Las fieras sobre el diván

El realizador cubano Enrique Álvarez sigue siendo uno de los más vitales creadores cubanos, siempre expectante de lo nuevo, y abierto a todos los juicios

Autor:

Rufo Caballero

Enrique Álvarez volvió por sus fueros en 2007. Más allá de Humberto Solás o de Fernando Pérez, cuesta pensar en un realizador cubano que en los últimos años haya sistematizado una obra tan sólida, polémica la mayoría de las veces, pero creativa y aventurada siempre (La ola, Escuadra hacia la muerte, Madre coraje, Amores difíciles, etcétera). Sin embargo, en 2007 Álvarez fue el hombre-orquesta de la escena cubana: el documental con Vicente Revuelta; el cortometraje Domingo; una exposición virtual en la galería Sala cero, con un videoarte sobre la escritura de la historia, el gran tema de la contemporaneidad. Y terminó el año con Tatuaje, todo un éxito de público en el Trianón. La inteligente humildad de Enrique no pierde tiempo en cotilleos ni empresas menores: trabajar; trabajar por la cultura cubana, sin un minuto que desperdiciar.

Tatuaje es una producción de teatro experimental donde, a partir del notable texto de Igor Bauersima y Réjane Desvignes, se combinan las nociones de teatro-arena y teatro-total. La puesta es absolutamente dinámica, rompe todas las convenciones del teatro realista, y moviliza cada recurso de expresión que sirva a la ideología de la obra: pantallas laterales con diversas proyecciones de películas, gráficos, obras plásticas; continuas referencias intertextuales a la historia del cine (sobre todo Godard) y a los propios trabajos de Álvarez, anteriores o simultáneos a Tatuaje; inquietantes diálogos entre la imagen y el sonido, el actor y el texto, el concepto y el dato visual. Todo esto convierte a la pieza en un laboratorio escénico donde el director pareciera ensayar y preguntarse por el sentido actual de la representación.

A nivel conceptual, ¿de qué va Tatuaje? La pieza articula dos líneas de meditación: la referida a los procesos contemporáneos de validación de la obra de arte y el artista mismo; y el estudio de la conducta humana, de la codicia más que todo, a partir de los pretextos que ofrece el tema del arte.

Tiger y sus amigos se descubren envueltos en un juego mortal de reconocimiento. Tiger es un artista in, que lleva en su cuerpo ambicionadas marcas de arte. ¿Qué sucedería si Tiger de pronto muriera? ¿Sus amigos lo velarían y recordarían en nombre de la amistad y el amor, o su cuerpo infortunado se convertiría en un tesoro materialmente preciado, en razón de los tatuajes? Por medio de estas interrogantes, se urde una trama poderosa, que reflexiona sobre los géneros contemporáneos de la visualidad y su recepción (así como el tatuaje, el graffiti o los géneros publicitarios), los cambios en el criterio del valor artístico, los acomodos estéticos y humanos que ha implicado la democratización del arte, la voracidad del mercado definiendo el sentido del texto y no al revés, la apreciación de la obra por su prestigio y su dimensión financiera más que por su consistencia, etc. En ese sentido, Tatuaje es un catálogo actualizado sobre no pocos de los procesos artísticos del presente y puede resultar de suma atracción para aficionados, diletantes, o eternos discutidores del sentido de lo bello.

Pero, por encima de todo eso, viene a ser mucho más importante la disección de la actitud y el comportamiento humanos. Más allá del asunto artístico, el gran tema de Tatuaje se relaciona con el lado oscuro del ser humano, con la fiereza de ciertas conductas, en gente inescrupulosa que pasa como si nada por sobre el mundo de los valores, pisotea los sentimientos más nobles, y luchan, a brazo partido, como fieras sobre un sofá, por un poco de dinero. No es el arte; es el hombre el gran sujeto de Tatuaje. Las marcas, los tatuajes espirituales de gente que solo tiene el cuerpo.

Tamaño teatro esencial se apoya necesariamente, por muy visual que se pretenda la puesta, en el arte del actor. Tatuaje exhibe dos magníficas interpretaciones, en registros muy diferentes. Esa gran actriz que es Ismercy Salomón ofrece un verdadero recital histriónico, desde que sale a escena, por la prolijidad de los recursos dramáticos que despliega en la Naomi: la ansiedad con que maneja el cigarro, los desdoblamientos vocales, la destreza con que convierte el vestuario en símbolo de su voz, la manera tan inteligente como se escuda en la comedia para potenciar la tragedia del personaje. El trabajo de Ismercy Salomón, una actriz apta para grandes papeles (ojo, cineastas cubanos), clasifica entre los más brillantes desempeños actorales del año. Lo de Ismercy es mucho: pone el público a sus pies, y la verdad, ¿quién se resiste? Si la Salomón le restara dos decibeles de caricatura a su trabajo, estuviera simplemente perfecta.

Yanier Palmero, como Tiger, es una de las revelaciones de la temporada. Actor muy joven, se auxilia de aquello que le sobra: la destreza física. Al tiempo que la Salomón entrega una actuación hacia adentro, Palmero convence sobremanera por medio de las marcas físicas del personaje, la soltura y el desenvolvimiento en escena, casi grotowskiano. Ahora el actor debería concentrarse en un segundo paso: el sostenimiento de la emoción y la energía, en las situaciones de mayor peso dramático. Cuando estos dos intérpretes tienen escenas en común, la temperatura de la pieza toca el cielo.

En cuanto a los demás, todos con valores parciales, tendrían que trabajar en la colocación de la voz, en el tiempo de las transiciones psicológicas, en la interiorización de cada personaje, según los requerimientos del conflicto general. Es una suerte que Enrique haya comprendido, con los años, la categoría de la dirección de actores, pero evidentemente debe seguir afinando el mecanismo.

Otra cosa para señalarle a Álvarez: si resulta muy pertinente la idea de convocar al público en el formato del teatro-arena, acorde con la experimentación y la dinámica del gesto teatral, desembarazado y anticonvencional, el público no debe limitarse a presenciarlo todo. Si se apela al teatro-arena, se espera una implicación mayor de los asistentes en la obra misma; si no, ¿para qué están sentados encima del escenario?

Con elementos que revisar, con rubros debatibles, Enrique Álvarez sigue siendo uno de los más vitales creadores cubanos, siempre expectante de lo nuevo, y abierto a todos los juicios que conducen a su maduración como artista, todo un hecho a estas alturas.

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