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Sin barreras ni fronteras

La Ópera de la Calle, que en apenas cuatro años de existencia ya ha recorrido importantes plazas capitalinas y del resto del país, coronó de lujo esta vez al Centro Cultural Cinematográfico Yara

 

Autor:

Frank Padrón

La ópera que conocimos, heredera del belcantismo y de mucho más atrás, estuvo encerrada durante siglos no solo entre las cuatro paredes de un teatro, sino entre dogmas y convenciones tan rígidos que resultaba inconcebible el aire fresco no ya de espacios abiertos y mayores, sino la «contaminación» con otros géneros y formas musicales, danzarios y, en general, escénicos.

Por eso la Ópera de la calle, colectivo que dirige el prestigioso barítono Ulises Aquino, emprende entre otras una lección de renovación, apertura y mezcla por la que debe comenzar a agradecerse su existencia. Las discutidas estéticas de la posmodernidad encuentran en ella un punto irrebatible: la fusión de las llamadas (y enfatizo en el término) alta y baja culturas; claro que la cultura es una sola y siempre es alta, trátese del ballet clásico o la rumba de cajón, de la sinfónica y la camerata o el son más largo, pero operando (también) a nivel de supuestos, este inmenso, dinámico y variopinto grupo sintetiza, sincretiza e incorpora de manera (re)creadora y esencial.

Para comprobarlo una vez más fue suficiente una reciente presentación en el Centro Cultural Cinematográfico Yara, con una programación de fin de semana bien ecléctica que lo mismo propone grupos y solistas humorísticos de dudosa valía que a rockeros, raperos y reguetoneros de distinto alcance, pero esto es harina de otro costal; baste por ahora decir que la presentación de la Ópera de la Calle coronó de lujo el recinto, y nos hizo desear que ojalá el 50 por ciento de lo que acoge el céntrico cine-teatro detentara este nivel estético.

Y eso que, para ser absolutamente justos, aún el amplio escenario del local le quedó estrecho a la legión de cantantes, bailarines y músicos que comanda Aquino; realmente se les veía incómodos, sin todas las posibilidades reales para el despliegue (y despegue) escénico que requiere un ensemble concebido, como indica su nombre, para espacios mucho mayores; aun así, repito, no hubo uno de los cientos de espectadores que colmaron el Yara que no agradeciera tan cálida y hermosa entrega, como demostraron los cerrados y elocuentes aplausos.

De entrada, hay que encomiar en la Ópera... la elevada cualificación de sus integrantes: probadas voces de todas las cuerdas y registros, según las cuales se distribuyen y asumen las diversas propuestas musicales; dinámicos y precisos danzantes que lo mismo se atreven con los más exquisitos pirouettes y fouettés que con los «vacunaos» del guaguancó o la energía del yambú; instrumentistas que logran poblar el ámbito sonoro tanto de las secuencias programadas por el sintetizador, como de los cubanísimos tambores o la más cosmopolita batería, sin olvidar claro,  las delicadas cuerdas,  cuando no se trata de artistas «multioficios» que bailan, cantan y ejecutan con semejante virtuosísimo.

Lo cierto es que en la reciente función pudo lo mismo degustarse de segmentos propiamente líricos (la zarzuela típica a lo Amalia Batista) que de expresiones trovadoresco-guaracheras (como podría definirse la no menos criolla Cuando se vaya la luz, mi negra, de Frank Delgado); desde el himno pacifista Imagine, de John Lennon, a aquellos experimentos también posmodernos donde Freddy Mercury y The Queen fusionaban las alturas líricas con reminiscencias de células árabes dentro del más soberano rock sinfónico (Bohemian Rhapsody, Somebody to lo-ve…) tan dentro de la(s) línea(s) del grupo. Del Renacimiento al barroco, del bel canto al son y la canción más cubanos, del pop al rock y a la fusion más legítima, pasando por el jazz (de aquí y de allá) no hay límites para estos artistas que no olvidan la etimología original de la palabra ópera, que significa simplemente «obra».

Resulta también muy coherente la relación estrecha y bien definida de solista(s) y coro, de bailes y cantos, de solos musicales y acompañamientos, y en general, los movimientos escénicos que delatan un afinado (y afilado) coreógrafo detrás de cada presentación, amén de un sapiente repertorista que logra combinar con eficacia y gracia las diversas tesituras y los variados géneros que confluyen en las presentaciones.

Un detalle recomendaría, y es perfilar aún más las gradaciones y diseño general del vestuario: si bien basado y bien centrado en el blanco y negro, aún merecería, a mi juicio, un poco más de ajuste, y mayor desempeño creativo.

Por lo demás, y por lo pronto, la Ópera de la Calle se instaló, más allá de los escenarios abiertos y amplios que concurren (en apenas cuatro años de existencia ya han recorrido importantes plazas capitalinas y del resto del país) en el corazón del amplio público amante de tan elevadas entregas estéticas, esas que trascienden las etiquetas del canto lírico, o trovadoresco, o popular; público al que no le interesa distinguir o deslindar entre el ballet más ortodoxo o la danza folclórica y contemporánea, y simplemente disfruta de lo que Ópera de la Calle le ofrece con autenticidad y realeza: arte legítimo, de cualquier sitio, de cualquier cultura, de cualquier época, porque ella sabe fundirlo y entregarlo en una dimensión óptima.

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