Fátima en la piel de Enriquito Almirante

El joven actor Carlos Enrique Almirante comparte sus impresiones acerca del personaje principal que encarna en Fátima o el Parque de la Fraternidad, la más reciente entrega de Jorge Perugorría como director, que se exhibe en las salas de estreno del país

Autor:

Jaisy Izquierdo

Siempre pensó en ser actor: «desde chiquitico», advierte el joven Carlos Enrique Almirante. Recuerda que en una de las tantas ocasiones en que acompañaba a un ensayo a su papá, el querido Enrique Almirante, premio nacional de Televisión; le propusieron que interpretara un papel en las aventuras El dragón mambí, y no se lo pensó dos veces.

«Fue un mundo que se abrió de casualidad ante mis ojos. Solo tenía 11 años y, desde entonces, me sumergí de lleno en esta profesión en la que he podido participar en más de 20 filmes, compartiendo varios protagónicos», recuerda.

Resume así la suerte de haber participado en numerosas películas criollas como Perfecto amor equivocado, de Gerardo Chijona; Lisanka, de Daniel Díaz Torres; Habana Eva, de Fina Torres; Ciudad en rojo, de Rebeca Chávez; Marina, de Kiki Álvarez; y junto a Fernando Pérez primero en Madrigal y recientemente en La pared de las palabras. Mientras con su naturalidad histriónica se nos colaba en la pequeña pantalla en aventuras como Enigma de un verano, la novela Al compás del son, como conductor  en programas musicales o de participación al estilo de A moverse, y en los gustados programas Punto G, Tras la huella, o Jura decir la verdad.

Pero Carlos Enrique asegura que a lo largo de su carrera, fructífera a sus 32 años, ningún papel le ha dado «tanto trabajo» como el de Fátima. Aunque cuando lo dice, pareciera que la alegría que relumbra en sus ojos le desmiente: pues la faena de ponerle piel y alma a un personaje se convierte para él en un disfrute infinito que se le sale por los poros.

Jorge Perugorría, durante el rodaje, dirige a los actores Tomás Cao y Carlos Enrique Almirante.

Fátima o El Parque de la Fraternidad, dirigida por Jorge Perugorría e inspirada en el relato homónimo del escritor Miguel Barnet, llegó para darle un giro a su carrera al poner en sus manos el papel de Manolito, un muchacho que ha de convertirse en Fátima, la reina de un cabaré de travestis.

«Deseaba desde hacía rato hacer un personaje así, con todas las complejidades que trae consigo elaborar y apropiarse de un papel como este. Fue un mes en el que casi me vuelvo loco entre tantos ensayos, durmiendo con unos tacones al lado de la cama, y sobre todo aprendiendo de ese mundo, sus luces y sus sombras, compartiendo con ellos en el camerino, enfrentándome al público que frecuenta ese tipo de cabaré.

«A Fátima he tratado de construirla lo más mesuradamente posible, manteniendo a raya todos los “caballos” que tenemos por dentro los actores, y sobre todo me preocupé por diferenciar esas etapas que atraviesa Manolito, desde que era un jovencito hasta el momento en que se convierte en Fátima, lo cual resulta muy interesante desde el punto de vista actoral», explica.

No menos compleja fue la asimilación externa de este hombre que se traviste primero por las exigencias de su amante y luego por el placer de realizarse como artista.

La rutina preparatoria se traducía en «muchas horas de maquillaje y peluquería, para luego andar con este calor de La Habana con unas mallas puestas o una peluca larga suelta, además de tener que afeitarme hasta dos veces al día», exclama y se acaricia casi con alivio la barba. Entonces me responde a modo de moraleja: «Ahora entiendo de verdad a mi novia cuando me dice “me demoro una hora más”».

Actuar por siempre

El retorno de Perugorría al plató para recrear a un personaje tan similar al Diego de Fresa y Chocolate que lo catapultara a la fama internacional; resultó ser para Almirante un punto de apoyo.

«A Pichi le agradeceré siempre la confianza y la comunicación. Que él hubiera pasado por una experiencia parecida, 20 años atrás, me sirvió de referente y de alivio. No obstante, Diego y Fátima, son muy distintos entre sí, aunque hay momentos en que pueden guardar cierta similitud, sobre todo durante el período en que Manolito aún no es travesti pero asume su identidad sexual ante la sociedad que lo recrimina. Yo traté de hacer mi versión, como él hizo la suya», explica Almirante, quien se siente feliz de que su desempeño haya acaparado la atención de muchos, después de la presentación de la cinta durante el pasado XXXVI Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

«No esperé que tuviera tanta acogida por el público, desde los más grandes hasta los más pequeños me saludan como Fátima en la calle, y eso que esta no es una película hecha precisamente para niños… Pero creo que se ha convertido en un personaje de todos», aclara con evidente complacencia.

Aunque declara que le hubiera gustado contar especialmente con un aplauso que presiente, silencioso: «Me hubiera encantado que mi papá hubiera podido ver este trabajo. Mi actuación se la dediqué a él. Verlo sentado en la sala de cine y saber sus impresiones hubiera sido maravilloso. Yo creo que si le hubiera tocado hacer este papel, él lo habría hecho igual», expresa sin ocultar la profunda admiración que su padre le inspira.

Aprovecho para conocer sobre sus próximos trabajos y esos otros proyectos con los que fantasea. El joven actor adelanta que se encuentra realizando el sueño de llevar a la pantalla grande las aventuras de Mario Conde, ese famoso investigador policial de las letras cubanas creado por Leonardo Padura.

«Yo interpreto a Manuel Palacios, el otro policía que trabaja directamente con el Conde, que precisamente interpreta Jorge Perugorría. Estoy superorgulloso de formar parte de ese elenco en el que comparto con muchísimos actores cubanos como Coralia Veloz y Néstor Jiménez, y que dirige el español Félix Vizcarret, quien ya ha ganado dos premios Goya».

Cuando termine con este proyecto, del cual saldrán una película y una miniserie de cuatro capítulos basados en la tetralogía formada por los libros Vientos de Cuaresma, Pasado perfecto, Máscaras y Paisaje de otoño, Almirante solo desea entregarse a nuevas experiencias en la escena.

Para él lo maravilloso de esta profesión radica en la posibilidad de vivir diferentes vidas: «Mira, —me dice—, durante dos meses fui travesti, tal vez mañana pueda ser un asesino en serie… ¿Quién sabe? Me faltan tantos personajes… Solo espero que los que vengan sean bien difíciles, como Fátima. Esos son los que me gustan».

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