Necesario ruido

La gustada serie televisiva Mucho ruido destaca por la cuidada dirección de actores que les permitió el lucimiento desencartonado, inteligente y con evidente gancho para captar audiencias además de la sensibilidad con la que aborda el tema de la droga y la emigración, las familias desestructuradas y el abandono filial, la violencia física y verbal, el alcoholismo o el sexo

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Lo admito: me equivoqué. Llegué a pensar que estrenar en nuestra televisión una serie del patio como Mucho ruido era como arar en el mar. A fin de cuentas, creí, nuestros adolescentes y jóvenes preferían estar pegados a la computadora, escuchar reguetón, andar en sus «descargas», jugarse la vida en acrobacias ciclísticas...; cualquier cosa que no fuera sentarse cada lunes, miércoles y viernes, a las 7:00 p.m., desde mediados de agosto, a sintonizar por Tele Rebelde la obra dirigida por Mariela López. Sin embargo, me he ido de bruces con la alta recepción que ha tenido en el público juvenil esta valiosa propuesta que, para tristeza de no pocos, finaliza mañana.

Entonces, lo reconozco y me alegro de haber estado errado, porque eso nos demuestra, una vez más, que nuestros muchachos no tienen que esperar a que aparezcan opciones de «afuera» al estilo de Amigos y amantes, Hermanos rebeldes, Un paso adelante —algunas para nada desestimables—, para que se «conecten» cuando encuentran en la pantalla doméstica un espejo mucho más fiel donde mirarse.

Es cierto que Mucho ruido no es exactamente una rara avis dentro de las producciones de la TVC, a pesar de que no abunden. Sin embargo, no recuerdo en los últimos tiempos una serie juvenil cubana que haya logrado conquistar a tantos seguidores como la que nos ocupa. ¿Las razones? Unas cuantas, pero en primerísimo lugar su alto poder de comunicación.

Es evidente que Mariela López y los guionistas (Maytée y Ricardo Vila Arteche) conocen bastante bien el público para el cual trabajan; que han aprovechado su tiempo en escucharlos, en interesarse por sus necesidades, sueños, angustias; en observarlos atentamente. Y claro, no podía esperarse otro resultado: en Mucho ruido los adolescentes han encontrado algo más que ídolos de caritas agraciadas. Los televidentes potenciales de Mucho ruido han hallado una serie dinámica que, además de propiciarles un rato entretenido y divertido, también les sirve para la vida.

Es curioso. Ya sabemos que por sobradas causas (biológicas, sociales, psicológicas) los adolescentes se caracterizan por ser inmaduros, rebeldes, irreverentes, inconformes, cerrados en sí mismo; «almacenes» de no pocos complejos... Y, justamente por ello, deberían tener a la mano a progenitores con los cuales pudieran dialogar abiertamente, sin miedos. Pero, sucede que no pocas veces lo que reciben son recriminaciones e incomprensiones. Y en ese contexto, Mucho ruido se convierte en una especie de bolita de cristal.

No ha sido esta una obra audiovisual que se ha permitido el lujo de desperdiciar la oportunidad de hablarles de tú a tú a los adolescentes sobre temas «escabrosos» como el de la droga y la emigración, así como de muchos otros, cuyo abordaje nunca estará de más: de familias desestructuradas y abandono filial, violencia física y verbal, alcoholismo, sexualidad y sexo (incluyendo embarazo precoz y acoso por parte de los adultos, y viceversa), de personas diferentes (un hermanito Síndrome de Down y un personaje importante inválido)... Y con ello, Mariela y su equipo de trabajo se han ganado suficientes méritos como para que los aplaudamos.

Estaría faltando a la verdad si no dijera que con tantos asuntos urgentes que tratar, y tan poco tiempo en pantalla (31 capítulos de apenas 27 minutos) se corre el riesgo de que algunos no puedan desarrollarse con la hondura que requieren. Eso ocurrió, por ejemplo, con un tema tan preocupante como el del alcoholismo, que explicaba la actitud desafiante de Carlos Enrique (Milton García) ante el apego enfermizo de su padre (Eman Xor Oña) por la botella de ron; conflicto resuelto de un modo un tanto atropellado con la reclusión de este último en el hospital, quien lo asumió como si se fuera atender un dolor de muela. No obstante, también es verdad que en la mayoría de los casos los temas fueron tratados con mucha responsabilidad.

En Mucho ruido sobresale asimismo el diseño de los personajes, se nota que cada uno posee una historia de vida, aunque en ocasiones no haya sido mostrada (el José Ángel incorporado magníficamente por Rubén Araújo es una muestra). No existen dudas de que tanto la directora como los guionistas velaron porque todos los personajes fueran creíbles, orgánicos.

Mas no hubiese servido de mucho que el guión evitara los lugares comunes, que se enriqueciera con situaciones verosímiles, suspenso, humor, «aventuras»..., que acudiera a los imprescindibles triángulos amorosos y se apoyara en diálogos frescos y alejados de didactismos, si no tuviesen a mano un buen team de actores y actrices, que los defendiera.

Mariela sabía que no bastaba con un buen guión y actores de probada eficiencia como el ya mencionado Oña (Santiago), quien se sumó a una nómina que ya habla por sí misma con nombres de primer nivel como Martha del Río (Margarita), Corina Mestre (Digna), Osvaldo Doimeadiós (Antonio), Amarilys Núñez (Leonor), Yazmín Gómez (Doris), Edith Massola (Lourdes), Dianelis Brito (Ivis), Jorge Treto (Eliecer), Irela Bravo (Concha)..., sino que además de prometedores histriones (Kike Quiñones, Lieter Ledesma, Miriam Alameda), tenía que «jugársela», sobre todo, con aquellos en quienes recaería el peso mayor. Y acertó en la selección del casting de esta serie, que no podía ser de otro modo que coral, cuando se «retrata» una etapa como la adolescencia, donde el grupo es vital.

Hay que decir que Mucho ruido también destaca por la cuidada dirección de actores que les permitió el lucimiento desencartonado, inteligente y con evidente gancho para captar audiencias a estos retoños de actores, en su mayoría alumnos de la ENA, con excepción, según supe, de Ingrid Cruz (Patricia), Hani Valero (Ana) y Samira Fernández (Siana), así como de Daniela Marín (María Carla) y Milton García (Carlos Enrique), que aunque ya forman parte del reconocido plantel, cuando el proceso de filmación pertenecía al grupo de aficionados Olga Alonso, que dirige Humberto Rodríguez.

Me parece magnífico que una institución como esa siga abierta a que, además de la impostergable preparación teatral, los estudiantes tengan la posibilidad de «chocar con la realidad» y mantener un contacto cercano con la radio y la televisión, y de conocer los recursos técnicos de estos medios, con lo cual consiguen una formación más integral, al tiempo que aseguran (al menos así debe ser)  calidad artística.

En el caso que nos ocupa, tanto la ENA como los maestros de estos jóvenes se pueden sentir orgullosos, porque todos, sin excepción, desarrollaron una labor destacada, gracias, quizá también, a la buena energía y la armonía que debe haber primado en el rodaje, lo cual pudo ser respirado por quienes permanecimos del lado de acá sentados en la butaca.

Así, me inclino ante el desempeño de los anteriormente señalados y de Clara González (Laura), Rubén Araújo (José Ángel), Laura Lupe Navarro (Fernanda), Reinier Díaz (Cristian), Ariadna Núñez (Yaíma), Néstor E. Jiménez (Leandro), Manuel Quintana (Luis Manuel), Marlon López (Henry), Leandro Cáceres (Erick) y Fabián Mora (Robertico). Pero sobre todo de la muy convincente Rachel Cruz (Claudia), quien tuvo la difícil tarea de tener como partner a la gran Martha del Río, y logró siempre salir airosa.

En Mucho ruido uno puede entender a cabalidad lo que significa que aparezca en los créditos «Actuaciones Especiales». Lo mismo Ketty de la Iglesia como la violenta madrastra-bruja de Ana; que Silvia Águila como la madre que se refugia en las pastillas y se olvida de que su hijo Robertico existe pues solo tiene cabeza para el esposo que la abandonó; que Daisy Quintana como la hermana tierna de una Siana embarazada y asustada, merecen por sus brevísimas pero inmejorables actuaciones, todos los premios de este mundo. Igual digo de Corina (su cara es un poema y hace con ella lo que le plazca), Doimeadiós, un actor con mayúsculas para lo que sea, y de Amarilys Núñez y Yazmín Gómez, sin dudas, entre las mejores actrices del país.

Asimismo, la fotografía (Tony Sánchez y Ernesto L. Guevara), sin ser descollante, es funcional (a veces nos daba hasta envidia no poder disfrutar también del chapuzón), mientras la puesta en escena de Mariela, cumplió con las exigencias de este tipo de producción, sin grandes alardes. La música empleada, por su parte, es otro de los aciertos de Mucho ruido, al acercarles a nuestros televidentes algo de lo más sobresaliente dentro de la creación musical contemporánea cubana. En resumen: siento que el equipo de realización entendió desde un principio que no se trataba de un «programita» para niños y jóvenes, sino que estaban conscientes de la significación de conseguir un producto de notable importancia a nivel social.

Mucho ruido, que toma como pretexto la celebración en un campismo de unos 15 por parte de un grupo de amigos que ha pactado no abandonarse bajo ninguna circunstancia, más que juvenil (que, claro está, lo es) es una serie para toda la familia; una honesta producción que se parece mucho a la vida de hoy. Como mismo «hipnotizó» a los pequeños con La sombrilla amarilla, Mariela convence ahora a los adolescentes. Ojalá que no tengamos que esperar ahora tres o cuatro años más para volver a apreciar su valía como sensible y talentosa creadora.

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