Los sueños y las contiendas terrenales

Ese ser gigante llamado Fidel —para quien la gloria, como dijera el Apóstol, cabía toda en un grano de maíz— era un hombre inspirador de sueños porque primero había sabido librar inmensas batallas en el mundo real

Alina Perera Robbio
perera@juventudrebelde.cu
12 de Agosto del 2017 22:01:13 CDT

Más de una vez, hace ya años, soñé con Fidel. Lo interesante es que la escena del sueño se repetía: el Comandante en Jefe estaba sentado en un sillón, muy cerca de mí; y yo, en otro. Transcurría siempre la misma conversación.

Por misterios que ese universo de las quimeras entraña, yo nunca alcanzaba a descifrar el contenido del diálogo una vez abiertos los ojos a la realidad. Pero algo resultaba más que nítido: el tono de ambos.

El mío tenía que ver con alguna angustia, con la solicitud de algún consejo que no podía esperar. El del hombre excepcional era una fuente de la cual emanaban soluciones, pautas urgentes a seguir.

Lo que más me gustaba de ese sueño era una cercanía asombrosamente familiar, como de padre e hija. Bajito —como tantas veces hablaba cuando compartía declaraciones con los periodistas—, muy cercano desde su sillón, él me iba diciendo qué hacer.

Como los sueños siempre se conectan en muchos puntos con la realidad, lo común para ambas dimensiones resultaba ser el ambiente de familiaridad del cual, a lo largo de los años yo, de la mano de mi madre, me había ido apropiando para hablar del líder de la Revolución Cubana: las dos atendíamos a sus comparecencias como parientas cercanas que conocían bien al discursante.

«Ya cogió fuerza…», comentábamos cuando frente al televisor notábamos que la voz del líder tomaba un color encendido. Después venía otro peldaño emocional que también advertíamos: «Ya se puso bravo…». Esa parte solía llegar cuando el tema era el ataque más reciente del enemigo y los argumentos del luchador irrumpían con fuerza de tempestad, o a veces a modo de advertencia pausada, tan despacio como para transmitir la gravedad de las circunstancias.

A decir verdad mi madre y yo nos fijábamos en todo: en sus cabellos, en su rostro cansado o despejado, en su evidente alegría, o en su tristeza; en una gestualidad, incluidos los silencios, que era capaz de comunicar todo el tiempo.

Un día la escena de los sillones entró en la dimensión de lo tangible: Sucedió el 17 de julio de 2003, en Pinar del Río.

El día anterior la dirección del diario Juventud Rebelde me había pedido partir a esa provincia sin darme detalles de la tarea a cumplir. El 17, al llegar, realicé una entrevista periodística.

En el momento en que hice mi trabajo ya sabía que el Comandante en Jefe estaba interesado en los resultados de esa conversación. «Se lo harán saber una vez que el diálogo esté transcrito», pensé al concluir la tarea. Y me disponía a regresar a La Habana cuando inesperadamente me comunicaron que Fidel aguardaba en una casa para intercambiar algunas ideas. Como siempre sucedía, me puse muy nerviosa.

Subí una rampa. Entré. Y allí estaba el Comandante en Jefe. Me brindó agua, té, jugo, café. Me dio por decir no a todas las opciones. Pero él, advirtiendo mi estado de ánimo y con un sentido extraordinario del humor, me sacó del trance: Me preguntó si quería un meprobamato. Aquello, entre la risa y la sorpresa, fue como una sacudida para seguir.

Fidel, sentado en un sillón, me transportó a mis sueños de niña, de adolescente intranquila y fidelista. Transcurrió el diálogo con fluidez. Era fácil darse cuenta de que, desde mucho antes, él tenía la respuesta que yo le traía. Y fue hermoso comprender que, como siempre, su desvelo consistía en calar en lo más hondo para salvar a los seres humanos, en despejar incógnitas para encontrar las mejores soluciones a episodios que a veces parecían cerrados por el nudo de lo imposible.

Lo que en aquella escena parecía escapado de un sueño —y de este detalle ya escribí alguna vez—, fue algo que sucedió durante aquel encuentro: Fidel pidió un café que le trajeron en una taza muy blanca, con su platico. Yo miraba su uniforme impecablemente planchado, el modo en que él observaba atentamente. Y de pronto reparé en algo para mí revelador: la tacita tenía una rajadura que se había convertido en un trazo grueso y oscuro por el paso del tiempo.

La tacita, objeto de la costumbre, resumía en aquella fisura insólita toda la sencillez, la abrumadora humanidad de un ser excepcional. «No puede ser», me dije mientras intentaba encontrar sentido a aquella rotura en la taza tan blanca.

Reparé entonces, por un momento, en que ese ser gigante —para quien la gloria toda, como dijera el Apóstol, cabía en un grano de maíz, y hasta de arroz— era un hombre inspirador de sueños, porque primero había sabido librar inmensas contiendas en nuestro mundo real.

Cinco años después, en una carta que terminó de escribir a las 8 y 32 de la noche del 10 de junio —cuya destinataria privilegiada era yo—, Fidel, luchador con los pies muy en la tierra, volvía a recordarme que la realidad es la primera en imponernos el paso, y que las pulsaciones del mundo están marcadas por cifras nada poéticas: «La pregunta que todos debemos hacernos —había redactado Fidel— es si nuestra conducta y nuestros objetivos son conciliables con las leyes de la naturaleza y los frutos de la inteligencia humana».

Expresaba entonces, hace ya casi una década: «Decenas de noticias llegan diariamente sobre la crisis alimentaria, los precios de la energía y las materias primas, el cambio climático y otros problemas interrelacionados.

«(…) Hoy no se utiliza el ábaco para hacer cálculos, como ocurría cuando estalló la primera revolución socialista hace 90 años. Junto a las armas nucleares, químicas, biológicas y electromagnéticas, la ciencia desarrolló las computadoras. Hace dos días la prensa de Estados Unidos informaba sobre una gran computadora militar capaz de hacer millones de millones de cálculos por segundo. La bautizaron con el nombre de un pájaro del estado de Nuevo México, “Correcaminos”; en inglés, Roadrunner. Su costo fue de 133 millones de dólares. El cable añade que “si los seis mil millones de habitantes del planeta usaran sus computadoras personales todo el tiempo, les llevaría 46 años hacer los cálculos que Roadrunner puede hacer en un día de trabajo”.

«Son cifras, querida Alina, que desbordan la imaginación y me obligan a utilizar en esta carta los datos nada literarios que contiene».

«(…) Pienso que en el mundo actual los principios del socialismo habría que aplicarlos ya; después sería demasiado tarde».

Sigo soñando, como cualquiera de mis semejantes. A estas alturas de mi existencia, sin embargo, sé que mi afán de belleza —sueño y legítimo derecho que siempre querré para la Isla que me vio nacer y crecer— lleva detrás, o debajo, entregas difíciles, batallas muy duras, a veces nada hermosas.

En hacer esa salvadora distinción entre los imprescindibles horizontes y el mundo real que ha de ser cambiado, la maestría de Fidel dejó lecciones que sería imperdonable olvidar.

La relación de Fidel y los jóvenes se caracterizó siempre por una genuina empatía. Foto: Archivo de JR

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La maestría de Fidel dejó lecciones que sería imperdonable olvidar. Foto: Cortesía de los autores

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