Cómo el Che me salvó la vida

El hoy prestigioso profesor suizo Jean Ziegler tuvo una reveladora conversación con el Comandante Guevara tras manejarle, casi por casualidad, por 13 días en su país. Aquel diálogo, que en el primer momento lo turbó, le dio verdadero sentido a su existencia y a su lucha, cuenta ahora a nuestro diario en una visita a La Habana

Autor:

Luis Hernández Serrano

Jean Ziegler conoció personalmente al Che en una oficina del hotel Habana Libre. Había venido a Cuba a cortar caña en 1962 y 1963, estimulado por la Juventud Comunista de la revista Claridad, de París, la cual organizó dos brigadas de solidaridad con la Revolución Cubana.

Desde esa primera vez las impresiones fueron muy gratas. «Conversé con él. Hablaba muy bien el francés, se refirió a varios temas, y lo escuché con suma atención».

Tanto tiempo después, de visita por estos días a La Habana, evoca para Juventud Rebelde ese y otros hechos desconocidos, que lo vinculan de modo fortuito e insólito con el Comandante Ernesto Guevara.

Este profesor emérito de Sociología y vicepresidente del Comité Consultivo del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU está considerado hoy como uno de los más lúcidos y comprometidos analistas de política internacional en Europa y el mundo. Relator Especial durante 2000-2008 de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, ha escrito interesantes y documentados libros sociopolíticos.

Nacido en Berna, Suiza, el 19 de abril de 1934, durante 30 años ha sido profesor y catedrático en la Universidad de Ginebra y también en la Universidad francesa de La Sorbona. En esta visita a Cuba lo acompañan su esposa, también suiza, Erica Ziegler, así como la mexicana Juliana Fanjul Espinoza (graduada en la Escuela de Cine, Radio y Televisión de San Antonio de los Baños) y los camarógrafos y técnicos de fotografía, grabación, audio y filmación, el colombiano Carlos Ibáñez Díaz (esposo de Juliana) y los suizos Nicolás Wadimoff y Camilo Cottagnoud.

«Un día, en marzo de 1964, un cubano de apellido Pérez, perteneciente a la agencia de noticias Prensa Latina en Praga, Checoslovaquia, me comunicó que el Comandante Guevara iría pronto a Suiza. En su condición de ministro de Industrias, fue al frente de una delegación de 12 compañeros a la I Conferencia Mundial del Azúcar, auspiciada por la ONU.

«Pérez, de unos 60 años, había sido militante del Partido Socialista Popular (PSP) aquí en la Isla. Me dijo que Cuba no tenía una embajada ni un consulado en Ginebra y me preguntó si podía ayudar en algo a la delegación cubana.

«Como tenía un carro marca “Mini Morris”, la ayuda fue convertirme en chofer del Che durante 13 días completos. Él y sus compañeros se hospedaron en el hotel Intercontinental, ubicado junto a la colina del Grand Saconnex. Los cubanos vivían muy modestamente, cuatro por habitación. El Comandante Guevara me dijo que su madre, doña Celia, se pasaba algunos días en Chamonix, célebre aldea de Francia, al lado del Monte Blanco, el pico más alto de Europa, y un domingo quiso que lo llevara a conocer esos lugares.

«Puedo decirle que durante los 12 días hablamos mucho. Él iba sentado a mi derecha, y detrás dos compañeros, supongo que de su seguridad personal. Mi viejo “Mini Morris” se portó muy bien en esos recorridos. Él nunca me pidió sentarse al timón.

«En ese tiempo en que le manejé —y que no podré olvidar nunca— me hizo cientos de preguntas. Sentía mucha curiosidad por todo lo de Suiza y, en particular, por Ginebra: su historia, su geografía, la cultura, la política y la economía.

«Me preguntó sobre el imperio de los bancos suizos, la Internacional Socialista, la ONU, la constitución. Y quería saber acerca de la primera revolución burguesa, la Calvinista, de 1535. Al parecer el Che no la conocía suficientemente. Solo respondía a sus preguntas. Yo sencillamente era un pequeño burgués sentado a su lado. Trataba de darle respuestas precisas. Se interesó también por la literatura francesa, por Jean Paul Sartre. Es importante decir que nunca discutimos. Lo traté con sumo respeto y admiración.

«Durante aquella estancia vi que un africano entraba a la habitación del hotel donde estaba el Che. Era un pequeño hombre con una barba. En ese momento no sabía quién era. Después supe que era un prestigioso revolucionario de Zanzíbar, Mohamed Babu. Quizá en ese hotel de Ginebra donde estuvo el Comandante Guevara, se establecieron contactos importantes relacionados con su misión en África.

«Antes de llevarlo en el carro para tomar el tren hacia Praga, me llené de valor y le pedí: “Comandante, quiero ir con usted”. Se acercó al borde de una ventana del hotel y me señaló la ciudad, era de noche. Me dijo: “¿Ves esta ciudad?”. Desde nuestra colina veíamos los anuncios publicitarios de bancos, tiendas, joyerías, de hoteles de lujo…

«“Sí, Comandante”, le respondí… Y me comentó: “Bueno, aquí está el cerebro del Monstruo…, donde tú naciste es aquí y es aquí donde tú debes combatir”». Me sentí lastimado, herido, subestimado tal vez, porque pensé que me consideraba un pequeño burgués inútil, incapaz. El Che no pronunció una palabra más.

—¿Y con el tiempo, mirando retrospectivamente hacia aquel instante, qué puede analizar de aquello que le dijo?

—Sinceramente, creo que de ese modo me salvó la vida, pues mi formación militar era cero. Si hubiera emprendido una misión militar de cualquier tipo, hoy no estuviera vivo: hubiera caído en algún país de América Latina, de África o de Asia. En lugar de esto, practico la integración subversiva en las instituciones burguesas. Ese ha sido mi humilde aporte a su lucha, ¿ustedes no lo creen?

Ziegler nos muestra tres de sus últimos libros en español: El imperio de la vergüenza; El odio a Occidente y Destrucción masiva. Geopolítica del hambre.

—¿Ha publicado otros libros?

—Sí, 25 en total, traducidos a numerosas lenguas en diferentes años. Todos escritos en francés y luego traducidos al español, notablemente por la editorial Península y la Destino, de Madrid.

—¿No ha escrito un libro sobre su vida?

—No…, cuando uno escribe sus memorias está pensando en la muerte… Y yo no pienso morirme todavía. Además, soy un militante y tengo aún tareas.

—¿De muchacho soñó que usted iba a escribir libros?

—No, de muchacho soñé que cuando fuera mayor iba a hacer la Revolución…

—¿Soñó que iba a hacer socialismo?

—El socialismo, naturalmente… Yo soy comunista, y por convicción profunda. Por razones tácticas soy miembro del Partido Socialista de Suiza y también integrante de la Internacional Socialista. ¡Sepa que soy comunista de corazón!

«Quiero escribir libros sobre el hambre. Es la masacre más escandalosa del mundo. Hay millones de personas subnutridas y hambrientas. Cada cinco segundos un niño menor de diez años muere de hambre. En cambio, hoy la agricultura planetaria podría alimentar a 12 mil millones de personas, casi el doble de los habitantes de la Tierra.

«Vea usted qué curioso. Entonces no hay falta de alimentos, sino de acceso a la alimentación, de voluntad política y gubernamental para hacerla llegar a los pobres que la necesitan. ¡Un crimen contra la humanidad! ¿No? Por eso yo digo que un niño que muere de hambre es un niño asesinado».

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