Mi público: dulce «veneno»

La joven cantante Yaíma Sáez cuenta a JR cómo llegó la música a su vida

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Yaíma Sáez deslumbra. Emociona. Cuando su voz se apodera del aire, de la luz, de todos los espacios, del alma, nada verdaderamente humano permanece indiferente. Así de enorme es el poder de esta joven camagüeyana que, cual diosa de sensual temperamento, hechiza como pocos desde el instante en que se apropia de canciones que interpretadas por su prodigiosa garganta, glorifican la belleza y los sentimientos.

Lo más curioso en Yaíma tal vez sea que dotada como ha sido para cantar y emocionar, se adentró en el mundo del arte sin que tal gracia le llegara por «herencia», como casi siempre sucede en estos casos. Ella se lo explica sin darle muchas vueltas al tema: «La música la llevo en la sangre como cualquier cubano. Solo mi tío tocó trompeta como aficionado, cuando pasó el Servicio Militar.

«Todo empezó a partir de la Universidad, aunque en un inicio me dio por escribir cuentos. Entonces, tuve la suerte de recibir el Curso de Técnicas Narrativas en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, que dirige Eduardo Heras León; la primera ventana por la que me asomé al mundo del arte, pero ni siquiera en ese momento me había pasado por la cabeza cantar. Mi sueño era la Psicología, especialidad que estudié como Licenciada en Cultura Física y que luego impartí en la Universidad.

«Es decir, que en la Psicología se centraba mi vida hasta que aparecieron dos instructores de arte, Irma Sariol y Gilberto Riverón, quienes me llamaron la atención sobre mi voz. Se percataron en ese tiempo en que como joven quería estar en todo, especialmente en las actividades de la FEU. Pero en aquel entonces estaba muy lejos de pensar que podría consagrarme al canto».

—Por lo general las personas que poseen grandes voces como la tuya, comienzan a despuntar desde muy pequeños...

—Pues nada de eso. Te cuento que en cuarto grado —parece que me marcó mucho porque nunca lo olvidé—, estaban haciendo captaciones para un círculo de interés de coro y debía interpretar el Himno Nacional. Me desaprobaron, por desafinada, según me dijeron (sonríe), aunque mi mamá asegura que a cada rato me sorprendía en la ducha utilizando el tubo de desodorante como micrófono. Pero todo empezó más en serio entre el 2002 y el 2003, cuando para la gala de graduación ofrecí un concierto.

—¿Y qué sucedió con la literatura?

—Bueno, accedí a la beca con un cuento. Lo escribí por el tiempo en que colocaron la estatua de Lennon. Se titulaba A solas con mi amigo. Gracias a ese relato pude estar en el Centro Onelio. Sin dudas, con ese curso comencé a apreciar la literatura de un modo diferente, y mi cultura general se enriqueció tremendamente. Incluso, llegué a conocer a personas que nunca imaginé, como al mismo Heras y su encantadora esposa; Daniel Chavarría..., y viví experiencias como estar en el Premio Casa de las Américas. Mas me percaté de que ese no iba a ser mi fuerte.

—Si estudiaste Cultura Física fue porque practicaste deportes...

—Fui atleta por 15 años y la «culpa» la tuvo el asma. Pasé por atletismo, baloncesto, hasta que un buen día un entrenador, Manuel, me observó y determinó que mis condiciones físicas eran favorables para el balonmano, un deporte bien rudo y jugando una posición defensiva que es todavía más dura: el pívot. Al deporte le agradezco haber vencido parte de mi notable timidez, amén de que contribuyó a mantener esta figura (sonríe). Siento que, de alguna manera, fue una preparación para lo que vino después con el canto, porque al fin y al cabo potenció las condiciones físicas que se necesitan para poder cantar un poco mejor, como la respiración diafragmática...

—¿Cómo se recibió en tu familia el cambio de Psicología por el canto?

—Fue un escándalo. Solo una madre tan grande, comprensiva, amorosa, lo comprende.Y es que ya estaba preparándome para defender el Doctorado en Ciencias Pedagógicas, pero pudo más el canto que la ciencia, no obstante, jamás he podido olvidar a mis compañeros del Instituto Superior de Cultura Física Manuel Fajardo, de Camagüey, que tanto me apoyaron, como los tantos  que ahora tengo en La Habana.

—Supongo que la duda en cuanto a cómo encaminar tu futuro surgió definitivamente en aquel concierto de graduación...

—Tal vez haya sido un poco pretencioso denominarlo concierto (sonríe). Hicimos dúos, solos, tríos, y en todos estaba Yaíma, por eso digo que fue como un miniconcierto. No olvidaré que lo primero que canté fue Hombre que vas creciendo, de Pablo. Y cuando terminé hasta se me acercaron ofreciéndome trabajo, mas en ese instante aún la psicología ganaba.

—¿Y cuándo entonces?

—Era el 2004 y ya había participado en un Festival Nacional de la FEU donde conquisté el primer lugar junto a Adrián Berazaín. Y apareció el concurso En busca de talento, que convocó la Uneac, muy parecido a Todo el mundo canta. Este certamen me dio la oportunidad de conocer a Servando Vázquez y a Leopoldo Lastre, quienes me hicieron entender que mi camino no era la trova, sino las grandes canciones temperamentales.

«Admito que, quizá por mi juventud, no era capaz de apreciar ese tipo de música y estaba negada a aceptarlo. Pero como quería ganar seguí sus consejos. En ese afán me aprendí Mil congojas, Cavaste una tumba... Cuando llegó la competencia anual, le pregunté al guitarrista Papito García, tristemente fallecido, qué debía interpretar. Libre de pecado, de Adolfo Guzmán, me respondió. Busqué la grabación y como no sé leer música él me grabó la melodía. Con Libre de pecado no tuve rival (sonríe).

«En busca... me abrió las puertas del festival Boleros de Oro de Camagüey, donde canté Mil congojas. Jamás olvidaré que alguien del público gritó: “Elena no ha muerto”. Fue muy emocionante. Pero allí también estaba José Loyola, quien le insistió al presidente del evento en la provincia para que me llevara a la edición de La Habana del año siguiente. Por ese motivo conocí al maestro Luis Carbonell, a Hugo Oslé y a Tomás Morales, quienes me convencieron de que debía dedicarme definitivamente al canto. Eso, y la reacción del público, fueron el puntillazo; debía intentarlo.

«Después de una gran batalla para  hacerme profesional, lo que conseguí gracias al empeño de Enrique Bonne, Rodulfo Vaillant, Orlando García, Luis Carbonell, Servando Vázquez y Hugo Oslé, en el 2006 ya tenía mi plaza en el Gato Tuerto, donde debuté el 3 de junio, cantando, por mi inexperiencia, como 30 canciones en una hora. Terminé ronca, pero el público me traía por las nubes. Eso me «envenenó» la mente.

—Yo te descubrí en Amigas...

—Conservo con mucho cariño lo que entonces escribiste sobre mí. Y, claro, Amigas ha sido determinante en mi carrera, pero entre el 2006 y ese fabuloso espectáculo ocurrieron varias cosas que me marcaron: actuar en uno de los centros nocturnos más emblemáticos de Cuba fue esencial, luego presentarme en México también me ofreció una formación de primera... Todo ello me permitió ir hallando mi estilo, porque si bien mi registro vocal de contralto, mi coloratura de voz, recuerdan a Elena, Omara, Leonora Rega, lo cual me llena de satisfacción, también quería que cuando me escucharan dijeran: ¡Esa es Yaíma! Lo he ido consiguiendo poco a poco, con la colaboración de profesionales increíbles como Juanito Martínez, quien fuera guitarrista de la Burke.

—¿De qué manera consigues entrar en el elenco de Amigas?

—Mi historia con Amigas comenzó en Las Tunas, en noviembre de 2011, donde coincidimos Sory, Niurka Reyes y yo, por el Festival Barbarito Diez. A ellas les pedí que me resolvieran una entrada para ver ese musical del cual todos hablaban maravillas. Fue cuando me dijeron que habían hablado con Lizt para que me presentara a las audiciones, a partir de que Ivette Cepeda, por compromisos de trabajo, no podía seguir. Me convocaron en enero para que me presentara a la prueba cantando Perdóname, conciencia, Qué te pedí y Toda una vida.

«Reconozco que temblaba intensamente. Hice los temas requeridos, pero Lizt Alfonso debió notarlo porque me pidió que interpretara algo con lo que me sintiera cómoda, y elegí Mil congojas. Lo cierto es que su rostro no expresó nada que reflejara que el papel podía ser mío, solo que le dijo a su asistente Diana: “Te perdiste Mil congojas”. Cuando pasaron como dos semanas sin ninguna noticia pensé que había perdido toda posibilidad. No me vino el alma al cuerpo hasta que me llamaron otra vez».

—¿Cómo fue la preparación para el espectáculo?

—Muy difícil. Como Gretel Barreiro, tenía la desventaja de que desconocía el espectáculo, de modo que tuve que ponerme las pilas. A Lizt le agradezco su total exigencia, que me obligara a captar con rapidez y a desarrollar mi creatividad. Fue una escuela para mí. Realicé con ella un trabajo superriguroso, que le agradezco con el alma. Sudaba frío cuando me rectificaba: “No te creo cuando dices: Perdóname...”, me exigía. Así conocí las interioridades del teatro musical, donde lo esencial no es ser tú, sino estar en función de una historia, de un cuerpo de baile. Ahora puedo decir que en mi carrera hay un antes y un después de Amigas, que constituyó mi entrada al gran público.

—¿Y el estreno?

—Todavía dos días antes no se sabía quién iba a estrenar el papel de Caridad en el Karl Marx. Tuve esa dicha, pero el nerviosismo de aquella noche fue de película.

«Dicen las bailarinas que cuando me paré a cantar De mis recuerdos, en el pamparamparampampán mis pantalones parecían una veleta en medio de un ciclón. Bueno, y en el Vuela pena también... pero, ¿cómo iba de ser de otra manera? Era la primera vez que cantaba en un teatro de esa envergadura y ante miles de personas, y con la conciencia de que no podía defraudar a la compañía, a mis compañeros, a Lizt, al público. ¿Lo más emocionante? La parte final. Estaba marcado que hiciera para el saludo unos movimientos determinados, pero a veces soy un poco torpe, y más en esas circunstancias, y lo olvidé. Sin embargo, parece que no me fue mal, porque después Lizt me tranquilizó: “Muy bien, Yaíma”. Fue enormemente emocionante.

«Ese 2012 ha sido inolvidable para mí porque tuve el honor de trabajar después con los maestros Frank Fernández y Adalberto Álvarez, en el Cobre, por los 400 años del hallazgo de la Virgen de la Caridad. Asimismo, actué en Miami, por la insistencia de las hermanas Diego, junto a Rosita Fornés, Beatriz Márquez, Vania, Osdalgia; también participé en el I Encuentro de Voces Populares, que convocó Argelia Fragoso.

«Y ya en este 2013 estuve por algunas provincias de la Isla y en el Reino de Bahrein con Amigas, lo que me dio un gustazo inmenso. Confieso que temía que el público no entendiera, pero en cuanto se descorrieron las cortinas la gente empezó a aplaudir y así se mantuvo hasta el final, lo cual te demuestra que la música no tiene fronteras».

—Se dice que andas preparando tu primer gran concierto...

—Efectivamente, y desde el principio me propuse que el maestro Luis Carbonell me asesorara. Su única condición fue que debía cantar lo que me pidiera, y acepté con gusto. A medida que ha pasado el tiempo el proyecto se ha vuelto más ambicioso, al punto de que le pedí a Lizt que asumiera la dirección artística. Será un espectáculo en el teatro Mella, donde interpretaré a los compositores más cantados entre las décadas del 40 y el 60 del pasado siglo (Adolfo Guzmán, Mario Fernández Porta, Armando Oréfiche, Carmelina Delfín, Orlando de la Rosa...), y adonde invitaré a figuras que han tenido que ver con mi carrera, así que, además de los increíbles músicos de la compañía Lizt Alfonso con sus arreglos muy contemporáneos, me acompañarán en el escenario: Adalberto, Lucía Huergo, Verónica Lynn y Luis Carbonell, con una aparición especial.

«Con el apoyo de muchos amigos, para este 11 de diciembre propondré un espectáculo (quedará grabado por Colibrí y dirgido por Lester Hamlet en mi primer DVD-CD) compuesto por canciones hermosísimas, poéticas, y donde habrá una mezcla de juventud y experiencia que, como aseguraba Farah María, es inmejorable. Solo espero que la gente se quede con ganas».

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