Nazario Salazar Martínez: un hacedor de milagros

En su vasta trayectoria artística ha transitado por la docencia, la pintura, el diseño gráfico y ambiental, la escenografía, el vestuario, el dibujo, e incluso la promoción cultural y publicitaria

Autor:

Gonzalo Vuelta Madrazo

Un terruño identificado por el tinajón, le permitió a Nazario Salazar Martínez apropiarse, desde bien temprano, de la milenaria cultura alfarera, una práctica para él de mucha magia. «En la talla en madera —asevera— sabes adónde vas a llegar; el grabado tiene algo de experimental, pero la arcilla es más corpórea, sale más de ti, es hacer de la nada una obra que a ti mismo te sorprende».

Así califica su oficio este hacedor de milagros, quien contraviene lo que cuenta el cantor, para convertir el barro en una pieza artística. Con una tan vasta como variada vida en las artes, que a sus casi siete décadas transita por la docencia, la pintura, el diseño gráfico y ambiental, la escenografía, el vestuario, el dibujo, e incluso la promoción cultural y publicitaria, Nazario, quien recibe este año el premio Fidelio Ponce de León, conferido por el Consejo Provincial de las Artes Plásticas en reconocimiento a la obra de la vida, rememora sus inicios a los 11 años en la escuela local de artes plásticas José Martí, junto a su padre (rotulista), con quien comparte el primer año.

Algún que otro regodeo separan su encuentro con la artesa y los tornos, luego del egreso de la Escuela de Extensión Cultural en La Habana. El deambular por la imprenta del Ministerio de Educación (MINED) le proporciona el intercambio con el escritor Raúl González de Cascorro en el proyecto de una revista con ilustraciones realizadas por niños, que le induce a valorar con mayores pretensiones ese segmento etáreo que aporta cierto desenfado en su obra actual, como si transpirara lo infantil en la percepción de la naturaleza y el entorno.

Mientras tanto, su formación como instructor le ofreció un universo abierto, pero marcado por siempre con la impronta de maestros como Sosabravo y Fúster, con quienes en 1970 compartió espacio en el Salón de ese año, lo que considera «todo un premio para iniciados».

Nazario llegó a la cerámica con la intención de crear algo artístico, aprovechando el buen barro del Camagüey, y desde el principio trató de aligerar cada pieza. Aprendió de los alfareros la técnica centenaria y sumó la parte estética, en particular, al introducir la transparencia mediante el calado como parte del diseño, con una integración al ambiente, en cualquier situación o entorno.

Hay cerámica y cerámica, reconoce, pero jamás la consideraría un arte menor. «Cuando trabajo una pieza con un objetivo utilitario, trato que prevalezca la originalidad, un distingo de la nueva cerámica camagüeyana que, con Oscar Rodríguez Lasseria, sostengo como corriente o tendencia desde hace más de tres décadas. De las miles que he hecho, ninguna es igual, aunque tengan un mismo esbozo en principio».

La aspereza con la que labora —desde la pasta hasta la quema— marca cada una de sus entregas, en una defensa a ultranza por la textura tradicional. Las posibilidades en la cerámica le son ilimitadas, y con ella se siente bien. «Siempre me agradó el arte asiático, la técnica Lin Lin, que emplea también el calado, al igual que los coreanos. Esa modalidad la interioricé, y por su estudio me brota sin apropiación».

Sin reparo para las confesiones, Nazario amplía que trabaja sin boceto. «La concepción previa surge en la mente. Algunas como las que presenté en el Festival Internacional de Ballet de La Habana de 1982, son torsos que parten de ánforas. Esa fase, hasta 1992, la llamé Danzarias».

¿Qué queda? «Retornar a la pintura y el dibujo. En realidad nunca les dejé totalmente. Imagínate, caen los años y la cerámica requiere esfuerzos, capacidad propia, y no quiero depender de nadie para ejecutar mis obras. Rechazo valerme de una segunda o tercera persona para yo solo firmar. Siempre tuve una interrelación en mi cerámica con mis dibujos, diseños, incluso con los vestuarios, y se apreciará siempre la misma mano.

«La floresta en las obras también tiene un origen en la cultura oriental, sobre todo china y japonesa, donde siempre hay un tema verde. Cuando trabajé Las Galaxias, eran libélulas, arañas, escarabajos volando en interrelación con el espacio, lo que quiero recobrar para reutilizarlo en el dibujo y la pintura».

¿Qué dejo? «Creo que los años 80 fueron provechosos, a los que siguió una etapa de creación cibernética con el empleo de la computación, que me dio tres premios, pero me percaté de que cambiaba totalmente, y me deshice de eso. Estaba dejando a un lado la base estética que pude verter en la computación; cambiaba mi forma de ser por algo que se iba por donde no me interesaba finalmente, y me apartaba de lo primigenio».

¿Hay una barrera entre lo utilitario y la creación? «Para mí ninguna. Busco soluciones en la mente para mis piezas, consciente de que el barro es inagotable».

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