Mucha «ola» y pocas nueces

La más reciente Semana de cine alemán en Cuba no ha dejado mucho margen al entusiasmo

Autor:

Frank Padrón

Con la cinta Enma, la afortunada, el público estuvo agradecido. La más reciente Semana de cine alemán en Cuba no ha dejado mucho margen al entusiasmo, a decir verdad. Una de las grandes decepciones, por cuanto el nombre a seguir de su joven directora Ángela Schanelec —inicialmente actriz y representante de la llamada Escuela de Berlín— vaticinaba otra cosa, fue Tarde (2007), pálida y decepcionante adaptación de La gaviota (Chéjov).

El vacío existencial, la incomunicación y las angustias de una familia disfuncional, que el excelente narrador y dramaturgo ruso del siglo XIX recreó magistralmente, son perfectamente adaptables a cualquier época y contexto, pero a Schanelec se le escapa la sustancia, la almendra, el sentido. El hecho de que (como se apresuró a declarar) se trate de una versión muy libre, apenas un punto de partida del referente, tampoco es el problema, pues de tales experimentos, algunos muy logrados, está llena la historia del cine, como bien se sabe.

El escollo aquí ha estado simplemente en la incapacidad de la directora para insuflarle interés a esos conflictos, en la innecesaria morosidad del ritmo, que se da el gusto (con gran «disgusto» para los espectadores) de demorar minutos enteros entre un diálogo y otro, estos de por sí huecos y sosos, como la puesta en escena toda —excepto momentos realmente virtuosos de la fotografía y algunos desempeños decorosos.

Otra que comienza prometiendo un agudo sondeo por una personalidad rara y se «desinfla» a medida que avanza, es The calling game (2007), de Félix Randau, sobre una treinteañera que llama a desconocidos fingiéndose una niña enferma de cáncer, mas rompe abruptamente con ellos cuando esas personas intentan contactarla. Partiendo también de un texto teatral (de Vera Kissel, quien escribió a su vez el guión), la cinta parece ignorar cómo culminar un caso que atrapa al espectador en sus minutos iniciales, para abandonarlo a su suerte de desencanto irremediable, porque tras la apariencia de profundidad y análisis no hay más que una filosofía de almanaque, y ni siquiera la convincente actuación de Valerie Koch logra cambiar tan errado rumbo.

Al otro lado (2006), de Faith Akin, se proyectaba como uno de los «platos fuertes» de la semana y, siendo justos, dentro de tan desolado panorama, clasifica de cualquier manera entre lo mejor, pues se trata de una motivadora reflexión en torno a conflictos étnicos y políticos que este cineasta, de origen árabe, trata en su cine; ahora alrededor de seis destinos cruzados teniendo como eje a Nejat, profesor de Filología alemana en la Universidad de Hamburgo. Solo que, en el inevitable parangón que surge con su título anterior (el tan justamente premiado Contra la pared), Akin desciende unos puntos, pues no logra el amarre de entonces, la fuerza en el sujet, la coherencia entre todas esas historias, algunas débiles y pobremente diseñadas, como ocurre con ciertos personajes. Mención de todos modos merecen los trabajos de Baki Davrak, Sussanne Staub y la veterana Hanna Schygula.

Por suerte, Emma, la afortunada (2006), de Sven Taddicken, constituyó, haciendo honor al título, un cierre con bastante suerte para todos: la muestra y sobre todo, el público agradecido. El viejo ítem de la lucha entre «civilización y barbarie» se plasma aquí mediante la relación que nace entre la granjera Emma, toda una «fuerza de la naturaleza» y el citadino Max, que canceroso del páncreas, roba dinero y un auto donde trabaja, y va a parar a esa paradisíaca finca a punto de perderse ante las deudas de su propietaria, ducha en criar y matar cerdos y gallinas.

Lo mejor de este filme es lo acertado de su tono, capaz de resultar vital y humorístico abordando sin embargo temas tan complejos y graves como la muerte, la relación entre diferentes, el erotismo redentor y los siempre difíciles enfrentamientos humanos.

Cinta dura y fuerte que, eludiendo inteligentemente sensiblerías, lugares comunes y peligrosas caídas en el melodrama, crece a cada momento, se torna humanísima, grácil y rotundamente hermosa, a lo cual contribuyen no poco las actuaciones de Jördis Triebel (actriz no profesional) y el conocido y admirado Jürgen Vogel

¿Podría volver el nazismo?

Justamente ese actor protagoniza el internacionalmente aclamado filme La ola (2008), de Dennis Ganset (Before the fall) que iniciara la Semana y que ya vituperara desde estas páginas (aunque con la debida argumentación que le caracteriza) el colega Rufo Caballero. Lamento disentir absolutamente de sus consideraciones.

Basado en un hecho real, acaecido en 1967 dentro de un instituto californiano, el director lo ubica en la Alemania contemporánea: impartiendo un curso de «autocracia», un profesor intenta entre su grupo de estudiantes revivir el nazismo; con una creciente y entusiasta matrícula, el experimento echa a rodar con la consigna de eliminar las individualidades, reforzar el espíritu «de grupo» y moverse en esa dirección.

A pesar de la pregunta inicial formulada («¿podría retornar en nuestro país una dictadura, ¿sería posible que resurgiera el régimen que tanto dolor causara a mediados del siglo pasado?»), contestada negativamente por la mayoría, el curso, que por supuesto desborda las aulas y se instala mucho más allá de sus paredes, demuestra que la resurrección del nazismo es algo que puede ocurrir en cualquier momento, si tan solo las circunstancias objetivas y subjetivas lo propician.

Apreciada en Alemania por dos millones y medio de espectadores, polémica y diversa en su recepción, ganadora del Premio en Bronce al mejor largo de ficción, nominada al lauro de Público en los galardones del cine europeo y con reconocimientos a los actores Frederick Lau y el propio Voguel, La ola ha resultado un verdadero suceso dondequiera que se exhibe, y La Habana no fue la excepción. Al otro lado, de Faith Akin, clasifica de cualquier manera entre lo mejor de la muestra

A pesar de la decepción general cuando el numeroso público que colmó la sala de 23 y 10 se percató del odioso doblaje al español, la cinta lo mantuvo en vilo hasta el final, que premió con un cerrado aplauso.

Ganset maneja la historia con inteligencia y elegancia: aplica al desarrollo dramático un sentido de thriller que va ganando a cada plano; pese a la casi unanimidad en la reacción de los estudiantes, estos distan de ser una masa informe: exhiben a cada paso su diversidad y personalidades, y como tal responden al peligroso experimento (están los disidentes, los dubitativos, los convencidos, etc); la propia psicología del profesor, donde puede haber no poco de egolatría y narcisismo, es puesta en solfa a cada momento.

Lo bien estructurado y cohesionado del guión se complementa con una sólida y rica puesta en pantalla donde todos los elementos responden con precisión de relojería, y donde los actores (no solo los premiados) se lucen en sus interesantes personajes. Todo coadyuva a un mensaje para nada proselitista ni panfletario, antes bien muy oportuno y necesario: aquel «fascismo corriente» de que habló alguna vez el maestro ruso Mihail Room, está a la vuelta de la esquina, por lo cual no solo no hay que provocarlo, sino incluso hay que evitarlo a toda costa.

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