. Sitios de gran valor patrimonial como la Catedral Metropolitana, la Casa de Diego Velázquez y el Museo Bacardí, se intercalan con otros de más reciente data, como el Teatro Heredia o los edificios de la Avenida Garzón. Tiene también edificaciones derruidas —nada es perfecto—, pero incluso estas muestran un aire de grandeza retenida.

En el segundo muchas construcciones han perdido su esplendor, como consecuencia de la furia del huracán. La hermosura de antaño parece haberse desplomado junto a vigas, tejas y paredes.

El primer Santiago es sin dudas alegre. La música, la fiesta, el baile, son sus atributos cotidianos. No pasa un día sin que se escuche un buen son, se cante un bolero, o una conga arrolle por las calles. El carnaval es la más viva expresión de su ser, y su sensualidad se desborda como una resonante carcajada.

En el segundo Santiago el dolor está agazapado en los escombros, los edificios ruinosos, los corazones de la gente. No falta el sol, y los días son largos.

Hay, sin embargo, un tercer Santiago. Uno que crece día a día, que se multiplica con el esfuerzo de los que no descansan. Es una ciudad optimista, esperanzada. Una urbe que motiva al sacrificio, que respira labor, que comienza a sonreír a pesar de la desgracia.

Tiene polvo, sí, y escombros, y casas derruidas. Tiene gente llorosa todavía —cómo no tenerla— y noches sin electricidad, y niños fuera de sus aulas habituales, y aguas ennegrecidas que obligan a tomar urgentes medidas de higienización.

Pero también tiene hombres y mujeres que no esperan el amanecer para ir al trabajo, que cargan por igual troncos de árboles, que limpian una calle o reponen un techo. Y tiene amigos llegados de muchas partes, gente de toda Cuba, hermanos que no temen compartir a cualquier hora el dolor y el esfuerzo.

Tiene también guaguas que ya funcionan y vendedores que ya caminan por sus calles, y tiendas que despachan aun al descubierto. Y tiene plazas y avenidas más despejadas, y barrios que se alegran con la llegada de la luz eléctrica, y ayuda solidaria que empieza a repartirse, y la disposición y el valor, el histórico valor de los santiagueros.

Poco a poco el segundo Santiago va cediendo. Poco a poco el nuevo, el tercer Santiago, comienza a ganarle la batalla.

El primer Santiago, mientras tanto, sigue vivo en la memoria de su gente. Es su inspiración. Sabemos que costará mucho —mucho trabajo, mucha ayuda, mucho sudor—, pero nadie renunciará a que el tercer Santiago se parezca cada día más a aquel primero.

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