Estreno mundial de El vuelo del gato: un reto para el grupo de teatro Icarón

La adaptación de la novela homónima de Abel Prieto es uno de los mejores trabajos en la trayectoria artística de este colectivo 

Autor:

Osvaldo Cano

Foto: Pepe Murrieta

El matancero Teatro Sauto acogió el estreno mundial de El vuelo del gato. Se trata de una adaptación realizada por Abel González Melo a la novela homónima de Abel Prieto. La puesta asumida por Miriam Muñoz y el grupo Icarón, de la mencionada provincia, resulta un ave rara en nuestro contexto, donde no es usual esta índole de diálogo entre literatura y escena.

González Melo aceptó el difícil reto de rescribir para las tablas lo que fue originalmente concebido para la letra impresa. La novela, que fabula con profundidad y desenfado nuestra realidad, constituye una sustanciosa crónica que abarca un amplio espacio temporal. Las historias cruzadas de varios hombres y mujeres de a pie, en plena batalla por su realización personal, devienen profunda reflexión sobre diversas esencias de lo cubano insertado en el tronco de la cultura universal.

La adaptación consigue un apreciable nivel de síntesis al tiempo que es capaz de atrapar el aire cosmopolita e íntimo de la novela. El dramaturgo opta por ubicar los acontecimientos en un espacio de tiempo más cercano al espectador. De esta manera no solo ubica la acción en el presente, sino que trasforma lo anecdótico en dramático. A lo que hay que adicionar que tal y como advierten las notas al programa aporta la perspectiva de su generación en torno a tópicos tales como cultura, nación y cubanidad.

Organización y sobriedad son dos de las principales características que signan al montaje. Miriam Muñoz apuesta por la sencillez, y dota a la puesta de agilidad y ritmo a la par que recurre a soluciones donde la intención de sugerir es una constante. La preocupación por la labor de los actores es otra de las premisas de la directora, quien cuenta con un elenco heterogéneo al cual guía por el camino de la entrega sincera. El espectáculo recurre alternativamente a citas de paradigmáticas comedias musicales o la recreación de la estatuaria habanera, para ir fraguando climas o imágenes que dialogan con la vocación a un tiempo local y universal de la novela.

Rolando Estévez fungió como diseñador escenográfico. Justo es consignar que los decorados contribuyen notablemente a alcanzar ese aire dinámico y desenfadado que distingue al montaje. La utilización de cajones de uso múltiple a partir de los cuales se van insinuando los diferentes ámbitos en que discurre la acción es un acierto. La banda sonora de Harold Bermúdez apela a la memoria, remitiéndonos a tiempos y contextos en que discurre la acción. La aportación de ritmos e intérpretes incluso ajenos a los mencionados en la novela, es muestra de esa voluntad de releer e interpretar desde una nueva óptica la obra original. Nancy Dickinson es la encargada de elaborar la coreografía, que le imprime un aura desenfadada a la puesta. El hecho de tener muy en cuenta las limitaciones de los actores a la hora de danzar y adecuar los pasajes bailados a sus reales posibilidades se cuenta también entre los aspectos positivos del trabajo de la coreógrafa.

Un elenco heterogéneo conformado por miembros de Icarón y actores invitados se encarga de llevar adelante el espectáculo. El peso mayor es sostenido por los más jóvenes, quienes alcanzan un buen nivel interpretativo. Pedro Franco, por ejemplo, nos devuelve una imagen sincera del peculiar Freddy Mamoncillo. Lucre Estévez manifiesta con claridad y franqueza las contradicciones de la singular criatura que encarna. Liudmila de los Santos muestra seguridad y temperamento. En tanto que Herlys Sanabria convence con su concepción del tímido y reflexivo Marco Aurelio.

René Money le imprime un toque levemente humorístico a Ñico, personaje que vertebra con una mezcla de mesura y oficio. Miriam Muñoz saca a relucir nuevamente sus reconocidas dotes histriónicas al enfrentar con limpieza a una madre obsesiva y tierna. Mercedes Fernández labora con dignidad y fuerza. Mientras que William Quintana es capaz de reconstruir el mundo interior de su personaje.

Con el estreno mundial de El vuelo del gato Icarón se viste de largo, al conseguir uno de los mejores trabajos de su aún corta trayectoria artística. Síntesis, reflexión, desenfado, profundidad, rigor y buenos resultados son algunos de los elementos que conspiran a su favor. El reto de enrolarse en la difícil tarea de trasladar a escena un texto concebido originalmente para la lectura es llevado adelante con pericia e inteligencia. En otras palabras que, a mi juicio, no estamos hablando solamente de un montaje feliz, sino también de lo que pudiera ser el despegue del laborioso colectivo matancero.

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