Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Diálogo (casi) sobre ruedas

En la capital cubana, el servicio de taxis para pacientes de Hemodiálisis no se paraliza

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Llevo días «cazando» a uno de estos personajes para entrevistarlo, pero se van tan rápidos y silenciosos como llegan, y en lo que me coloco el nasobuco y abro la puerta ya se me escaparon. Hoy puse a mi mamá a velar desde el balcón y logré robarle a Carlos Hernández cinco minutos de su valioso tiempo, que me concedió gustoso en lo que Luis Larrazabal Becerra salía, listo para enfrentar su rutina de cada lunes, miércoles y viernes.

Dos cosas me impresionaron de este taxista: la juventud y lo bien que combinan gorra y máscara. Según me cuenta, pertenece a la base 62, de Alamar, una de las que no recesan por estos días (ni nunca), porque la transportación de personas que dependen de una Hemodiálisis no puede parar, ni siquiera en medio de esta voraz pandemia.

Como mi joven vecino lleva ya algunos años en la lista para un trasplante de riñón, los taxis frente a su puerta son parte del paisaje barrial. Incluso me resultan familiares algunas caras, casi siempre de hombres mayores, que bajan del vehículo para disfrutar una olorosa taza de café.

Pero los «tembas» de la base parquearon en casa, precavidos, y la juventud asumió el reto, con apoyo de la base 72, de Guanabacoa.

Carlos maneja con guantes desechables porque entre sus destinos hay hospitales con pacientes aislados y ninguna protección está de más. En casa lo espera la esposa con una jabita lista para envolver la ropa del día, y en cuanto se despoja de ella se da un baño, para reforzar.

«Cumplo todas las medidas que explican en la televisión, pero no dejo de trabajar porque este es un servicio básico, humanitario, que para los pacientes es gratis, pero el Minsap (Ministerio de Salud Pública) se lo paga a la empresa», especifica.

Contrario a su costumbre de andar mucho en la calle, lleva varias semanas acogiéndose, la mayor parte del tiempo, a la seguridad hogareña, donde se apela a toda la imaginación posible para mantener a un adolescente de 12 años ocupado.

«Mi hijo normalmente no es de la calle, y ahora, con esta situación, menos lo dejo salir. Incluso yo trato de estar fuera el menor tiempo posible: Llevo las hemodiálisis y me recojo, hasta que me avisen para regresarlos».

Entre los tres inventan juegos didácticos, ven películas, compiten al Parchís o el Monopolio, recargan las memorias con material de interés familiar… A veces, reconoce, el encierro lo irrita un poco. Pero ve a los suyos a salvo y persevera: Cualquier cosa es mejor que exponerse por gusto al contagio. «¿Cómo berrearme con mi hijo?», reflexiona.

«No es fácil, casi no “me hallo” en la casa, pero hay que hacerlo así. Además, estoy aprovechando este tiempo para estar un poquito más unido a mi hijo ¡aunque me da un chucho…!».

¿Quién te hizo el nasobuco?, le pregunto, y adivino una sonrisa de orgullo tras la tela: «¿Este? ¡mi esposa! Y también me ha hecho algunos mi mamá». Su locuacidad se interrumpe al mencionarla y, titubeante, confiesa:

 «Al principio se molestó un poco porque le pedí que no anduviera más en la calle ni me visite. Ella cuida a otros viejitos y no es cosa de correr riesgos. Ahora me llama a la casa y yo paso algunos días por la suya para verla desde fuera. Es duro, pero ¡bueno!».

Luisito y su madre, Mariela, cierran la reja del portal y montan aprisa en el vehículo, que apenas logro fotografiar. La abuela los ve irse, como siempre, con la tranquilidad de saber que en unas horas ya estarán de vuelta.

Para esta noche, cuando nos asomemos a aplaudir, ambas tendremos otro nombre rondando en nuestras agradecidas cabezas.

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