En la diana memorable

La finca Santa Elena atesora la huella de aquellos jóvenes que, hace 62 años, llegaron hasta allí para las prácticas militares de una acción que no dejó morir las ideas del Apóstol

Autor:

Yunet López Ricardo

LOS PALOS, Nueva Paz, Mayabeque.— Está en medio de la cañada de Los Quesos, tiene más de un siglo de vida y ha echado raíces hondas. Su tronco envejecido trató de abrirse hace algunos años, pero unos anillos de hierro ya lo abrazan y unifican. El árbol de mamoncillo macho, huérfano de frutos, sabe de los mambises con el machete en alto y los tiros que recibió cuando unos muchachos, en 1953, mejoraban la puntería en su cuerpo.

En la cañada ocurrieron combates en 1896, durante las guerras libertadoras, y cayó el teniente coronel Herminio Rivera Núñez, mambí de más alta graduación al frente del regimiento de Los Palos. Esperaría entonces Santa Elena casi 60 años para otra vez entrar en la historia de Cuba.

Se respira el olor de la pólvora  junto a las voces que cantan la Marcha del 26 de Julio, pues fue allí donde Fidel pidió a Agustín Díaz Cartaya escribir un himno que inspirara a los jóvenes a la lucha, y nacieron las primeras estrofas.

Esa tierra sintió cascos de caballos y ruedas de autos que perseguían a quienes apostaban por una Cuba libre. La cañada ha burlado el tiempo, guarda aún algunas dianas de cartón y laticas de leche que eran blanco de los jóvenes en 1953, cuando realizaban entrenamientos militares previos a los asaltos de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

También la risa de Juan Almeida cuando acertó cuatro de las seis dianas a pesar de no haber tirado con un fusil calibre 22, pocas veces con escopeta y casi nunca con revólver. Aprovechó así la media docena de balas que entregaban a cada practicante.

La estación de Los Quesos todavía mira al tren detenerse; en aquella época algunos revolucionarios viajaban en él de La Habana hasta la finca. Y también sigue en pie el chalet de madera azul, construido a finales de la década de los 30 y dentro del cual Fidel, un domingo de junio de 1953, dio las primeras explicaciones a los muchachos sobre cómo serían los entrenamientos. La finca Santa Elena, ubicada en el poblado mayabequense de Los Palos, huele a historia.

Cómo empezó todo

A principios de los años 50 la finca era propiedad de Mario Hidalgo-Gato González, un joven ingeniero agrónomo, militante primero del Partido Auténtico y luego del Ortodoxo, enrolado en actividades contra el gobierno de Fulgencio Batista. Por ese tiempo se preparaban los revolucionarios para una acción, pero no se sabía cuándo ni dónde ocurriría. Solo estaba clara la necesidad de una sólida preparación para enfrentarse a un ejército mejor equipado.

Ya la Universidad de La Habana, la finca El Globo, en  Calabazar, otra en Catalina de Güines y el Club de Cazadores del Cerro no eran seguros. Entonces Fidel Castro le pide a Mario que busque un lugar.

«¿Sabes en lo primero que mi padre pensó cuando Fidel, aquella mañana de junio de 1953, le pide que buscara un sitio para realizar los entrenamientos de tiro? Pensó en los campamentos mambises de los que mi abuelo Emiliano, teniente del Ejército Libertador, le había hablado. También en la Ciénaga de Zapata, pero todos eran de muy difícil acceso», comenta Eddy Hidalgo-Gato, quien atesora y comparte con los lectores de JR, los recuerdos de su padre, Mario.

Cuenta el hijo que así pasaron varios días y aún Mario no tenía respuesta, pero en un momento inesperado, salió aprisa hacia Los Palos y al mediodía abordó el tren para La Habana, durmió esa noche en la capital y al día siguiente se encontró con Fidel.

En la oficina de Abel Santamaría, en la calle Consulado, en Centro Habana, Mario explicó las características de la finca. Ese mismo día Fidel visitó por primera vez Santa Elena y el 21 de junio comenzaron los entrenamientos, los cuales se extendieron hasta el 19 de julio, solo siete días antes de los hechos en Santiago de Cuba y Bayamo.

Apuntando al mamoncillo

Aquel 21 de junio de 1953, alrededor de 70 hombres llegaron a la finca, ubicada aproximadamente a 90 kilómetros de la capital. Seis máquinas y un «pisicorre» parquearon detrás del chalet. Fidel les habló sobre los cuidados que debían tener y cómo se iban a realizar las prácticas.

Los entrenamientos se realizaron primero los fines de semana, pero, por la cercanía de la fecha prevista para la acción, se volvieron diarios. Los jóvenes arribaban por diferentes lugares, mediante el ferrocarril algunos y la mayoría en autos. No ocurrieron llegadas ni concentraciones masivas, los grupos se iban  rotando y los trabajadores de la finca estuvieron a la altura de las circunstancias.

«Fue importante el silencio, el no hacer comentarios de algo que ellos sabían. Pudieron haber puesto en peligro a toda la Generación del Centenario y a la máxima dirección del Movimiento: Fidel, Abel, Oscar Alcalde, Boris Luis Santa Coloma, Ernesto Tizol, Pedro Miret; y no lo hicieron», explica Eddy.

Los trabajadores de Santa Elena tenían a su cuidado los linderos mientras ocurrían las prácticas. De ellos dependía que no fueran vistos los muchachos ni fuera delatada la acción. Por eso, mucho tiene que agradecerle la historia a Ramoncito Padrón, el bueyero; Ramón Rodríguez, «el Isleño»; Bernardino Hernández, los hermanos Isla, y otros que laboraban allí.

Uno de ellos, Manuel Isla, se enroló al Movimiento, participó en el ataque al Moncada y murió en la acción. El joven simpático, atrevido y valiente, ofreció la flor de sus 19 años a la Patria, la misma edad que tenía el teniente del Ejército Libertador Emiliano Hidalgo-Gato, padre de Mario, cuando se fue a la manigua a defender ideales independentistas.

En Santa Elena se concretó la preparación y se seleccionó a la mayoría de los futuros asaltantes. Fue el lugar donde se reunió y entrenó la mayor parte de los jefes de la acción.

Frutos que dan luz

Mario Hidalgo-Gato encontró el lugar que quería Fidel para realizar los últimos entrenamientos antes de atacar la segunda fortaleza militar mejor equipada del país. Con las escopetas de su padre, veterano de la guerra de 1895, aprendió a disparar y tenía buena puntería, por lo que no participó en los entrenamientos y se encargó de la vigilancia del lugar.

Su casa era una de las pocas que tenían radio en aquellos años, y escuchándola, Mario supo lo que había ocurrido en Santiago de Cuba.

Fidel seleccionó a los participantes de Nueva Paz: Manolo Rojo, Rolando Guerrero, Manuel Isla, Genaro Hernández, Guillermo Elizarde y Tomás Rodríguez. Luego de lo sucedido, en Los Palos se escuchaban comentarios de que en Santa Elena habían ocurrido entrenamientos, lo cual llegó a oídos de la guardia rural.

«El jefe del puesto de la policía en Los Palos era el teniente Hernández Leal, amigo de mi familia, y le avisó a mi padre de que al día siguiente efectuarían un registro en la finca», rememora Eddy.

Había llovido mucho ese día, pero hasta la cañada fue Mario con algunos trabajadores y hallaron varios casquillos de balas. A la mañana siguiente, la guardia rural registró y no encontró ni uno.

Mario cayó preso; pero las relaciones de su familia con Hernández Leal garantizaron su seguridad. Le impusieron la misma causa que a los asaltantes; mas no pudieron enjuiciarlo en La Habana por algo ocurrido en el oriente del país. El abogado ganó tiempo y logró libertad condicional; posteriormente quedó libre con la amnistía de 1955.

Antes de la Revolución padeció la persecusión de la dictadura, y después de ella, no pocos compañeros suyos en Nueva Paz dijeron que por falta de valentía Mario no participó en los hechos del 26 de Julio, pero solo por cuestiones estratégicas no sintió el Moncada sus disparos. Era un hombre señalado en Nueva Paz por sus actividades revolucionarias y su partida levantaría sospechas.

Luego de la acción continuó luchando en la clandestinidad junto a Melba Hernández, Faustino Pérez y otros revolucionarios. Al triunfo de 1959 retoma su labor como ingeniero agrónomo y perito químico azucarero en el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) y como profesor de la escuela Álvaro Reinoso forma a los primeros técnicos medio en Agronomía del país después de la victoria de enero.

Este soldado nunca supo el día en que sus compañeros se fueron a la lucha. Así de compartimentada tuvo que organizarse la acción. Mario Hidalgo-Gato murió el 10 de noviembre de 2011.

Este 2015 se cumple un año de la declaración de Santa Elena como Monumento Nacional, la tarja y el chalet reconstruido están allí, pero el tiempo, a Mario no le permitió verlos.

Hoy son muchos los que, a diario, van hasta la finca del ingeniero agrónomo hijo de mambí para palpar la historia.

El mamoncillo sigue ahí, sin envidiar los frutos a los otros árboles, pues en su tronco guarda las cicatrices de cuando, de frente a las mirillas, ayudó a dar a luz a Cuba.

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