De la lectura a la escritura

Autor:

Juventud Rebelde

Nací dentro de una familia de inmigrantes, como tal muy pragmática, que veía el quehacer cultural como una actividad ociosa y estéril, convicción común en los europeos que vinieron a las tierras de América deseosos de encontrar una seguridad económica y una paz que no existían en el entonces convulsionado Viejo Continente. Anhelaban por lo tanto que sus hijos e hijas hicieran carreras lucrativas y matrimonios convenientes. Esto podía ser bastante comprensible desde su perspectiva, pero no era lo que a mí me gustaba, por lo que terminé frustrando los anhelos familiares, fui la «oveja negra», y mucho más cuando a mis «extravagancias vocacionales» se unieron inclinaciones ideológicas de «izquierda».

Por eso es eterna mi gratitud a quienes más debo el haber alcanzado la convicción y la fuerza para rechazar el para mí horrendo destino que me habían planificado: a los excelentes maestros y profesores que tuve en mi etapa estudiantil (y con que contaba entonces la enseñanza pública argentina, antes de ser gravemente deteriorada, años después, por la irrupción de feroces dictaduras, y gobiernos débiles o corruptos; ahora el país intenta recuperarla, aunque con grandes dificultades).

Fue ciertamente decisivo para mí haber tenido maestros que inculcaban el placer de la lectura, el gusto por la creatividad y por la cultura. Algunos tenían incluso la sensibilidad de detectar los talentos de sus alumnos y los inducían a desarrollarlos. Recuerdo muy en particular, ya en la Secundaria, lo decisiva que fue para mí una excepcional profesora de Castellano, Sara Crespo. En su curso, como en un juego delicioso, nos hacía interpretar el significado de las imágenes y metáforas de Platero y yo, desafío en el que yo me esforzaba y me lucía especialmente, deseosa de ganar el aprecio de esta profesora a la que yo tanto admiraba.

Pero aparte de la suerte de haber tenido magníficos docentes en la Primaria y Secundaria, también en la Alianza Francesa la providencia hizo que tuviera un profesor español, Manuel Lamana —antiguo combatiente antifranquista y buen escritor además—, quien no solo me llevó al convencimiento definitivo de que debía dedicarme a las letras sino que gestionó la publicación de mis primeros textos, cuando yo apenas tenía 16 años. Pero lo más importante fue que me hizo conocer a los grandes autores del existencialismo, Camus, Sartre, Simone de Beauvoir..., cuya lectura me apasionó y me hizo adherirme al concepto de «literatura comprometida» que centraba las polémicas literarias de entonces —hablo de la década del 50.

Otras valiosas y muy diferentes influencias se fueron sumando, muy en particular la de Joaquín Battle Planas, quien me introdujo en el conocimiento de la escritura surrealista, sobre la cual tenía quizá la mayor colección de obras existente en Buenos Aires. Siendo un excelente poeta él mismo, pero obstinadamente aferrado al anonimato, cuando fundé con otros jóvenes escritores la revista Airón, logramos arrebatarle y publicarle un poema. Fue su primera vez, cuando ya tenía cerca de 50 años.

De la Universidad, recuerdo sobre todo la benéfica influencia de intelectuales de la talla de Jorge Luis Borges, Jaime Rest, y la legendaria Ana María Barrenechea —quien nos descubrió al joven y entonces casi desconocido Julio Cortázar, al incluir audazmente en el programa de su asignatura su primer libro de cuentos, Bestiario.

Como iba creciendo mi afán por conocer de primera mano lo que estaban reflexionando y escribiendo los más avanzados escritores y teóricos, a mediados de los 60 decidí irme a París, en esos años el centro cultural del mundo occidental de más deslumbrante creatividad —como quizá nunca lo había sido a tal punto y nunca lo volvería a ser con la misma magnitud en décadas posteriores—. Allí coexistían entonces postsurrealistas, existencialistas, los autores enmarcados en el nouveau roman, en ese momento en boga; y las inquietantes experiencias de los jóvenes escritores del grupo Tel Quel, en estrecha correspondencia con el nuevo pensamiento que estaba construyendo esa pléyade de gigantes teóricos que fueron Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Barthes, Benveniste, Althusser, Derrida, entre muchos otros.

Visto así, todo esto debería haberme persuadido a permanecer en tan privilegiado medio intelectual. Sin embargo, una vez satisfecha mi avidez inicial, paradójicamente, nuevas circunstancias me indujeron a desear volver, ya no solo a mi país sino a la que empecé a considerar mi patria grande, la América Latina. Aunque parezca extraño, puedo afirmar que estando en París descubrí a nuestra América.

Porque casi todos los que hablábamos el español y habíamos llegado del otro lado del Atlántico, nos relacionábamos de inmediato, formábamos una especie de comunidad, unidos por el idioma, la historia, sentimientos e ideas comunes. Conocí y leí mucho más a los autores latinoamericanos y llegué a trabar amistad con algunos que residían allí, como Julio Cortázar y Severo Sarduy. Y el famoso boom de la literatura latinoamericana que estaba ocurriendo en ese momento hacía que, constantemente, pasaran temporadas en París autores como Galeano, Benedetti, Fuentes, Sábato, Vargas Llosa... Así me fui dando cuenta de que si bien la teoría reinaba todopoderosa en Francia, la más rica creatividad literaria, los mejores textos de ficción, se estaban haciendo en nuestro continente. Como también estaban dándose allí movimientos y transformaciones políticas radicales que me impelían a volver.

De este modo fue que mis nuevos pasos me llevaron a Cuba, que además de haber realizado una gran revolución, estaba emprendiendo en el campo de la cultura una enorme tarea. La Casa de las Américas publicaba y reunía a los mejores autores y artistas de todo el continente. Y descubrí en este país un notable número de excelentes escritores, cuya existencia en un tan pequeño territorio insular del Caribe fue para mí un fenómeno verdaderamente sorprendente. Lo que encontré pues, al llegar, sobrepasaba mis mejores expectativas e hizo renacer mis esperanzas, cuando todavía estaba padeciendo el duelo por la derrota del movimiento de Mayo del 68 en París. Pero esta es otra historia, que merecería un tiempo y un espacio que ya se me acabó.

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