El nuevo paraíso de Chijona

El director Gerardo Chijona dialoga con JR sobre su película Boleto al paraíso, que aborda la tragedia del sida y es una de las propuestas cubanas en este Festival del Nuevo Cine

Autor:

Jaisy Izquierdo

Autor de aclamadas comedias como Un paraíso bajo las estrellas, Adorables mentiras y Perfecto amor equivocado, Gerardo Chijona vuelve tras la cámara para contarnos una historia diferente que, sin renunciar a la risa, llega con la crudeza dramática de haber sido vivida por personas de verdad.

Boleto al paraíso se remonta al reciente pasado de los años 90 para acercarnos a unos jóvenes roqueros que decidieron infectarse de sida. Con ello no solo decían adiós al infierno de sus circunstancias, sino también encontraban el camino directo al «Edén», cuyas puertas celestiales no eran otras que las del sanatorio Los Cocos donde tendrían refugio, atención y alimentos seguros.

«Quisimos representar esa mezcla letal de inexperiencia, ignorancia, inocencia y familias abusivas, el rechazo de la sociedad en una Cuba que en aquellos tiempos difíciles vivió una situación material y espiritual muy compleja», explicó a JR Chijona, quien descubrió los testimonios que inspiraron su historia de ficción en el libro Confesiones a un médico, del doctor Jorge Pérez, director del sanatorio por más de una década.

Fue con la ayuda de Jorge que Chijona y los seis jóvenes actores que colocaron piel a los «friquis», se adentraron en  el doloroso mundo del sida y se pusieron en contacto con aquellas personas de carne y hueso que por voluntad propia decidieron enfermar.

Para Héctor Medina, el Alejandro que atraca una farmacia con sus amigos y luego huye a La Habana, enfrentarse a esta realidad fue dejar atrás la visión un tanto ingenua de no ver más allá de los cartelitos que pegan en la farmacia, o los spots que transmiten en la televisión.

Mientras que para la actriz que encarna a Milena, la muchacha que les hizo «el favor» de tener sexo con todos para garantizarles la entrada al sanatorio, fue estremecedor conocer a una mujer que en su juventud insistió durante meses por compartir la misma suerte que sus amigas infectadas, a las cuales había quedado ligada por un pacto del que hoy se arrepiente.

«Para realizar esta película investigué, me documenté sobre el tema, y entrevisté a muchos, incluso a varios de los sobrevivientes de aquel grupo de jóvenes; pero cuando me decidí a escribir me concentré en que mis personajes eran todos nacidos de la ficción, eran míos, aunque hubieran tenido su reflejo en la vida real», me confiesa Chijona y sus respuestas se vuelven entonces un boleto hacia este nuevo paraíso sobre el cual el autor nos invita a mirar, inquirir y meditar.

—¿Cuáles fueron los verdaderos personajes que dieron pie a los de ficción?

—Del libro de Jorge, Confesiones a un médico, tomé como punto de partida a un grupo de «friquis» que termina en el sanatorio y la experiencia de una muchacha, cuyo padre la violó e infectó. Amalgamé esas dos historias reales y las cambié también.

«Siempre digo que ninguna entrevista, novela o testimonio son una película en sí. Tienen un trabajo de construcción dramática que se desarrolla fundamentalmente en el proceso de la escritura. Por ello es necesario construir todo un universo particular para la historia que vas creando».

—¿Consideras que esta nueva película marca un punto de ruptura con tus filmes anteriores?

—Cuando dirigí documentales, lo mismo hacía Los bebitos de Bebito en tono de humor, que me decidía por documentales más dramáticos, como Una vida para dos, para que la gente llorara. Solo siento que he querido expandir de alguna manera los límites y abordar una realidad diferente: esa Cuba que nunca se ha visto.

«Mis tres comedias de una forma u otra están relacionadas porque, haga lo que haga, lo que me interesa es la condición humana. Sea cual sea el género, lo que más me llama la atención son las necesidades dramáticas de los personajes. No me interesan ni las morales ni las políticas ni las éticas ni las religiosas, eso es ya para hacer discursos de otro tipo. Para mí el cine es arte, capaz de desatar, por supuesto, disímiles lecturas en el espectador».

—Llama la atención ver a actores consagrados interpretando papeles tan «pequeños»...

—La película tiene esta estructura episódica donde los personajes salen huyendo de sus pueblos, van a la carretera y se encuentran con una cantidad de personas que se mezclan en sus vidas durante el viaje o sus peripecias en La Habana. Yo sabía que eran personajes pequeños, de una o dos escenas, para los cuales necesitaría más de 30 actores. Hablé con mis amigos de siempre, con los que había trabajado en mis comedias anteriores y todos fueron muy solidarios conmigo. Ninguno me preguntó cuánto les iba a pagar ni cuán grande era el papel.

—Es tu tercera película con Raúl Pérez Ureta como director de fotografía...

—El trabajo de Raúl Pérez Ureta es algo asombroso, porque todo aquel que haya visto José Martí: el ojo del canario y Boleto al paraíso, se puede percatar de que son dos fotografías totalmente diferentes la una de la otra. Y sin embargo, las hizo la misma persona.

«Nosotros queríamos lograr una fotografía que expresara la época en la que se movían estos personajes, y darle a la imagen un estilo semidocumental para que la cinta fuera como un trozo de la realidad. Todos los otros elementos, como la actuación, la música, la edición, deberían ser un tanto invisibles para que el espectador no sintiera tanta mediación entre él y lo que estaba ocurriendo en pantalla.

«Raúl y yo siempre tenemos la costumbre de ir a las locaciones; si tenemos oportunidad llevamos a los actores para ensayar las coreografías, hacemos lo que se llama una planta con los desplazamientos de la cámara, y luego ambos realizamos el story board de la película. Todo lo que está ahí, está dibujado, siempre con la posibilidad abierta a que surgieran cosas en el rodaje».

—Los papeles principales de Boleto al paraíso descansan sobre las espaldas de seis jóvenes actores. ¿Cómo fue el trabajo con ellos?

—Desde el inicio los actores se portaron muy bien, teniendo en cuenta que estuvimos casi un año haciendo el casting. Llegó un momento en que me quedé con dos candidatos para cada personaje, y entonces hablé con Carlos Díaz para realizar un taller, quien estuvo 15 días entrenando y haciendo improvisaciones. Después entramos ambos, durante dos semanas más, a trabajar con escenas de la película. Fue entonces que hice el último corte y decidí los que iban a permanecer finalmente. Tengo que decir que se quedaron fuera algunos que hubieran podido hacer perfectamente la película.

«Y luego, a ensayar como locos, en mi casa o en el ICAIC. En esta ocasión no filmé los ensayos, algo que acostumbro a hacer, porque eran actores con mucha inexperiencia y no quería ser demasiado tiránico con ellos. Muchos de los consagrados también los acompañaron en los ensayos para ayudarlos.

«El rodaje fue un trabajo agotador, de siete semanas, con 25 noches y 52 locaciones. Parecíamos un circo ambulante. Pero los muchachos lograron entre sí una química insuperable, y sobre todo en el rodaje nos llenaban con esa energía, propia de su edad. Me sentí muy feliz dirigiéndolos».

—Finalmente, ¿satisfecho?

—Yo hice la película que quise hacer. Aunque como siempre me queda por dentro el espíritu de crítico de cine que ejercí durante años. No me gusta verla mucho después, porque solo me fijo en las partes que me equivoqué. Pero sucede que la cinta cuando está terminada deja de ser de uno, por eso ahora para mí lo más importante es obtener la retroalimentación, porque el tiempo es el que se encarga finalmente de ponerla en su lugar. Solo trato de hacer la película que me gustaría ver en el cine.

—¿Filmes por venir?

—Esther en alguna parte, que es la adaptación de la novela de un amigo mío, Eliseo Alberto Diego. Es una tragicomedia, pero ahora voy al otro extremo, porque trata la historia de dos personas de la tercera edad.

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