Con Luis Marré en su octogésimo cumpleaños

El destacado poeta cubano, cuya obra comprende alrededor de una decena de poemarios, dos antologías de su propia poesía y un destacado lugar dentro de la Generación de los Años 50, accedió a contestar algunas preguntas para El Tintero

Autor:

Juventud Rebelde

Luis Marré nació en agosto de 1928. A sus 80 años, goza de una vitalidad y entusiasmo que resultan ejemplares. Su obra comprende alrededor de una decena de poemarios, dos antologías de su propia poesía y un destacado lugar dentro de la Generación de los Años 50, llamada así por ser la década del inicio de la producción poética de autores de su primera promoción como Rolando Escardó, Rafaela Chacón Nardi, Sidroc Ramos, Carlos Galindo Lena, Roberto Friol, Francisco de Oraá, Pablo Armando Fernández, todos nacidos entre 1925 y 1929. Marré alcanzó un sitio de honor desde la publicación de Los ojos en el fresco (1962). Fue mucho tiempo editor de poesía, es un magnífico conocedor del movimiento poético cubano. En ocasión de su octogésimo cumpleaños, tuvo la amabilidad de responder las siguientes preguntas:

—¿Qué es para Luis Marré la poesía?

—El agua y el pan son los alimentos del cuerpo, el amor y la poesía son los alimentos del alma. Esto no quiere decir que el poeta esté satisfecho siempre, porque cuando más persigue a la poesía, ella menos se le entrega. Mi experiencia dice que no hay que buscarla, nos sorprende en el momento y lugar más inesperados. El poeta se propone un poema y pone a su disposición su oficio, pero esto no significa que logre atrapar la poesía. Así encontramos que grandes poetas han hecho grandes poemas, sin embargo muchas veces nos satisface más su correspondencia o sus anotaciones en un diario, no tengo que dar nombres, todos conocen muchos de estos ejemplos.

—¿Luis Marré se considera un poeta coloquialista?

—No sé qué responder. Yo uso las palabras del coloquio, líbreme Dios de usar palabras rebuscadas en un poema, sin embargo, uso imágenes y metáforas, y un poeta coloquial casi siempre evita usar tropos. Cuando tengo algo cantábile, lo escribo en versos, y cuando quiero expresar una vivencia poética con las palabras del coloquio uso el poema en prosa, tomando como ejemplo a ciertos poetas franceses o de nuestra lengua. Mis modelos en este sentido desde muy joven fueron los poemas en prosa de Baudelaire, más tarde me entusiasmé con los de Vallejo, Sabines, Paz y Cernuda, sin que esto quiera decir que hayan influido en mí, pues mi poesía tiene otras tendencias.

«Los poemas en prosa de Rimbaud me fascinaron desde la primera lectura que hice de ellos en español, traducidos por Cintio Vitier. Mi generación ha sido etiquetada de coloquialista, sin embargo, ¿cómo podríamos calificar los poemas iniciales de Fayad Jamís, los de Francisco y Pedro de Oraá o los de mi primer libro? En los años 70 publiqué un libro donde hay algunos poemas francamente coloquiales, los cuales han ido despareciendo en las dos antologías que he hecho: A quien conmigo va (2002), y en proceso editorial Oniria».

—¿Qué leía Luis Marré a sus 20 años y que lee ahora?

—En mi casa había algunos libros, como la Biblia, un tomo de Espronceda y otro de Núñez de Arce. De poetas cubanos solo tenía una edición de Heredia realizada por La Moderna Poesía. A Martí solo lo conocí por los poemas en los libros de texto. Mi horror casi en mis 20 años fue cuando leí los poemas de Campoamor, le dije a mi padre que eso eran folletines en verso; él sabía de memoria Vértigo, de Núñez de Arce, formado por más de 40 décimas. Pronto hice mi antología de los pocos poetas cuyos libros encontré en mi propia casa, de Heredia me quedé con los poemas escritos en versos decasílabos y un bello soneto: A Emilia.

«A mis 20 años ya había leído a Bécquer y a Juan Ramón Jiménez, pero en esos momentos empecé a estudiar Comercio, pues por motivos de salud no podía seguir la ocupación de mi familia, que era la jardinería. Aunque parezca paradójico, en la Escuela de Comercio dos profesoras me prestaron sendos libros que fueron decisivos en mi formación: la antología Poesía española, de Gerardo Diego, que empezaba con Rubén Darío y luego seguía con Rueda, Unamuno, y otros poetas del modernismo y de la Generación del 27. El segundo libro fue Diez poetas cubanos, de Cintio Vitier. Además, otra profesora me prestó los ensayos de Alfonso Reyes, El deslinde y La experiencia literaria, y comencé a buscar por las librerías libros de Cernuda, Alberti, Lorca y otros poetas del 27.

«Después estudié francés a mis 22 años y antes del año ya leía a Baudelaire, Nerval, Rimbaud, Apollinaire y los surrealistas. Ahora, en mis 80, releo libros de mis coetáneos, con bastante dificultad por mis problemas de la vista».

—¿Cómo conoció a los poetas de su generación?

—En una Feria del Libro de comienzos de los años 50 conocí a Fayad Jamís, Pedro de Oraá, Heberto Padilla, José Álvarez Baragaño y Rolando T. Escardó. Estas amistades fueron muy beneficiosas para mí, pues me introdujeron en los círculos de escritores que se reunían en algunos cafés, como en Las Antillas (de San Miguel y Prado) y El Gallo (en la calle Monserrate). La mayoría de mis amigos emigraron por la situación política del país o salieron de viaje por estudios, entonces hice dos nuevos amigos: Severo Sarduy y Antón Arrufat, en la casa de José Rodríguez Feo. Rodríguez Feo y Virgilio Piñera me proveyeron de libros que no se conseguían en las librerías. A partir de ahí comencé a publicar en revistas importantes como la última Orígenes que editó Rodríguez Feo, después en Ciclón; en Sur, de Buenos Aires; y en Estaciones, de México, lo cual se lo debo a Rodríguez Feo. A otros miembros de la Generación los fui conociendo tras la Revolución.

—Por último, querido Marré, ¿qué ha sido para usted la vida hasta sus 80 años, y haber nacido cubano y poeta?

—Nací en el seno de una familia muy pobre pero muy feliz, porque nos quisimos mucho. Mis padres tuvieron nueve hijos y fue un matrimonio ejemplar. Yo fui el mayor de la familia. Los años 50 fueron muy dramáticos, pero éramos jóvenes, tuve la dicha de tener muy buenos amigos.

«Como poeta no puedo quejarme de la acogida de mi poesía entre los lectores. Tuve durante mucho tiempo que compartir mi vida con trabajos ajenos a mi vocación, pero siempre tuve la dicha de ser sorprendido por la poesía, aun en los momentos más críticos de los años 50 y en los más duros de los años de la Revolución, que han sido la mayor parte mi vida. No cambio por nada la dicha de haber nacido en esta Isla, aunque considero que el hombre debe ser, antes que todo, amoroso de la Tierra».

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