Código para una infancia feliz

Mientras más de cien millones de niños y niñas trabajan en los distintos sectores de la economía mundial, en Cuba se discute un Anteproyecto del Código de Trabajo que refrenda la protección y los derechos que la Revolución abrió para la infancia

Autor:

Margarita Barrios

Hoy he pensado mucho en mi infancia, la escuela, mis horas de juego, de descanso y los paseos familiares. También se dibujó en mi mente la sonrisa de mi hijo pidiendo «permiso para bajar», luego de terminar la tarea escolar, para ir a jugar con sus amiguitos.

Siempre que por motivos de trabajo visito centros escolares, encuentro en los niños y niñas cubanos esa tranquilidad en los ojos que solo puede ofrecer una infancia feliz, donde no hay dudas, ni pesadillas, ni temores.

Todos estos recuerdos me llegaron de golpe; el motivo fue la lectura de un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que expresa que en 2012 había 168 millones de niños y niñas trabajando en los distintos sectores de la economía mundial, lo cual representa el 10,6 por ciento de la población infantil. De ellos, 12,5 millones en América Latina y el Caribe.

Entre las diversas cifras escalofriantes se destaca que 73 millones tienen entre cinco y 11 años de edad, y 5,5 millones realizan tareas «forzadas», de los cuales 960 000 son afectados por situaciones de explotación sexual.

Según el mismo análisis realizado por la OIT, la situación ha mejorado en un 32 por ciento con respecto a 2006, pero el propósito de la humanidad de eliminar el trabajo infantil para 2016 es poco probable.

No puedo pensar cómo será para esos pequeños no asistir a la escuela, romper temprano con los «Había una vez» y los «Yo quiero ser». Y además sin espacio para soñar con mascotas, paseos, príncipes azules o profesiones, llegar a la cama agotados por el trabajo y esperar la luz del sol para volver cansados a la labor.

Para un cubano de hoy es difícil asumir que ese sea el camino de nuestros hijos, aunque la cotidianidad y la tranquilidad de algo «habitual» no nos permita a veces reconocer lo que tenemos, a pesar de que no sea todo lo perfecto que anhelamos.

Cuba exige de padres y tutores, por la ley, que los niños y las niñas asistan a los centros escolares de manera obligatoria hasta el noveno grado, o sea a las enseñanzas primaria y media.

Luego se les garantiza a todos la continuidad de estudios, es decir, formarse como técnicos de nivel medio, obreros calificados o acudir a los institutos preuniversitarios para acceder a la Universidad.

Cuba es firmante de la Convención de los Derechos del Niño y la Niña, y en el país no se acepta el empleo de menores en ningún tipo de labor. El mencionado documento es estudiado por todos los infantes del país, quienes aprenden a reconocerlo.

Por estos días los trabajadores del país, organizados en sus sindicatos, discuten el Anteproyecto de Ley del Código del Trabajo, y en este se establece que solo pudiera autorizarse el empleo de jóvenes a partir de 15 y 16 años de edad, a solicitud del empleador, como parte del completamiento de la preparación y entrenamiento de las habilidades adquiridas, con el consentimiento de los padres o tutores, al tiempo que disfrutarán de los derechos de trabajo y de seguridad al igual que el resto de los trabajadores. En dicho anteproyecto se regula que la capacidad para concertar contratos de trabajo se adquiere a los 17 años de edad.

El documento establece además que los jóvenes menores de 18 años podrán realizar trabajos en los que no estén expuestos a riesgos perjudiciales para su salud y desarrollo integral.

Así, normas establecidas protegen a los más jóvenes cubanos, para que sin saltar tiempos, deseos y oportunidades, puedan desarrollarse plenamente y, llegado el momento, nunca antes, asumir el lugar de los mayores.

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