Viaje al centro de la gratitud

Eran muchos los pacientes a la espera de este encuentro, para contar de sus vidas marcadas por el Convenio de Salud Cuba-Venezuela. Los que están en estas líneas son apenas la punta de una inmensa historia de humanidad

Autor:

Alina Perera Robbio

Estado Táchira, Venezuela.— Ha sido largo el camino desde Caracas. Parecía eterna la carretera escurriéndose debajo de la camioneta. Tras despedirnos de la capital, hemos atravesado los estados de Miranda, Aragua, Carabobo, Cojedes, Portuguesa y Barinas. Por suerte, el paisaje distrajo muchas veces de la lejanía: verdor intenso, montañas vestidas de claroscuros, palmeras, riachuelos, árboles de una hermosura alucinante, piedras lisas, verdaderos adornos…

En San Cristóbal, capital del estado, aguardan historias que valen el viaje. Bien lo sabe la doctora Sofía Lisette Mitrane León, graduada como Médico General Integral, quien estuvo entre los primeros llegados a Venezuela en 2003 y que ahora labora como especialista principal de Asistencia Médica. En el Centro de Alta Tecnología Medarda Piñero, nos abre los brazos y explica que conversaremos con pacientes beneficiados gracias al Convenio de Salud Cuba-Venezuela. Ellos suelen asistir en días específicos para ser evaluados, y así nace una primera propuesta que ascenderá hasta una comisión nacional, sobre si continuarán rehabilitándose en Venezuela o en la Isla.

El primer paciente que nos saluda es Ricardo David Bastardo Pineda, de 12 años. Viene con su madre, Yenis Pineda, ama de casa, de 44 años, a quien el niño le profesa un cariño especial. La doctora cuenta que él padece de una parálisis cerebral infantil, y que por eso fue a Cuba.

David Ricardo no hablaba, no podía sentarse ni caminar. «Hemos logrado —dice la doctora Sofía— que pronuncie algunas palabras, su nombre, los saludos, que se comunique con la familia. Ya camina algo con apoyo. Se decidió que continuara la rehabilitación, aquí, con nosotros. Ya quiere jugar béisbol, fútbol, y participa en la escuela con apoyo familiar».

La madre cuenta que a David se le detectó su problema a los cinco meses de nacido. Desde entonces la lucha no ha cesado. Grandes avances pudieron lograrse en 2013 y 2015, cuando el paciente visitó Cuba a través del Convenio de Salud.

«Tengo otros dos hijos —dice Yenis—, una de 19 años, y uno de nueve. David es el del medio. Acudí a los médicos cubanos a través de las misiones que se han propagado en Táchira. El niño ha estado en su rehabilitación física desde los seis meses. Hemos tenido el apoyo de todos los cubanos, que poseen gran calidad humana, carisma y dedicación».

David, con gran esfuerzo, se pone de pie desde su silla de ruedas. Para que veamos. Cuenta con un fisiatra, un foniatra y un rehabilitador. Estudia el sexto grado en una escuela regular. Su parte cognitiva está intacta. Es muy inteligente y despierto.

—¿Te gusta la escuela?, pregunto luego de que el niño me ha tirado un beso desde la distancia.

—Sí.

—¿Quieres decir algo a los cubanos?

—Que gracias a ellos he ido a Cuba a realizar mi sueño de caminar. Y que por ellos fui a La Habana con mi mamá.

Yenis agradece a la vida que le haya puesto a los cubanos en su camino: «Realmente es un beneficio que nunca habíamos tenido y que hay que agradecer y mantener».

Felicidad en acción

Siete veces ha ido Yolanda Marín, de 49 años, a Cuba. Nacida en Colombia, ama a Venezuela, donde vive desde hace 35 años. «Le doy gracias a Dios —es lo primero que expresa— por la oportunidad que he tenido de conocer este Convenio, y por vivir en la Revolución Bolivariana».

Ella es fundadora de la mayoría de las misiones nacidas en Junín, municipio de Táchira. Su hijo Luis Miguel Belandria, de 22 años, ha estado siete veces en la Isla, desde 2002, por padecer de una parálisis cerebral. «Con todas las complicaciones que podía traer su situación de salud, aquí no me dieron esperanzas de que él pudiese evolucionar, pero a raíz de conocer el Convenio Cuba-Venezuela me di cuenta de que las oportunidades existían para él.

«Cuando llegamos a Cuba comenzó un proceso de exámenes, y luego vino la rehabilitación. De 2002 a 2003 mi hijo recuperó la postura recta, logró controlar el tronco; incluso hasta la fecha, en su silla de ruedas, él no utiliza los laterales a modo de soporte».

Yolanda es una trabajadora social muy activa. Ha sido fundadora de una sala de rehabilitación, ayuda a que otros pacientes puedan ampararse en el Convenio. «Todo este proceso de la inclusión, de conocer a la gente, de ver la situación real de nuestro entorno, ha sido una tarea hermosa», afirma.

Sus estancias en Cuba no han sido meros pasos para la atención a su hijo. Confiesa que esa experiencia le cambió la vida, le enseñó estilos y modos de organizar el pensamiento, y que si no pudo estudiar entre nosotros ha sido porque debe cuidar a Luis Miguel. Su papel de cuidadora le ha ido deteriorando la salud: ya sufre limitaciones en la movilidad, afectaciones óseas, y han tenido que operarla.

«Pero seguimos luchando —enfatiza—, porque esto no es para nosotros. Tenemos un compromiso moral, de principios, una responsabilidad que adquirimos con un código de ética como trabajadores sociales y no podemos abandonar todo lo que el presidente Chávez nos dejó. La lucha que él dio y la que dio Fidel, tienen que mantenerse».

Para ella los cubanos siempre están en disposición de atender a todos los países; nunca dicen que no, son gente guerrera y victoriosa, que la han hecho una persona feliz.

La gotica de petróleo

Ceguera nocturna. Fue lo que le diagnosticaron a sus 12 años de vida a Morela Ostos, hoy con 63. Ama de casa y terapeuta, recuerda que fue perdiendo la visión hasta que la operaron en el hospital central de Táchira. Le colocaron lentes de contacto que le duraron 25 años, hasta que empezó a rechazarlos y todos los caminos parecían cerrarse. Un buen día se encontró con un oftalmólogo cubano, «excelente», dice, quien le detectó retinosis.

«Entonces entré en el Convenio Cuba-Venezuela, que gracias a Dios, al Comandante Chávez y al Comandante Fidel, me dio el milagro de la Misión Milagro».

—¿Qué le hicieron?

—Me operaron en Cuba, en 2009. Me ampliaron el campo visual, me hicieron todos los estudios, excelente trato. Estuve allá un mes con mi hija y regresé con mis lentes especiales. Una vez escuché decir al presidente Chávez que él le iba a dar a su pueblo la gotica de petróleo que ningún otro presidente le había dado, y cuando empezó a crear las misiones, yo visualicé que ellas son esa gotica de petróleo que él nos ofreció.

«Tengo dos hermanos y una hermana que ya están ciegos, y un hijo y un nieto que ya están presentando la ceguera nocturna (llora) y no han sido vistos por un especialista».

—Pero ahí está el Convenio. ¿Cómo es su visión?

—Veo bastante bien de lejos.

—¿Puede leer?

—Sí, yo me acomodo un poco los lentes y logro leer. Doy las gracias todos los días de mi vida.

En Cuba, dice, la sanación es por fuera y por dentro. «Uno se siente mejor y quiere volver; uno regresa renovado».

Luz en madre e hijo

Entran madre e hijo a una pequeña salita donde contarán sus vivencias: Concepción Villanizar León, de 64 años, quien trabaja en la Dirección de Educación de Táchira, es maestra de gastronomía, y tejedora, y Luis Alexander Corredor Villanizar, de 40 años, servidor público, que también labora en la Dirección de Educación del estado.

«El Convenio de Salud Cuba-Venezuela —dice ella— nos ha ayudado mucho. Yo soy portadora de retinosis pigmentaria, por lo tanto mis dos hijos llevan en su genética el padecimiento. Siempre nos decían que teníamos una miopía maligna, hasta que gracias al Convenio nos hicieron una evaluación y nos dijeron que era una retinosis.

«Hemos ido cuatro veces a Cuba. Nos diagnosticaron la enfermedad en 2003. La mejoría ha sido grande, por eso debemos cuidar mucho este Convenio, y cuidar a nuestro actual presidente, quien lleva la batuta de todas las misiones.

«El daño, que venía galopando, no ha avanzado tanto a raíz del tratamiento que nos hacen. Todos los que en mi familia han padecido la enfermedad mueren cieguitos. A la edad que yo tengo ya ellos no veían nada. Gracias al tratamiento que me hacen en Cuba todavía puedo caminar, salir de la casa, trabajar, cocinar, tejer. El Convenio no es solamente para la visión, es para muchas enfermedades; hay mucha gente que se ha salvado de perder una pierna por la diabetes. La Revolución tiene que seguir muchos años para que todos tengamos esa ayuda».

Luis Alexander afirma tener en su corazón un gran agradecimiento por la unión de dos pueblos hermanos. «La idea humanista y socialista nos ha facilitado poder tener un tratamiento, una mano amiga en el noble pueblo de Cuba».

Las historias son disímiles, todas conmovedoras. En un aula del Centro de Alta Tecnología nos esperan muchas voces que no caben en estas líneas. Pido tan solo una palabra a cada uno de los pacientes. Y empiezan las definiciones a fluir: amistad, milagro, entrega, excelencia, humanidad, servicio, éxito, caridad, cooperación, gratitud, bendiciones, solidaridad, voluntad, calidad, esperanza y amor.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.