A telón corrido en Camagüey

Entre las agrupaciones menos conocidas cuya presencia en el festival se agradece, se cuenta el conjunto tunero Teatro Tuyo, así como Los Cuenteros, grupo radicado en San Antonio de los Baños

Autor:

Osvaldo Cano

La más reciente edición del certamen competitivo más importante y aglutinador de la escena cubana, convida a la reflexión por varios motivos. Por un lado confirmamos que existen agrupaciones capaces de ratificar su protagonismo, por el otro se aprecia que la brecha que media entre estas y el quehacer de otros colectivos convocados es demasiado ancha y profunda. Llama poderosamente la atención la ausencia de rostros frescos en el terreno de la dirección, de colectivos noveles, la escasa presencia de nuestros más jóvenes dramaturgos. Al tiempo que agrupaciones como El Público, Teatro de la Luna, Los Cuenteros, Argos Teatro, Mefisto, Teatro de las Estaciones, Pálpito o Teatro D’Dos contribuyen decisivamente a apuntalar una dispar, pero despejada cartelera.

Entre las agrupaciones menos conocidas cuya presencia en el festival se agradece, se cuenta el conjunto tunero Teatro Tuyo. Ernesto Parra —en calidad de actor y director— consigue con La estación una propuesta dinámica y divertida. Con el pretexto de aguardar un tren que en definitiva se le escapa, y acudiendo a rutinas típicas de payaso, Parra alcanza, por medio de la sencillez y la simpatía, a facturar un espectáculo muy bien recibido por el auditorio. Acudiendo a la repetición como infalible recurso de comicidad, al juego interactivo con la platea, al absurdo y la torpeza, así como a una banda sonora que subraya el ambiente festivo, protagoniza una propuesta que clasifica dentro de un género poco cultivado entre nosotros, pero que poco a poco apunta a un despertar provechoso. Apoyado en un atinado trabajo con la máscara facial, gracias al cual es capaz de expresar pudor, alegría o sorpresa, el clown tunero sorprende a quienes hemos seguido su labor por el constante crecimiento que se percibe en sus producciones.

Otra presencia que tanto los espectadores como los participantes y los críticos disfrutaron por igual, fue la de Los Cuenteros, grupo liderado por Félix Dardo y radicado en San Antonio de los Baños. Fieles a una poética que les ha dado muy buenos frutos y que ha garantizado una envidiable comunicación con un auditorio amplio y diverso, Los Cuenteros trajeron en esta ocasión un texto de Jesús del Castillo, Arroz con maíz. Acudiendo al tono paródico, a una estructura espectacular propia de la comedia musical, al retozo constante, las coreografías, al ritmo intenso, a la pericia y versatilidad de sus actores-manipuladores guiados por Malawi Capote; y una fábula sencilla pero eficaz, la tropa de Dardo volvió a cosechar simpatías y aplausos. La historia de un gallo viejo que yerra a la hora de nombrar a su sucesor —cosa esta que es aprovechada por una pareja de oportunistas hurones— y el feliz desenlace gracias a la valentía e inteligencia de un gallo fino, deviene parábola que ilustra muchos trances de nuestra cotidianidad. Abordada con desenfado, apelando a la utilización de varios ritmos musicales, a un diseño vistoso y llamativo, Arroz con maíz resultó uno de los buenos momentos del evento.

En el ámbito del teatro de calle, otra modalidad que se ha ido abriendo paso en nuestro movimiento teatral, lo más significativo fue el aporte de D’Morón Teatro. El colectivo avileño, dirigido por Orlando Concepción, concurrió con Medea de barro, versión de la tragedia de Eurípides, ahora convertida en hierática y llamativa coreografía. Influido por la tradición parrandera y con varios años enfrascado en el quehacer del teatro de calle, Concepción logra el que a mi juicio resulta el más ambicioso y mejor trazado espectáculo del laborioso núcleo de creadores. La historia de la mujer extranjera, varias veces engañada, que llega a realizar por amor actos impensables, es contada esta vez a partir del trabajo con el cuerpo, las posturas, la máscara facial, la expresividad del barro que cubre los cuerpos de los actores, en medio del trasiego cotidiano.

El conocedor público de esta ciudad pudo, además, disfrutar —y ovacionar— propuestas como Las amargas lágrimas de Petra von Kant, Final de partida, Josefina la viajera, La primera vez, Federico de noche o Un mar para Tatillo, todas ellas reseñadas con anterioridad en este diario, y que se cuentan entre lo mejor de nuestra cartelera en los dos últimos años. Precisamente a ellas me refería cuando hablaba de la amplia brecha que existe hoy día entre los grupos de cabecera y el resto del cuerpo de nuestro movimiento teatral. Este, que es un mal diagnosticado en más de una ocasión, sigue sin hallar un remedio eficaz.

El desarrollo de nuevos directores, la necesidad de que las más recientes generaciones de teatristas se pronuncien, ganen espacios, confronten, es uno de los caminos posibles para conseguir allanar la citada brecha. Esa pudiera ser una de las metas de nuestro teatro para futuros festivales. El quehacer cotidiano, la necesidad de comunicarse con el auditorio, la capacidad para dialogar con su sensibilidad, para comprender y compartir sus urgencias e intereses, puede y debe ser el mejor aliado de nuestros noveles creadores. Camagüey será testigo de sus éxitos y esfuerzos, tal y como lo fue de sus antecesores.

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