Para que zumbe en la memoria

Sumbe, que llegará a la pantalla grande en agosto, promete ser una estampida para no olvidar la epopeya de Angola

 

Autor:

Jaisy Izquierdo

Ya está lista la segunda entrega de la trilogía Kangamba, Sumbe y Cuito Cuanavale, impulsada por el ICAIC, para resguardar en celuloide ese pasaje unido a nuestra historia que fue la guerra en Angola.

Su realizador es otro de los consagrados, Eduardo Moya, a quien le sirve como sencilla carta de presentación la obra televisiva y después fílmica Algo más que soñar.

Moya vuelve a pisar el conocido terreno del género bélico, acercándose esta vez a la historia de unos héroes de carne y hueso, que no fueron soldados experimentados sino maestros, constructores o médicos, quienes se enfrentaron a un ejército superior en hombres y armamentos, y aun así alcanzaron la victoria.

Para la conformación del guion, Moya trabajó intensamente en una investigación que lo llevó a recopilar el testimonio de cerca de 50 participantes, con lo que conformó una visión colectiva del suceso. Invaluable fue también para el director el acceso al libro inédito del general de brigada Amels Escalante, que lleva el mismo nombre de la película.

La película comienza el día antes de la batalla. La ciudad está cercada por las tropas de la UNITA —Unión Nacional para la Independencia Total de Angola—, que han avanzado vertiginosamente, y parece cosa fácil para 1 500 hombres bien armados con morteros y lanzacohetes, rendir el territorio y trasladar como rehenes a los apenas 200 colaboradores civiles cubanos que se encontraban en Sumbe, capital de la provincia de Kuanza Sur.

Una ilusión que han de poner en duda múltiples personas como el teniente coronel Castillo; Ortega, el jefe de la misión; o un valeroso funcionario del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) —interpretado por Roberto Perdomo—, quien junto a su mujer sintetizan la heroicidad del pueblo angolano.

La concepción de los personajes responde a la manera en que Moya entiende el género: «Generalmente la guerra es considerada por el cine bélico como un espectáculo, y la sintetizan en uno o dos héroes que son invencibles. Para mí la guerra es una tragedia terrible, que es sufrida por todos, y es por eso que esta es una película coral, donde cada uno de los que en ella intervienen es un protagonista».

Fue Jorge Martínez quien corrió con el reto de encarnar al teniente coronel Juan A. Castillo Vázquez, jefe de la seguridad por la parte cubana en Sumbe, el cual tuvo que asumir el mando ante el ataque enemigo, coordinando la resistencia y la defensa del lugar, junto a los otros civiles. «Un desafío doble para mí, porque coincidentemente la persona a la que yo interpretaba trabajó junto a nosotros como asesor de la película. Ese hecho, si bien me dio la facilidad de tener la vivencia de primera mano; por otra parte constituía la presión de poderlo reflejar lo mejor posible».

En este sentido, uno de los momentos más gratificantes para el actor llegó al terminar el rodaje de una escena muy emotiva, donde él se reencuentra con uno de sus grandes amigos, Ortega, el jefe de la misión, quien temía hubiera muerto. Su asesor casi con lágrimas en los ojos se les acercó a él y a Fernando Hechavarría, felicitándolos porque le habían permitido volver a revivir el pasado.

Alegrías y nostalgias

El contacto con las personas reales que vivenciaron el suceso estuvo también, para Enrique Bueno, entre los saldos más positivos que como actores les dejara esta experiencia. Ya no se trataba de un guion leído en frío, sino que cobraba vida, rostros, color. «A mí me tocó la suerte de contar, junto con Haidée Rosa Hart, la única historia de amor de la película: la de una pareja de jóvenes que se ama desde que viven en Cuba, y cuando a ella le hacen el llamado para prestar servicios, él decide unirse al grupo para seguir a su lado».

Para caracterizar a este muchacho atlético, Enrique se vio obligado a enfrentarse a entrenamientos militares muy rigurosos, porque a pesar de ser un maestro civil, este joven tuvo que empuñar las armas. «Lo gracioso es que cada vez que sonaba una bomba me asustaba muchísimo, y entraba en pánico por dentro, porque a diferencia de una guerra real, yo sí conocía de antemano por dónde me iba a explotar una, y esto me ponía tenso», confiesa al rememorar los avatares del rodaje.

Alden Knigth también recuerda con alegría y con cierta nostalgia otras peripecias vividas durante la verdadera guerra de Angola, allá por los años 80, cuando acompañado de Asenneth Rodríguez y una guitarra, recorrió campamentos y unidades militares recitando poemas de Agostinho Neto en portugués. «Ya en aquella época los propios angolanos se nos acercaban y nos decían que nosotros lo que hablábamos era brasileiro, y que poco tenía que ver aquello con su manera de hablar. Por eso me gustó mucho la decisión que se tomó, tras varios debates, de decir los diálogos en español, porque nos permitía concentrarnos más en la sustancia de lo que se estaba diciendo, que en el propio idioma, el cual, como sabemos, varía con el tiempo y en dependencia de la región».

Y es que a Alden le tocó ponerse en la piel del jefe de la oposición, el Comandante Chendobaba, un personaje con un conocimiento de la guerra extraordinario y una formación militar de academia. «Se trata de un hombre que lucha por lo que piensa y que ve a los cubanos como unos intrusos», explica Alden.

De contrastes está llena la vida, me dice Alden, quien permaneció en la guerra durante tres meses y ¡por suerte! no vio caer una bomba, para venir 30 años después a escuchar su detonación en una película.

Omar Valdés es el responsable de asustar a algunos e impresionar a otros. Pirotécnico de experiencia que cuenta en su haber con la realización de la aventura Hermanos y del filme Kangamba, en esta ocasión asumió dos desafíos: la dirección general de los efectos especiales, y la ejecución de las pirotecnias reales en locaciones reales, a diferencia de Kangamba, que se concentraron todas en un polígono militar.

Poblados como Santa Cruz del Norte, con sus edificios y habitantes, fueron testigos de las grandes explosiones; y las detonaciones se hicieron sentir desde un avión en pleno vuelo, en una iglesia ficticia construida en la playa de Jibacoa; o persiguiendo a un grupo de personas que, para salvarse de las balas, intentan subirse a un camión en marcha.

«Hicimos pirotecnia pura para más del 90 por ciento del filme, con la dimensión de explosiones que se levantaban hasta el segundo o tercer piso de un edificio», asegura Omar, quien no olvida agradecer a un equipo técnico excelente, preocupado por tomar todas las medidas de seguridad para que en este «juego serio» nadie saliera dañado.

Pero más allá del resultado artístico final que la película pueda o no alcanzar, asegura Jorge Martínez, «la importancia real de Sumbe queda resguardada en el hecho heroico, en la piel de gente sencilla que defendieron un lugarcito sin trincheras, parapetados en cualquier rincón. Me admiro de estos hombres anónimos, sin altos rangos, que nunca han reclamado un lugar en la historia, que sin duda lo tienen, y con esta película se lo devolvemos».

Es este también el sentir de Eduardo Moya, quien aspira con estas imágenes a «contar esta extraordinaria hazaña que culminó con el triunfo, y con ello exaltar una epopeya toda, la de Angola, para mí tan grande como la que se cuenta en la Odisea, la Ilíada o en los versos del Cid Campeador».

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