Viaje al centro de la ciudad poesía

Los hijos de Puerto Padre sueñan con ver a su patria chica crecida en todos los ámbitos. Saben que nada caerá del cielo, que en esa filosofía radica el éxito. Por eso anhelan, a la par de saber que hay que trabajar muy duro

Autor:

Alina Perera Robbio

Este trabajo está dedicado a gente linda y sencilla como Fide y Liset, dos anfitriones inolvidables

PUERTO PADRE, Las Tunas.— Esta ciudad me ha dado lo mejor que tiene: el alma de su gente. La madrugada que llegué a ella me tendió un brazo largo, recto y fino —su avenida principal—, por donde viajé hasta un desenlace imantado: el malecón, borde breve y perfecto lamido por un mar donde se explican casi todas las maravillas encontradas a lo largo de la expedición.

Contar este episodio es contar sobre Cuba, porque hay que decir —y por ello no se cae en la exageración— que Puerto Padre es una pequeña república donde se condensan los anhelos actuales del archipiélago.

Sus hijos están empeñados en crecer; palpan sus propias potencialidades; sienten que pueden superarse a sí mismos en múltiples ámbitos, que la voluntad política más elevada de la nación defiende ese propósito, pero que, en el día a día, habrá que batallar duro para que eso que hemos dado en llamar «desarrollo local» —tan hermanado con la impronta horizontal y con el cambio de mentalidad que el país está necesitando— adquiera consistencia.

Quien entra a Puerto Padre y lo vive queda atrapado en su encanto. Muchos viajeros logran desprenderse del hechizo y regresar a sus caminos de siempre; otros, que no son pocos, se quedan y echan raíces. Allí hombres y mujeres son muy seguros de sí; viven orgullosos de ser quienes son. Y habría que averiguar si es el aire marino que baña las calles tan simétricamente dispuestas el que propicia que los habitantes no alcen la voz ni se apresuren en el hablar, y mucho menos gusten del grito.

A las mujeres se les sale la inteligencia y el corazón por una mirada frontal, sin miedos; y los hombres son grandes de sentimientos, serenos y fuertes —algunos sienten que no hay metas demasiado altas, como me confesó un caballero puertopadrense: «En mi familia no hay hombres; lo que hay son hombretazos»—; y todos, ellas y ellos, tienen almas de poetas, de artistas, de marineros, de patricios.

Supe de esta tierra, sin haber estado allí, por la estatua de su Quijote fibroso y metálico, el mismo que en pose terca y esperanzada mira en pos del mar, aunque entre él y las aguas haya un molino gigante cuyas aspas no se detienen por cuenta de los vientos reinantes del nordeste.

No es cualquier tierra: la ciudad corona un municipio al que están unidas estirpes como la de los hermanos Ameijeiras (luchadores cuyas heroicas suertes pertenecen a la gesta insurreccional de la segunda mitad del siglo XX); o como la de Teófilo Stevenson, nuestro gran boxeador a quien el oro del mundo no pudo comprar su dignidad; o Emiliano Salvador, gran pianista y compositor de música afrocubana y jazz latino, quien dejó un mundo de sentimientos y talento entre su gente; o Francisco (Paco) Cabrera Pupo, Comandante del Ejército Rebelde, quien estuvo al frente de la escolta personal de Fidel.

Amante de un pueblo

Los oficios, la vida, deberían asumirse con la misma pasión que un enamorado pone en un romance que nace y sorprende. Esa es la filosofía de un hombre como Ernesto Carralero Bosch, historiador de la ciudad de Puerto Padre, a quien se le sale el cariño por la tierra que tanto conoce.

Él nació el 2 de junio de 1945, en una familia de origen español. «Éramos pobres, pero ricos en el sentido cultural de la palabra, con mucho gusto por la lectura», recuerda este puertopadrense que fue maestro primario, de secundaria básica, de la universidad, que impartió clases en distintos lugares del país, en escenarios como las montañas.

Conversar con él es placentero y difícil, porque siendo un maestro de rigor a cada rato hace preguntas cuyas respuestas se supone el discípulo conozca. Carralero, en un esfuerzo que compacta historia de mucho tiempo, se remonta a los orígenes de Puerto Padre y cuenta que a mediados del siglo XIX surge el poblado, a orillas del mar, como fruto del desarrollo de la industria azucarera.

El primer objetivo económico importante, explica el historiador, surge a unos seis kilómetros al sur de la actual ciudad. Eso determina la construcción, a la orilla del mar, de ciertas facilidades: almacén, carpintería, una fonda, la casa de los encargados del enclave económico. Ese es el origen de la villa cuyos primeros pobladores son gallegos, asturianos, catalanes, levantinos, baleares y andaluces. Es una génesis absolutamente hispánica, que con el tiempo formó parte de un mestizaje por cuenta del cual, a finales del siglo XIX, Puerto Padre contaba con una presencia árabe importante, sobre todo del Líbano y de Siria.

«Durante la última mitad del XIX se desarrolla un comercio importante, fundamentalmente español, y a inicios del siglo XX aparece el comercio árabe», afirma Carralero Bosch, quien además alude a los indicios según los cuales, a partir de 1860, Puerto Padre contaba con la presencia de chinos. Esta afirmación se entronca con la estampa —recogida por el historiador en un libro de crónicas suyas— sobre el médico chino Pepe Quintín.

«Al finalizar 1846 —escribe Ernesto Carralero— habían desembarcado en Cuba 1 073 chinos entre hombres, mujeres y niños. Desde luego, muchos de ellos fascinados con la aventura, no eran agricultores y sí artesanos, estudiantes, buscavidas, incluso sacerdotes (…). Entre estos parece haber estado Pepe Quintín (…) Su práctica médica era tradicional, no utilizaba instrumentos de ningún tipo, y diagnosticaba solo por el tacto. Recetaba medicinas a través de plantas, lo que evidenciaba su conocimiento de la flora cubana. Recibía ungüentos, polvos y raíces supuestamente de la China, y maceraba plantas en pequeños morteros para envasar sus jugos en frascos de colores que guardaba celosamente en su cuarto, al que nadie tenía acceso».

El hecho es que Pepe Quintín es recordado, entre otras cosas, porque una dama de Puerto Padre salió embarazada y no se había casado. Ante la inminencia del escándalo, la mujer pidió ayuda al chino, pero las hierbas no resolvieron el problema. Cuando ya la barriga se notaba y ella reclamó al doctor, este salió con una respuesta de la que todavía se habla: «Yo culá gente; yo no matá gente».

Y así, de historia en historia, Carralero cuenta que el poblado creció muy rápido y que, a la altura de 1898, Puerto Padre, que había sido plaza fuerte de la metrópoli, se convirtió en centro político y económico de la región.

Carralero habla de muchos temas de interés: de Isabel Rufina Rodríguez de Acosta, la musa del Cucalambé, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el cantor bucólico más importante del siglo XIX cubano. Porque esa musa muere en Puerto Padre, y allí está enterrada. Y en un tránsito despacioso él detalla cómo fue que la villa se abrió a la modernidad y tuvo todo tipo de instituciones al mismo tiempo que estas le nacían a la República del siglo XX.

Tu mirada y otras maravillas…

«¿Tu mirada? Tu mirada/ es el más perfecto modo/ de decirlo todo, todo,/ aunque no hayas dicho nada./ ¿Qué magia tienes guardada,/ qué poder bello y profundo?/ Tu mirada de un segundo/ me siembra un año de antojos/ y cuando cierras tus ojos/ se queda sin luz el mundo». Bella décima que me enamoró en la niñez, y que mis padres y abuelos cantaban en noches de celebración.

Al visitar la sede municipal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en Puerto Padre —espacio ataviado con sencillez y buen gusto, y donde hasta los árboles del patio tienen historias conocidas—, una sorpresa me llena de júbilo: se presenta Martín Renael González Batista, el autor de los versos que tanto canté en el calor del hogar. Nació en Calderón, Holguín, pero un día Puerto Padre lo sedujo, y allí fundó el primer grupo literario de esa villa después del triunfo de 1959; y fundó, en 1993, el Grupo Iberoamericano de la Décima Espinel-Cucalambé, punto de partida de un fuerte movimiento de poetas decimistas en el municipio, los cuales ostentan títulos publicados en Cuba y otras latitudes, y numerosos premios.

Renael González —Premio Nacional Cucalambé de 1993 con su libro Sábado solo, considerado entre los autores que abrieron el camino de revitalización de la décima escrita, proceso vigente hasta nuestros días—, me ha regalado la historia de cómo nació Tu mirada: aguardaba él, siendo muy joven, en una parada de ómnibus de La Habana cuando, inesperadamente, llegó uno desde cuya ventanilla asomaba la impresionante mirada de una muchacha. Aquellos ojos que por solo segundos se detuvieron en el camino del poeta, aquella mirada de una perfecta y bella desconocida, fueron dibujados para siempre con la palabra.

La poesía parece tocarlo todo en Puerto Padre. La explicación profunda de esa suerte está en una rica y exquisita tradición que data de los momentos fundacionales y que incluye manifestaciones artísticas como la literatura, el teatro o la música. Hasta hoy llega esa magia, hasta una noche en la comunidad pesquera de Boquerón donde un mago juega con aros, una niña danza porque ama danzar (sin rigor de academia), una mujer recita versos dedicados a Fidel y a la Revolución, y un hombre de mar, Manuel Antonio Navarro Ojeda, que dio tanto de sí en el Puerto Carúpano de Puerto Padre, y que ha escrito tanta poesía, comparte versos que le han nacido del corazón: «Surge la luz blanquecina/ mi barco, rompe la espuma/ desaparece la bruma/ que borra el agua marina/ el astro; nos ilumina/ vuelvo al azar del camino/ lejos, un puerto, un molino/ busco la luz marinera/ la suerte en el mar me espera/ es mi vida y mi destino».

El municipio tiene 1 180,23 kilómetros cuadrados y seis asentamientos considerados urbanos. A él pertenecen 94 000 habitantes, de los cuales unos 30 000 pertenecen a la cabecera municipal. Parece estar habitado por un ángel que inspira. Algo tiene que explicar las canciones amorosas, que por momentos suenan a lamento dulce, que el trovador Alcibíades Osvaldo Puig Méndez me ha dado grabadas en un disco, o el poemario Final del día, obsequiado por el joven Frank Castell, de su autoría y que le nació «desde la intimidad y el dolor del mar»; o la pasión con que un puertopadrense le canta a su tierra: «¡Oh, mar que baña mi ciudad!/ Con la belleza de sus blancas arenas/ entre gaviotas y golondrinas».

Gente joven

Son jóvenes y desvelados casi todos los puertopadrenses que encontré al frente de alguna responsabilidad. Difícilmente pasen de los 40 los integrantes del consejo de dirección que hacen posible la salida al aire del Canal Azul, el centro televisivo de la ciudad. Joven es Osvaldo Martínez Jiménez, quien dirige el Combinado Cárnico Jerónimo Astier, lugar donde el trabajo es difícil y donde, como dice Osvaldo, hay que respetar y dirigir a hombres que ostentan más de cuatro décadas de experiencia. «Tenemos que buscar las cosas; no llorar por ellas. En eso consiste para mí el cambio de mentalidad», dice él, ansioso por superar un mundo de limitaciones materiales con las que cada día arranca un proceso productivo virtualmente artesanal.

Joven y consagrada es Marta Rodríguez Reyes, directora desde hace seis años del círculo infantil Flores de la vida, un espacio impecable y luminoso donde son cuidados más de 200 niños. Y joven es Ileana Méndez Pérez, directora del Hogar para niños sin amparo familiar, en Puerto Padre. Licenciada en Educación y madre de dos hijos, hace tres años cuida a otros muchachos como si fueran suyos: «Tengo uno de 25 años, uno de 22, y uno de 20. Y tengo la niña a la que le acabamos de celebrar sus 15; y está el pequeñito que es toda una personalidad a sus diez años».

Ileana está convencida de algo: «Todos los seres humanos reaccionan perfectamente al cariño».

—¿Cuándo haces las cosas de tu casa?

—En las tardes y en las noches. En estos momentos somos diez trabajadores, incluidos los custodios, y estamos construyendo, ampliando la casa. Termino cansada el día, pero pongo mi cabeza en la almohada con satisfacción.

—Eres alguien muy importante…

—¿Usted cree? A veces pienso que no puedo hacer todo lo que yo quisiera…

Tesoros latentes

Con sus 36 años de edad, Ángel Alberto Álvarez, director de la Oficina de Desarrollo de Puerto Padre, es un admirable ejemplo de cómo la inteligencia y todo cuanto se aprendió en las aulas pueden ponerse en función del universo que uno ama. Diseñador formado en La Habana, artista plástico, profesor universitario, y todo el tiempo alguien que piensa en mejorar su ciudad, Ángel ha hecho las esculturas que a modo de pórtico dan la bienvenida a quien llega a la villa. Y a él se deben el precioso parque levantado en homenaje a Emiliano Salvador y el busto de Julio Antonio Mella que es, sin temor a ser desmedidos en la valoración, uno de los más bellos y naturales hechos al excepcional cubano.

Ángel vive orgulloso de su pueblo. Habla del huracán Ike que devastó el municipio en el año 2008 y que dejó profundas cicatrices que han podido ir cerrando con mucho esfuerzo. «Todos los lugares son lindos —afirma—, todos tienen su propia cultura, tienen razones para ser queridos, pero la gente quiere a Puerto Padre de forma gratuita y muy fuertemente. El puertopadrense común no puede vivir sin ese mar, al menos de paisaje. A mí no me da pena decir que nunca he pescado, pero aprendí a nadar y no recuerdo ni quién me enseñó. Aquí es algo consustancial a la vida, como nacer y seguir».

El joven destaca que en el país fueron escogidos 19 municipios para emprender en ellos una estrategia integral de desarrollo, y que dentro de ese grupo está Puerto Padre. Es algo que se convierte en un gran desafío para un municipio al cual pertenece el CAI Antonio Guiteras (el mayor productor de azúcar del país), y en el cual se ubican, además, la mayor fábrica de alcohol de calidad de Cuba, y la segunda salina en importancia a nivel nacional.

Son espacios, reflexiona Ángel, que intensifican el trabajo, y que hay que atender a la par de asumir creativamente el desarrollo endógeno del municipio.

Condiciones hay sobradas para que Puerto Padre crezca: ahí está su capital humano, en primer lugar. Están la historia, la arquitectura, las estatuas, tesoros como una imprenta del siglo XIX o un cementerio de barcos, o el Castillo de Salcedo (Fuerte de la Loma). Y está la naturaleza: el municipio cuenta, por ejemplo, con 28 kilómetros de costas, de los cuales 15 son playas de primerísimo nivel, vírgenes.

«El desarrollo es un clima, afirma Ángel, es creer que te puedes desarrollar, es una mentalidad, es una presunción básica. Tú tienes que creer que puedes hacerlo. Mucho tiempo de una estructura centralizada nos hizo daño, y algunos olvidaron que los municipios, en vez de ser el último, son el primer lugar de la nación. Martí lo dijo: el municipio es la sal de la nación. Por eso estamos trabajando fuerte en un proyecto de desarrollo integral». Lo dice pensando en las fincas fabulosas de Puerto Padre, en los más de cinco hoteles que hay que restaurar y poner en marcha, en la vida comercial y cultural que podría sembrarse en los predios del malecón, en toda la belleza y beneficio que podrían emanar de un municipio preñado de potencialidades.

Con pasión, y a la vez con realismo, Miguel Alfonso Jorge Aguilera, presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular en Puerto Padre, sopesa las fortalezas y desafíos que tiene el territorio en su empeño por desarrollarse: existe una importante infraestructura de la industria azucarera, lo cual impone la necesidad de elevar los niveles de producción. Y se cuenta, además, con buenos suelos destinados a las producciones agrícolas, las cuales podrían sustituir importaciones y satisfacer las necesidades de la gente.

Y al igual que Ángel Alberto, Miguel Alfonso aprecia en la arquitectura del municipio una especial fortaleza, «porque ella transmite valores, ideales, sentido de pertenencia, y permite defender lo que estamos construyendo.

«Esa arquitectura, junto a las  instituciones del territorio, pueden servir para un programa dentro del turismo, porque tenemos un hotel de turismo internacional, pero el turismo de ciudad es todo un reto».

Los puertopadrenses, reflexiona Miguel Alfonso, debemos seguir dando batalla por mantener la calidad de los servicios, por revertir la situación de la vivienda (la cual se deterioró mucho por el paso del huracán Ike), por mejorar el transporte público, por llevar el servicio del agua a todas las comunidades (hay 43 a las que se les lleva con pipas).

«El desafío más grande, asegura Miguel, es hacer que la obra de la Revolución perdure. Y para eso, todo lo que se haga en Puerto Padre debe sentirse, debe incluir el acto de la buena fe, de la entrega común de todos los días, de la voluntad de servir a los demás».

—¿Cómo se imagina sea el municipio en 20 años?

—He pensado mucho. Y lo hago pensando en mi hija y en mis nietos, en mis padres, mis abuelos. Sueño con un Puerto Padre con una industria azucarera eficiente, con unidades productoras competentes, con un puerto desarrollado, con un importante nivel de producción de sal, con hoteles, calles limpias, tiendas transformadas quizá con otros estilos, un fondo habitacional mejorado, una agricultura superior, y en todas las escuelas, pioneros que se alisten para que el futuro sea por siempre martiano y socialista.

«Puerto Padre es parte del sueño de Las Tunas y de Cuba. Y es legítimo soñar, consolidar, trabajar duro, porque esa es la única forma que nos permitirá superar los desafíos que la vida y la naturaleza nos imponen».

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