Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Un monumento a la lealtad

Francisco Cabrera figura entre los oficiales que prestigiaron con su actuación la Dirección de Seguridad Personal, que recientemente arribó a su 60 aniversario

Autor:

Juan Morales Agüero

El 23 de enero de 1959, algo más de tres semanas después del triunfo de la Revolución, el antiguo campamento militar de Columbia hierve de actividad. Una delegación oficial cubana aguarda en sus instalaciones, presta para volar a Venezuela. La integran dirigentes, militares e invitados, con el Comandante en Jefe Fidel Castro al frente. Es su primer viaje al exterior como líder del flamante proyecto emancipador.

Luis Báez, uno de los periodistas que cubrió aquel histórico acontecimiento, reseñó así algunos pormenores del momento:

«En la pista, dos aviones: un Britannia, de la Compañía Cubana de Aviación, y un Super Constellation de Aeropostal Venezolana. En la terminal hay más pasajeros que asientos tienen las dos naves. […]. Fidel ordena que incorporen un tercer aparato, este de la Fuerza Aérea. […]. Él y su comitiva —Celia Sánchez, Pedro Miret, Paco Cabrera, Violeta Casals, Luis Orlando Rodríguez y otros compañeros— realizan la travesía a bordo de la nave de matrícula venezolana».

El viaje trascurre con normalidad. Cuando el avión aterriza en el aeropuerto de Maiquetía y Fidel sale, la multitud grita, eufórica: «¡Viva Cuba! ¡Viva Venezuela! ¡Viva Fidel!». Todos quieren ver de cerca al rebelde barbudo, quien acude a la patria de Bolívar a agradecer su apoyo a la lucha por la libertad de Cuba, y a celebrar juntos el primer aniversario del derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Fidel despliega en Venezuela un intento programa. El mismo 23 de enero participa en un acto de masas en una plaza de Caracas. La prensa calculó en más de 300 000 los asistentes. El líder le habló a la multitud durante dos horas sobre la nueva era que comenzaba en Cuba. También sostuvo encuentros, concedió entrevistas, hizo declaraciones y visitó lugares. La estancia se extiende por cinco memorables jornadas. Solo un lamentable hecho la ensombrece: la trágica muerte de Paco Cabrera.

El guajirito de Vázquez

Francisco Cabrera Pupo (Paco) nació el 4 de diciembre de 1925 en una comunidad rural próxima al poblado de Vázquez, en el tunero municipio de Puerto Padre. Fue el cuarto hijo de los nueve engendrados por una familia pobre y humilde. Desde pequeño conoció como únicos juguetes la azada y el arado. Las exclusiones le fueron forjando el carácter. Así, su voluntad de transformar aquel estado de cosas no tardó en aflorar.

Su primera trinchera de combate es el ala juvenil del Partido Ortodoxo, la organización que encabezaba Eduardo Chibás. El Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 aviva sus ideas de justicia social. Hace contacto con células revolucionarias de la zona. Conspira, lo capturan, sufre prisión y torturas.

Al salir liberado, se une al Movimiento 26 de Julio. A mediados de 1957, la organización le ordena incorporarse al Ejército Rebelde como parte del primer refuerzo enviado por Celia Sánchez a la Sierra Maestra. Antes de partir para las montañas orientales reunió a sus hijos en torno suyo y les dijo: «Es preferible que digan mañana “su padre murió combatiendo por su patria y sus ideales”, a que piensen que actuó como un cobarde o sin luchar contra la tiranía».

Uno de sus compañeros hizo en aquella época este retrato de Paco: «Medianamente alto, de piel blanca, tirando a rubio, barba rojiza, ojos verdes, carácter jovial, jaranero y dicharachero, bailador de cualquier música, admirador del cantante boricua Daniel Santos, apasionado por la pelota, fanático del equipo Almendares…». ¡El clásico cubano!

En las cúspides gloriosas

Tras escalar las serranías rebeldes, lo asignan a la Columna 4, al mando del Che, y se pone a las órdenes de Ciro Redondo, jefe de su retaguardia. En cada misión demuestra valor, como en Bueycito, el 1ro de agosto de 1958. El 30 de ese mes, en El Hombrito, y ante la caída del jefe de su pelotón, asume su dirección. El médico-guerrillero lo asciende a teniente.

En el combate de Veguitas, en enero de 1958, fue tal su arrojo que se ganó el grado de capitán. En el segundo combate de Pino del Agua, los días 16 y 17 de febrero, Fidel le encomendó la jefatura del pelotón Frank País, unidad que tuvo una decisiva participación. Paco y los suyos detuvieron el avance de una columna enemiga formada por más de un millar de hombres. La acción fue dirigida por el propio Fidel.

Preocupados por la exposición al peligro del Comandante en Jefe, un grupo de oficiales del Ejército Rebelde le envía una carta, y entre los firmantes figura Paco. El documento lo cita en un trabajo Abel Sastre, historiador puertopadrense:

«…la oficialidad, así como todo el personal responsable que milita en nuestras filas, quiere hacer llegar a usted el sentido de apreciación que tiene la tropa respecto a su concurrencia al área de combate. Rogamos deponga esa actitud siempre asumida por usted, que inconscientemente pone en peligro el éxito bueno de nuestra lucha armada y más que nada llevar a su meta la verdadera Revolución […] Pero por Cuba se hace y por Cuba le pedimos un sacrificio más».

En la batalla de Maffo, el 10 de diciembre de 1958, Paco se batió contra la soldadesca durante nueve días y la engañó con un falso repliegue. Cuando, creyéndolo en retirada, el enemigo salió a perseguirlo y aniquilarlo, viró en redondo con sus hombres y lo derrotó. Fue ascendido a comandante.

Al tanto de su valor, disciplina y fidelidad, los comandantes Raúl Castro Ruz y Juan Almeida Bosque le confían a Paco la seguridad del Comandante en Jefe y lo nombran jefe de su escolta personal. Y en esa condición marcha hacia La Habana en la Caravana de la Libertad, el 1ro de enero de 1959.

Cuidar al comandante

En las primeras horas de la madrugada del 27 de enero de 1959, Fidel y la delegación que lo acompaña en el viaje a Venezuela se alistan en el aeropuerto de Maiquetía para retornar a la Patria. Han sido cinco días extenuantes, pero provechosos. Paco y su equipo atienden cada detalle.

Luis Báez contaría después lo ocurrido:

«El regreso es en el Britannia de Cubana. Ya dentro de la aeronave, el comandante Paco Cabrera se percata que en el avión en que se desplazaron a Caracas se han quedado unas armas personales pertenecientes a la escolta. Baja a buscarlas. No advierte que por la pista se aproxima rodando suavemente un Douglas C-4. Se escucha un grito de alarma».

En efecto, alguien del grupo lo alerta del inminente peligro. La advertencia surca, horrorizada, el frío del amanecer. «¡Cuidado!», se escucha. «Cabrera se vuelve rápidamente. La nave esta sobre él. Se encoge en un gesto instintivo de defensa y una de las paletas de la hélice le golpea brutalmente. Cuando se acercan a recogerlo, está muerto».

La Revista Bohemia narró de esta manera la triste escena:

«El destino le jugó una mala pasada a este valiente rebelde. Encontró la muerte bajo las alas de un DC-6 en el aeropuerto de Maiquetía. Celoso jefe de la guardia personal de Fidel, corrió en busca de las armas que estaban en el avión en el momento de regresar la comitiva. Había ganado la estrella de comandante en una veintena de combates. No creía en el poder mortífero de la aviación. Sus ojos alertas en las acciones guerreras vieron descender metralla y bombas. Se sentía invicto. Y cruzó desafiante por debajo del ala de la nave para quedar allí, tendido en un charco de sangre generosa».

Dramático final de un héroe

Tan pronto se enteró del infausto accidente, Fidel puso de manifiesto su consternación ante tan sensible pérdida. Escribió, compungido: «La guerra ha terminado, la muerte no. Cuba y la Revolución han perdido a un hombre extraordinario. Eras uno de nuestros más sólidos valores».

El periodista Pedro A. García reseñó así lo dicho por Celia Sánchez Manduley en carta a los familiares de Paco, donde les pormenorizaba las circunstancias de su lamentable muerte:

«Todos llevaban horas sin dormir o durmiendo poco. Parece que las luces lo encandilaron, no vio ni oyó las propelas, el ruido del avión del que se bajó tampoco lo dejaba oír. Las propelas no se veían por la velocidad que habían alcanzado. Le partió de frente y al pasar por debajo de la propela, un aspa le dio un golpe en la frente y le cercenó la nariz».

El cadáver de Paco Cabrera fue trasladado desde Venezuela hasta su natal Puerto Padre y sepultado en su cementerio municipal con honores militares el 28 de enero de 1959. Una escultura suya perpetúa su memoria. Tenía solo 34 años.

En su tierra natal, una escultura perpetúa la memoria del comandante Paco Cabrera . Foto: Tomada del periódico 26

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