Brazos para hacer la vida

Cuando celebramos otro Día de los niños, Juventud Rebelde comparte con sus lectores algunos de los trabajos ganadores en nuestro último concurso ocurrente. ¿Cómo te imaginas el planeta que le dejarías a un hijo o hermano? ¿Qué harías para mejorarlo? Esas fueron las preguntas de la competencia, a las que niños, adolescentes, jóvenes y adultos respondieron con belleza y hondura

Autor:

Juventud Rebelde

El mar tiene razón

Mis abuelos me han enseñado a querer y cuidar la naturaleza. Desde pequeñito, mi abuelo Juan me llevaba a la orilla del mar cienfueguero, me dejaba coger los cangrejitos y jugar con ellos, luego me decía que los dejara allí, en su casita, cuando me los quería llevar en un vaso plástico.

Mi abuela me regaló una oruga verde que llegó a la casa en una mazorca de maíz comprada en el mercado. Yo la nombré Evelio y luego la puse en una planta verde de muchas hojas para que viviera tranquila donde dice mi abuela que se transforma en una mariposa.

Siento lástima de los perros y gatos callejeros. Les doy comida y agua, pero los dueños no debían echarlos, porque se enferman, los matan.

Me molestan mucho los carretoneros que dan golpes a sus caballos. ¡Con lo que trabajan y sudan esos animalitos para que los maltraten, cuando lo que deberían es darle muchos cuidados y mimos!, como el dueño del burro Perico, de Santa Clara, que me lo contaron mi abuela y Juan, de cómo el burrito llegó a viejo.

Mi abuela me regaló unos granitos de frijoles cuando aún no iba a la escuela y los sembré; cuando la plantita abrió sus hojitas ella me dijo que estaba bostezando, porque acababa de despertar. Cuando el huracán Iván, el mar se puso violento y tiró piedras y yerbas para la calle. Debe ser que se cansó de que las personas le tiren tanta basura y se limpió un poco. El mar tiene razón al ponerse bravo.

Soy un niño, pero imagino que viene un planeta feo, oscuro como el cemento, con árboles plásticos, robots por todas partes confundidos con gente que ni saben reír ni cantar.

Las comidas serán como las pastillitas de caldo de pollo, no más natillas, ni potajes, ni huevitos fritos que tanto me gustan, ni frutas, ni agua clarita, ni batidos. Los niños estarán frente a sus computadoras y no jugarán a los escondites, ni a los agarrados, ni a las bolas, ni las niñas a las muñecas.

¿Cómo evitar que el mundo sea feo? Todos lo saben. Yo escribo al concurso para que sepan que me gustaría que todos sembráramos árboles, para pedir que no ensucien el mar, que cuiden los ríos, que no boten las mascotas, que no le den golpes a los caballos, que los mayores nos enseñen el campo, el mar. Pero en las películas que nos ponen los mayores vemos guerras, trajes plásticos y violencia. Entonces cómo poder arreglar tanto desarreglo. (Brayan Alonso Mederos, 9 años, Cienfuegos)

El único límite: la unión

Yo me imagino al planeta como lo deseo. Donde las palabras deforestación, desertificación y terrorismo pasen a la prehistoria y el mundo se contamine con amor, paz y fraternidad. Donde en cada amanecer observe cómo florece la esperanza viendo en cada rosa el aletear de una mariposa y a la tarde despedirse con el vuelo de una paloma.

Donde la palabra utilizada para definir el límite de los pueblos se llame unión y el espejo más hermoso que exista sea el armonioso contraste verde-azul del binomio cielo-mar.

Desde mi modesta trinchera haría un llamado para:

—Que cambie la mentalidad de las personas, no el clima.

—Que plantemos árboles y alimentos, no bombas.

—Que el único protocolo que se firme se denomine: OLVIDAR LAS DIFERENCIAS y cuente con siete mil millones de patrocinadores. (Milenys Colina Consuegra, Villa Clara, 15 años)

Mi sueño

Aurora abre los ojos tras el sueño incómodo de la noche anterior. No es solo el asma que la ataca sin piedad desde que era pequeñita, sino también la contaminación y el humo que impera en su tierra. Es una niña que le pregunta a papá por qué en las mañanas no la despierta la sonrisa del sol, o el canto jubiloso del cantor. «¿Dónde está la vida colorida que una vez imperó?».

A veces ve las fotos de la familia y observa rasgos verdes, azules, pero ahora son solo fotos con sabor a anhelo. En sus ratos de reproche se pregunta por qué no puede salir a la calle a jugar cuando le place, e intenta desesperadamente buscar una respuesta, un culpable.

Afuera ya nada es seguro. Podemos encontrarnos con vientos traicioneros y violentos, terremotos, radiaciones solares intensas o aguas torrenciales causantes de inundaciones y derrumbes. Pero ella lucha contra todos esos impedimentos y cada mañana sale al patio a regar su rosal.

Es de lo poco que se mantiene con savia en su entorno, pues todo a su alrededor está marchito. Mientras le da un poco de amor a sus flores, recuerda con añoranza cuando pescaba con sus amigos en el río, cerca de casa; o cuando iba los domingos de excursión por los frondosos montes, y se encontraba a su paso con numerosos animalitos que le salían alegres a saludar. Pero eso es cosa ya del pasado, y cuando lo comprende, resignada le brota una lágrima por su pálida mejilla.

Un día, como otro de los tantos que tenía que permanecer encerrada en casa, decidió salir un momento para alimentar a sus flores. Se encontró que todas estaban desfallecidas, pues al parecer en la noche anterior hubo una lluvia ácida que acabó por rematar lo poco de vida que quedaba.

Injurió todo, pero luego que el llanto y el dolor se calmaron, maldijo a los culpables que no habían sabido cuidar su tierra, esa que tanto ama. Se preguntaba de qué valía al hombre el desarrollo, la tecnología, la inteligencia, si no cuidaba a su más preciado tesoro: la madre tierra. «¡Qué ingratitud! Nos dieron todo: cielo, agua, alimento y solo damos dolor, destrucción, maltrato y muerte».

Su angustia no tuvo fronteras, (...) pidió fervientemente un deseo: que todos los destructores de la tierra, todos los que de una forma u otra la habían explotado y maltratado, fuesen castigados; pero no de cualquier forma, sino siendo convertidos en flores, plantas, animales, mares y cielo, para que vivieran en carne propia ese dolor, su dolor.

Pasó la noche, pero esta vez no hubo asma traicionera, solo sueño, sueño profundo capaz de construir el mundo a su antojo. De repente se encontró rodeada de flores, en un lugar con el que siempre había soñado y hace años dejó de existir. Alegría inmensa, sonrisa noble por ver cumplido su anhelo. Todas aquellas personas que había destruido el medio ambiente pasaron a ser flores, aire, naturaleza viva para cubrir al mundo desolado. Corría por el campo y las plantas le suplicaban ayuda, mas ella solo las besaba y seguía su paso indetenible. No se cansaba, pasó el día, cayó la tarde, y un anciano aún le veía corriendo.

Luego de esta fantasía encantadora abrió los ojos en medio de la mañana luminosa con una risa entre labios. Sentía que algo la atraía a su ventana. Se paró de la cama y, soñolienta, apoyó sus codos en el marco, manos en la cara, y vio como nunca antes la luz del sol. Escuchó el canto del gallo, respiró vida, volvía a nacer; y supo entonces que a partir de aquel momento, todos los seres de la tierra habían tenido su sueño... (Miguel Alejandro Pérez Cabrera, 22 años, Ciudad de La Habana)

Como hacen los barrenderos

Antes de empezar quiero que solo las personas verdaderas y honestas sigan leyendo, y los cobardes malagradecidos pueden romper mi escrito.

Yo me impresiono cuando camino por la calle y veo las esquinas llenas de basura mientras los cestos están vacíos. Pienso: «¿Esta gente es tonta? ¿Por qué tiran los desechos allí mientras los cestos están frente a sus narices?». A veces pego papelitos en esos cestos con mensajes como: «Por favor, la basura aquí». Pero no hacen caso.

Ustedes los adultos tienen que entender que los únicos que tenemos más maneras de salvar al mundo somos los que para ustedes, son los insignificantes niños. Ustedes destruyen al planeta, nosotros lo salvamos, y después dicen que son los adultos los más independientes. Si queremos salvar la Tierra debemos todos mostrar más ánimo, como hacen los barrenderos. Ellos sí son mayores responsables para la vida del planeta.

La Tierra lleva años salvándonos, brindándonos todo lo que podríamos tener. Pero hay personas que no piensan lo mismo que yo, y solo para su propio bien explotan al mundo. Ahora veo por televisión el derroche del petróleo tan grande que hay en el mar y eso nos lleva a la destrucción de los peces y otros animales marinos.

Piensen que la ambición de los seres humanos está llevando a la eliminación de todas las especies. Si yo fuera ustedes aumentaría el cuidado a las plantas y los animales, tanto los marinos como los de tierra, y también formara más organizaciones juveniles para el cuidado y protección del medio ambiente. En su destrucción no son los animales los que van a defender el planeta, aunque ellos sean más civilizados que nosotros. Tengan en cuenta que si ustedes no me hacen caso, los niños y jóvenes no nos quedaremos atrás, también nosotros haremos todo lo posible por salvar a la Tierra. (Víctor Manuel Lefebre Barreto, 10 años, Ciudad de La Habana)

Un mundo sin antifaz

Quisiera purificar/ el aire que respiramos/ para mis hijos y hermanos/ es lo que ansío legar./ También desintoxicar/ ese mar que nos rodea/ y que la humanidad vea/ que los bosques reverdecen/ y que nuestros hijos crecen/ para poderlo contar.

Por mejorar el ambiente/ cultivaría las tierras/ extinguiría las guerras/ que sería lo más prudente./ Haría que toda la gente/ se tomaran de las manos/ que fuéramos como hermanos/ formando grandes murallas/ y disfrutar de las playas/ pero cuidando el ambiente.

Sería mi primera meta/ el orbe reforestar/ para poder aumentar/ los pulmones del planeta./ Dibujaría una silueta/ donde cupiéramos todos/ para así encontrar el modo/ de respirar aire puro/ y asegurar el futuro/ de la humanidad completa.

Veo un mundo sin antifaz/ despidiendo un suave aroma/ lleno de blancas palomas/ que simbolizan la paz./ Me propongo ser capaz/ de hacer realidad mi sueño/ y pondré todo mi empeño/ para el ambiente sanar/ y así poder controlar/ este mundo tan voraz. (Greter García Falcón, 14 años, Pinar del Río)

Receta para eternizar

A mis hijos les daría una receta:

En un cubo grande, el más grande que vean./ Echar retoños de todas las plantas que puedan./ Echar sonrisas, pero solo de esperanzas y fe./ Echar lágrimas de alegrías/ Y el llanto de un niño al nacer.

Echar futuro./ Tendrían que agregarle, además,/ la espera de alguien que pide otra oportunidad/ El empeño del que emprende una meta/ El sol de cada mañana/ Y la primera mirada de aquel que vivió en tinieblas/ Echar confianza/ Todo eso debe mezclarse y cocinarse al amor/ Principiante de dos colegiales/ Y con esa mezcla especial/ Tendrían la misión/ De eternizar el almanaque Maya./ Luna (Anika Quiñones Darzos, 21 años, Ciego de Ávila)

Reforestar las almas

Las lágrimas subían a mis ojos y bajaban en cascadas por mis mejillas. Mi corazón se achicaba en el centro del pecho sin poder dar crédito a lo que presenciaba.

Estaba sola, parada en medio de una planicie y el Sol quemaba mi piel hasta el punto de hacerme llagas. Antes crecían allí fuertes árboles con los que retozaba, alegre, el viento. Caminé unos pocos pasos en busca del riachuelo que una tarde de verano sació mi sed, pero en su lugar corría un líquido negro en el que flotaban grandes cantidades de desechos sólidos. Un insoportable hedor emanaba de aquello, obligándome a salir apresuradamente en otra dirección.

Miré al cielo en busca de un rayo de esperanza, fue en vano, solo encontré una atmósfera contaminada en la que apenas se podía respirar.

La imagen triste de un niño vino a mi mente, una pregunta se podía leer a través de sus ojos: ¿Por qué?

Razones había muchas y los únicos culpables: los hombres. Tras algo que llamaban «desarrollo», talaron los árboles y con ello eliminaron a millones de animales, construyeron las industrias a orillas de los ríos y cuando pudieron hacer algo para remediar el mal, perdieron el tiempo sin ponerse de acuerdo. ¿Acaso no se dieron cuenta de que estaban firmando su propia sentencia de muerte?

No supieron apreciar que la vida de los seres humanos estaba en juego, que había que emplear el dinero en producir alimentos y no bombas, en construir hospitales y escuelas en lugar de cárceles y centros de tortura; que había que reforestar las almas, eliminando el odio y el rencor, dejando crecer los verdes retoños de la paz y la amistad. El destino del mundo estaba en sus manos, mas lo dejaron caer por el precipicio.

Una voz me gritaba desde lejos: ¡Despierta! ¡Despierta! Sobresaltada miré a mi alrededor, me encontraba en mi cuarto, sentada en mi cama y con la almohada húmeda por el llanto. Había sido un sueño, o mejor dicho, una pesadilla que pudiera hacerse realidad más temprano que tarde.

En aquel momento deseé que alguien hubiese entrado en mi sueño y alertase a las personas del peligro que corre nuestro Planeta. Por eso decidí compartirlo con todos a través de esta historia. Ojalá sirva de algo. (Mairyn Arteaga Díaz, 18 años, Pinar del Río)

La loca de Santa Otilia

Publicado en Planeta Gris, el 1ro. de abril de 2084.

Ocho décadas atrás, la villa de Santa Otilia era un rincón olvidado de la América del Sur, que no salía jamás en la televisión ni en la prensa, y casi ningún mapa tenía escrito su nombre. Los otilianos, sin embargo, vivían plácidamente, gracias a la generosidad de su suelo, la transparencia de su río y la pureza de su aire.

Cada semana hacían una festividad de siete días, y así, durante todo el año, celebraban días de santos y comienzos de estaciones, fechas de importancia histórica y fechas intrascendentes, nacimientos y mortuorios, cumpleaños y no cumpleaños, aguaceros y jornadas de intenso sol... Siempre se encontraba algún motivo para festejar, y era indecoroso e inmoral en Santa Otilia perderse por cualquier razón los célebres festejos. Y en verdad nadie se los perdía, salvo una extraña mujer, de la que no sabemos el nombre, porque era conocida por todos como «La Loca».

Con cada alba salía a trabajar La Loca de Santa Otilia, y siempre terminaba después de cada ocaso. El día era muy corto para tanta labor: regar todos los arbolillos, sembrar semillas nuevas, destruir las trampas de los cazadores, recoger los residuos sólidos para luego enterrarlos y convertirlos en abono orgánico… Dicen que era un espectáculo verla por los mediodías, con una careta de buzo y un par de patas de rana, nadando por todo el río para limpiarlo de desechos. Compartía su arroz con los gorriones y con los gatos su leche. Hablaba con los animales y las plantas, y no tenía tiempo para ir al dentista, ni atenderse con el peluquero, ni actualizarse con las revistas de modas. No tuvo esposo ni hijos, no tenía ni siquiera ocasión de peinarse. Nadie en el pueblo le hablaba, y, si alguna vez alguien lo hacía, era para dirigirle una horrible burla.

Cuando La Loca murió, se hizo en toda la villa una gran celebración, y los muchachos inventaron un juego, donde ganaba el que más árboles lograra sembrar, el que más trampas destruyera y el que más desechos sacara del río. El juego se convirtió en tradición, y después de cada ocaso las autoridades coronaban a los campeones del día.

Ahora Santa Otilia parece un jardín edénico, y mientras en las grandes capitales de Norteamérica y Europa recordamos el comienzo de la primavera con la Virtual Reality SW, aspirando el OXIN-G2 de nuestros incómodos balones, los otilianos celebran la Fiesta de los Lirios, el único festejo de su nuevo calendario. Miles de personas de todo el mundo viajan hasta allí para respirar, al menos por un instante, el aire puro que les negaron sus ancestros, y para tomarse fotos con la estatua de la mujer que supo salvar su trocito de planeta. ¡Qué diferente sería hoy nuestro mundo si cada Santa Otilia hubiese tenido una loca! (Carlos Remberto Ramos Gutiérrez, 24 años, Villa Clara)

* Los textos ganadores del concurso, acompañados de dibujos hechos por niños sobre el tema, estarán expuestos desde hoy en el Museo Nacional de Historia Natural.

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