La Isla del tesoro

Recuento de los valores y la historia de la Isla de la Juventud

Autor:

Roberto Díaz Martorell

NUEVA GERONA, Isla de la Juventud.— «Desdichado sea aquel que encuentre mis innumerables tesoros, ya que no habrá barco ninguno que encima pueda cargarlos todos». Son las últimas palabras de Jack Rackham —conocido como Jack el Calicó— antes de ser ahorcado el 17 de noviembre de 1720 por ejercer la piratería, y a las cuales algunos relacionan con el incontrolable afán que se desató poco después por hallar míticas fortunas en este territorio.

Un siglo después, el escritor inglés Robert Luis Stevenson publicó su novela de aventuras La Isla del Tesoro. Y muchos estudiosos consideraron a esta pequeña isla al sur de Cuba —con más de 400 años de historia y excelente base de operaciones para atacar a los navíos españoles— como una inspiración para el célebre autor.

Pero esta tierra ya había llamado la atención en 1494, cuando Cristóbal Colón la bautizó como La Evangelista (los aborígenes la denominaban Camaraco). Poco después le endilgaron los nombres de Isla del Tesoro e Isla de las Cotorras, hasta que España decide fundar en ellas, en 1830, la colonia Reina Amalia, con su capital Nueva Gerona.

A pesar del cambio en la vida y proyección de los que la poblaban —una isla abandonada a su suerte por siglos y ahora con dueño y planes—, la idea de encontrar aquellos tesoros perduró. Varios aventureros salieron en su búsqueda y, hasta donde se sabe, sin señales de éxito.

Sin embargo, otros apuntes refieren que sí existen tesoros por estos lares, tan relucientes como el oro… y tan comunes, que no reparar en ellos sería una torpeza.

¿Quién imaginó que la mayor entre las más de 600 ínsulas que conforman el sureño archipiélago de los Canarreos llegaría a convertir muchos sueños en realidades? ¿A quién le adjudicamos el crédito de transformar para bien una isla con varios siglos como guarida de bucaneros, y bitácora de una historia carcelaria de dolor, lágrimas y muerte?

Viaje al pasado

Los primeros ya estaban aquí. Esos que establecieron una relación con la naturaleza esencial para su vida y se desarrollaron a partir de sus principales tesoros: la tierra y el mar.

El conocimiento colectivo de los aborígenes que habitaron la costa sur de esta isla fue lo que posibilitó su sobrevivencia en playas, arrecifes y manglares, donde encontraron alimentos y la materia prima para fabricar instrumentos de trabajo.

La mayor evidencia de la presencia aborigen aquí la brindó el Doctor Antonio Núñez Jiménez, al ubicar un total de 261 dibujos o pictografías en 11 localidades; solo en la Cueva Número Uno de Punta del Este —considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre— se concentra casi el 81 por ciento de las muestras.

Pero ahí no había tesoros piratas, o al menos los que buscaron no los encontraron, pues a finales de los años 30 del siglo pasado dicha cueva se encontraba destruida, según José Ramón Alonso Lorea, creador del sitio web Estudios Culturales. Tres décadas después se ejecutaron los trabajos de restauración, muestra fehaciente de la voluntad por preservar su historia.

Historia insular que cuenta entre sus páginas la huella de José Martí. Fue este el segundo lugar de Cuba donde el Maestro permaneció más tiempo después de La Habana. Y los pasos pineros del Apóstol se conocen gracias a la iniciativa de Elías Sardá de atesorar el legado de la estancia de aquel joven en la finca El Abra, donde cumplió los días que lo separaban de la deportación.

Mientras, la vida en Isla de Pinos se sedimentaba poco a poco con otras culturas como la japonesa y la caimanera. Los habitantes de Islas Caimán arribaron entre 1903 y 1910 y se asentaron al suroeste del territorio, donde fundaron la villa de Jacksonville; asimismo la entonces Isla de Pinos estuvo siempre asediada por imperiales intereses, primero los de Inglaterra, y luego los de Estados Unidos.

Los supuestos tesoros: un islote con una posición geográfica envidiable para el área y con una zona franca comercial que enlazó las ansias norteñas de apropiarse de la identidad y el patrimonio de los pineros. Sin embargo, no contaron nunca con la voluntad y el sentido de pertenencia de los locales, quienes, liderados por Gonzalo de Quesada y Aróstegui, no se rindieron y, después de una larga lucha de 22 años, devolvieron a esta tierra la condición de cubana el 13 de marzo de 1925.

La historia que late

Fue aquí también, tras las imponentes rejas del mal llamado Presidio Modelo, donde los jóvenes de la Generación del Centenario guardaron prisión luego de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, y recibieron el apoyo popular que abrió las puertas de la libertad el 15 de mayo de 1955.

Ese mismo brillo humano dejó la impronta de cientos de jóvenes de todas las provincias, quienes acudieron al llamado de Fidel para recuperar lo perdido y avanzar mucho más cuando, en 1966, el huracán Alma arrasó con el programa de desarrollo integral. Junto a los pineros, ellos levantaron la Isla y por derecho propio, el 2 de agosto de 1978, cambiaron su nombre por el de Isla de la Juventud.

Aquellos bisoños no encontraron piedras preciosas ni monedas de oro. Muchos viven aquí y han echado raíces y descendencia. Y con el mismo ímpetu de antaño y el espíritu de verdaderos buscadores de fortunas, muestran a las nuevas generaciones el mapa con la ruta grabada para descubrir la riqueza que tienen frente a sus ojos: el hombre y su voluntad transformadora.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.