Buena música transita por Calle 13

El dúo boricua arrasó en los Grammys latinos con el disco Entren los que quieran, en el que no renuncian al polémico reguetón

 

Autor:

Frank Padrón

Quienes niegan de cuajo toda posibilidad al reguetón de un mínimo vuelo estético, que revisen la corta, pero elocuente discografía de Calle 13, el dúo boricua que acaba de arrasar literalmente con los Grammys latinos 2011 (9 de las 10 nominaciones, incluyendo mejor álbum del año, en lo que constituye todo un récord en la historia del certamen) por su más reciente disco, Entren los que quieran(2010).

Cierto que, tanto el CD laureado, como el anterior (Los de atrás vienen conmigo, 2008) exhiben un abanico genérico que trasciende el limitado ritmo, y por tanto, su proyección rítmica y tímbrica es más amplia, pero ellos no han renunciado ni remotamente al polémico reguetón, que aquí y allá asoma en la plataforma sonora de ambos fonogramas.

Para ser absolutamente justos, los dos discos iniciales del dúo integrado por René Pérez (Residente) y Eduardo Cabra  (Visitante), si bien les dieron a conocer y fijaron su primer y creciente grupo de fans, se sienten lastrados por un exceso de visceralidad rayana en lo vulgar. Puestos a ser irreverentes, a  intentar pulverizar con sus verdades órdenes establecidos, el excesivo uso de la «mala palabra», y la obscenidad, la incursión en códigos de eso que algunos llaman «realismo sucio», aportaron  a la vez suficientes armas a los detractores del reguetón. Tanto el primero (Calle 13, 2005) como el segundo (Residente y Visitante, 2008) si bien revelaron una indudable fuerza expresiva y una facilidad en las construcciones letrísticas, se extraviaban un tanto en la desmesura.

Ya Los de atrás… comenzó a mostrar la depuración de un estilo: desde la Intro… (Crónica de un nacimiento) se aprecia la ironía y el sarcasmo que atravesará el volumen. Que lloren, digamos, es todo un «arte poética» a quienes atacan sin deslindes, más allá del reguetón, toda la «música urbana« («se trata de respeto/de quien escribiendo/ domina mejor el alfabeto») mientras fustiga a los comerciantes en la música, los vendidos a las disqueras poderosas, olvidados del pueblo que debe inspirarlos, todo con una rima pérforocortante, contentiva de una poesía abrupta, agresiva pero poesía al fin, que se torna un mensaje todavía más anclado en lo social en piezas como No hay nadie como tú, o la antiimperialista, desde una perspectiva regional, Gringo Latin Funk, dedicada a jóvenes de esta parte del mundo que imitan ridículamente el american way of life. Valga apuntar que en varias de estas piezas se aprecian arraigadas células de reggae, rap y salsa (como en La perla, con Rubén Blades).

Mas, si aún la monotonía rítmica propia del género en que aún se inserta, pueda hacer un tanto difícil la recepción del disco, el ahora laureadísimo Que entren todos… es ya otra (o muchas) cosa(s).

Desde la «obertura» (Intro), donde descorriendo las cortinas se afirma que Puerto Rico es «el único lugar del mundo donde se presta más atención a Miss Universo que a la educación», se adivina la variedad tanto conceptual como sonora; las paráfrasis irónicas de líneas de la música tradicional norteamericana (funky, country, musical a lo Broadway, etcétera) ya anuncian lo mucho de bueno que deparará el álbum.

Y no decepciona, en momentos como la autobiográfica Calma pueblo («yo estoy aquí para contarte/ lo que no cuentan los periódicos… mi disquera no es Sony/ mi disquera es la gente»), que vuelve sobre la denuncia al arte trocado en vulgar negocio, las censuras injustas o la hipocresía religiosa, bordada con eficaces comentarios de rock tradicional; en los contrastes sociales que informan Baile de los pobres (con la participación de Omar Rodríguez), donde coros femeninos enriquecen la perspectiva vocal, como también en el elegante reggae La vuelta al mundo, una canción de amor lindando con la vocación del viajero.

Varios temas se elevan sobre la media: La bala, que afina la fuerza letrística, aderezada por unos logrados crescendos armónicos y orquestales; Vamo’a portarnos mal, un merengue con todas las de la ley, que sintetiza la irreverencia y el desenfado que signa la estética del dúo («no somos clones, no somos imitaciones/hoy vinimos a ser, lo que no se supone»), y Latinoamérica, preciosa samba-canción que invita a tres grandes cantantes: Totó la Momposina, Susana Baca y la  brasileña María Rita, para discursar en torno a lo invaluable de las cosas grandes.

Sin que deban pasarse por alto las disonancias deliberadas de Digo lo que pienso, el country & western de Muerte en Hawai, las células de lambada en Todo se mueve, o el elocuente epílogo que, con el ropaje armónico de todo un oratorio clásico (quizá un guiño al Queen de piezas de ese corte), con frases incluso de reminiscencia barroca, constituye un resumen de inquietudes e ideas que se han manejado en todo el CD.

Disco que reivindica un tipo de música frecuentemente vituperada, demuestra que todo depende no solo del cristal con que se mire, sino con que se haga. No hay dudas de que por esta calle, devenida ya avenida, pasa —al margen de tendencias o géneros— la buena música, sobre todo esa portadora de un discurso que convoca al pensamiento y la reflexión en medio de tanta banalidad y cursilería.

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