Abierta hasta enero exposición de Guayasamín en Bellas Artes

La exposición del artista Un abrazo de Guayasamín para Fidel, permanece abierta hasta mediados de enero, en el Museo Nacional de Bellas Artes

Autor:

Randol Peresalas

El cuerpo del artista envejece, camina recto hacia la muerte mirando a los lados, acumulando experiencias; pero sabemos que la desaparición es física, material: el alma del artista queda vagando, a modo de inspiración platónica, por entre los que permanecen y los que vendrán. Oswaldo Guayasamín, el gran pintor ecuatoriano, conoció un camino tortuoso, repleto de recelos ancestrales; cargó siempre a sus espaldas con el origen mestizo, y se hacía magno y luminoso cada vez que lo pasaba a su frente y lo mostraba al mundo con orgullo.

Durante diciembre y parte de enero, los cubanos tienen el privilegio de acercarse a las huellas del Maestro. Una colosal muestra —Un abrazo de Guayasamín para Fidel—, organizada por la fundación que lleva su nombre y el Museo Nacional de Bellas Artes, e instalada en el Edificio de Arte Universal, permite un recorrido armonioso por las obras que lo consagraron, y constituye el más bello homenaje que hubiera soñado el artista para celebrar los 80 años de un fiel amigo: Fidel.

Fue el propio Comandante en Jefe quien definió la trascendencia humana y estética del pintor, en aquellos días posteriores a su sorpresiva muerte: «La pérdida es irreparable, porque los hombres de su talla moral no se repiten. (...) No podemos admitir que murió, porque los hombres como él no mueren: se multiplican en sus pueblos». El público tiene ahora la oportunidad de comprobar la verdad de esas palabras.

LA TELA SE TIÑE DE ROJO Y DUELE

Guayasamín nació en Quito el 6 de julio de 1919. Realizó más de 180 exposiciones y probó disímiles técnicas y materiales, que fueron desde el caballete, los murales y las esculturas, hasta la talla de monumentos. A su muerte acumulaba numerosos premios y reconocimientos internacionales, y dejó inconclusa la obra que lo ocupó la última parte de su vida: La Capilla del Hombre, en Ecuador.

Su aparición en el panorama plástico latinoamericano, a inicios de los 40, coincidió con la afluencia de corrientes de raigambre nacionalista, donde los ecos de Tarsila do Amaral y Milton Dacosta, en Brasil, y los de Rivera, Orozco y Siqueiros, en México, aún estremecían los muros de la Academia. La modesta irrupción se vio superada rápidamente por un cambio de registro en las telas, por una irreverencia compositiva y una tendencia al realismo social que lo acercaron definitivamente a las vanguardias artísticas de la época.

Considerado como uno de los máximos exponentes del «expresionismo indigenista», Guayasamín fue más que un artista social. Es cierto que fue un hombre que comunicó del sufrimiento y la tragedia de un continente como pocos lo han hecho, que dio voz a los desposeídos —ya lo advertía él cuando dijo: «Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente; para mostrar lo que el Hombre hace contra el Hombre»—, pero también sondeó con tristeza y júbilo los estados del espíritu, su hermosa y peligrosa metamorfosis. Fue un creador de sentimientos, de proyecciones más que de reflejos; no encaró el lienzo a la vida, como un espejo: la coló toda en su interior.

Ante sus obras, el espectador se pregunta continuamente de dónde sale tanto dolor; cómo es posible pintar con tanta crudeza y amor a la vez. La acritud en los cuadros de Guayasamín nació de una mezcla infalible y encomiástica: la del estigma y su rechazo más rotundo. Por eso no escatimó colores en su paleta, pues todos le sirvieron. También por esa razón creó sobre grandes dimensiones, para que lo vieran; para que el choque con la verdad fuese reconocimiento instantáneo, experiencia pura. Su talento le permitió desde temprano convertirse en un comunicador, un cronista que observaba y relataba desde adentro.

UN BREVE RECORRIDO

La poética de Guayasamín comprende tres etapas que convergen, y que él mismo definió: La Edad de la Ira, La Edad de la Ternura y La Edad de la Esperanza. Ninguna está distanciado de la otra, ni cronológica ni estilísticamente, aunque muestren diferencias.

Los visitantes que decidan empezar el recorrido por la planta baja (en la cuarta están reservados los grabados) encontrarán, luego de dos soberbios retratos de Fidel a ambos lados de la entrada, un pequeño óleo sobre madera, de 1944, titulado El arrastre, donde todavía se advierten elementos muy propios del academicismo europeo en la composición, pero a la vez, un ligero deslizamiento en el abordaje de las figuras. Más adelante, es posible que tengan la impresión de que algo va cambiando: los personajes comienzan a separarse del fondo —el cual se torna neutro— y terminan concentrándose en el centro, en auténticas amalgamas vivas. Tales son los casos de Origen (1951), El luchador (1947), Madre y niño (1953) y La luna (1956).

Momentos antes, habrán topado con un tríptico, de los muchos que podrán apreciar, sencillamente impresionante: Cabezas. De aire muy cubista, este trabajo de 1957 descubre una mirada psicológica a los comportamientos humanos. Valiéndose del gris y el blanco, el autor repasa la desconfianza, la inocencia y otros contrastes entre altas y bajas pasiones. El enfoque no parece ser científico, en tanto libra un notable lirismo; sin embargo, por el modo de representación, por la clara voluntad de despliegue, bien sugiere una conferencia donde se ilustra la conciencia.

Otros dos trípticos que prueban la apoteosis del expresionismo de Guayasamín son La Madre (1969) y Los Torturados (1977). El primero ayuda al conocimiento de dos constantes en la obra del pintor: gigantismo y desproporción. A esta última cualidad puede agregársele el adjetivo de idílica, pues sobre la base del deseo, de la ilusión, descansa buena parte de su coherente producción. El último, en cambio, connota mediante la fragmentación de los cuerpos —apoyada por un acucioso montaje cromático—, el efecto de desmembramiento y ultraje al que se ven sometidas las víctimas de ese tipo de crimen.

Llaman también la atención los múltiples retratos realizados por Guayasamín a diferentes personalidades y amigos íntimos. Todos son muy recomendables por diversos motivos, pero permítanme una sugerencia: además de los de Fidel, a los cuales volveré más adelante, la gracia del Maestro se desborda en el que atrapa la imagen de Atahualpa Yupanqui. Este óleo de 1974 es la explosión misma del empaste, la expansión de los matices. Su tono global es cálido, pero ningún color queda fuera. Por otro lado, la levedad de la figura, su falsa apariencia compacta, proporciona una gama de sensaciones indescriptibles. Ante esa pieza, es probable que el espectador intime con la contemplación absoluta.

DETRÁS DE LA PIEL

La mayor muestra de amistad y admiración del Maestro hacia Fidel, forman parte de la palabra dicha y escrita, además de los actos concretos. En la plástica, no obstante, esa entrañable relación halló expresiones mayúsculas. ¿Qué otra forma tendría un artista de demostrar su aprecio, si no es mediante su arte?

Guayasamín retrató al líder de la Revolución en cuatro ocasiones; la exposición de Bellas Artes presenta tres. El primero de ellos está fechado en 1981 y muestra al Comandante sobre un fondo verde oscuro que recuerda a las selvas tropicales de este continente. Sobre las muchas facetas de su modelo, el pintor dijo una vez: «Cada una merece un retrato: su ternura, su memoria, sus conocimientos, su oratoria, su firmeza, su fe en los pueblos, sus principios, su generosidad, su dignidad... Tendré que pintarlo 20, 30 veces para captar cada una de sus maneras profundas de ser». La firmeza y la generosidad son las que predominan en este retrato; y hay una tercera: la esperanza. El color hueso que ilumina su rostro, confiere el acento de humanidad; su rectitud espacial y la mansedumbre de las facciones, la sabia ilusión de los cambios que se avecinaban.

En el segundo, de 1986, Guayasamín lo ve a través de los colores de la tierra y del valor. De ahí el semblante cálido; de ahí el destaque de su traje militar, como símbolo de rebelión perpetua. En el tercero, el artista despliega todo su arsenal. Busca, escarba más adentro. Hay que recordar, como se encarga de hacerlo un oportuno cartel en la galería, que el pintor expresó al respecto: «Quise penetrar lo más hondamente en su mundo interior, irme atrás de su piel y buscar en Fidel el origen de la ternura». Y lo logra. Sumándole el motivo de las manos —otra constante, particularmente en las últimas décadas de su carrera como pintor—, Guayasamín revela otro perfil del líder: la devoción.

Retratista mayúsculo, modelador de fisonomías disímiles, el Maestro estrechó su amistad no solo con Fidel, sino también con Cuba. Artista comprometido, luchador infatigable y honesto, trazó su propio destino al lado de los humildes. No desvió su ruta por modismos, ni experimentó más, pudiendo hacerlo. Él sabía que tenía una meta a la cual llegar y prefirió seguir recto, sin tomar atajos. Guayasamín conoció muchas edades, pero sus admiradores recordarán, al ver una y otra vez sus cuadros, una de ellas, la que nunca definió y la que mejor lo define: la de la Belleza.

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