Rogelio Martínez Furé

Soy un hombre deudor del mundo entero

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A veces me pregunto qué hubiera sido de mí de haber nacido en otro sitio que no fuera mi amada Matanzas, tan vibrante de cultura por esas tradiciones que nos llegaron de Eurasia, África, del Caribe, América continental. No sé..., me quedaré con esa incógnita, pero estoy convencido de que fue un privilegio haber visto la luz en el barrio de Yumurí, en el centro de la ciudad, en Velarde 106, entre Manzaneda y Zaragoza.

Uno le debe mucho al hecho de nacer en determinados lugares, barrios, clase social. Mi familia fue pueblo-pueblo, sin embargo, resultó esencial desandar esa calle donde también se radicó Miguel Faílde, el creador del danzón; por donde pasaban las comparsas, las procesiones de los abakuá; tener cerca a Natica, que montaba repertorio de óperas y zarzuelas españolas... Por allí cantaban sus pregones los guajiros con sus carretones llenos de frutas; los chinos vendiendo maní. En mi barrio era muy común hallar lo mismo un jamaicano, que un mexicano, dominicanos, gallegos, descendientes de congos, de arará, lucumí, iyesá, judíos, catalanes, gangá... Era un lugar donde coincidían los componentes más importantes de nuestra identidad. Por ejemplo, la presencia francesa, que en Matanzas fue muy notable. No solo en los cafetales del río Camarioca, sino en toda la ciudad.

Ello explica que muchos matanceros portemos apellidos franceses. Por la línea materna desciendo de mandinga. Mi tatarabuela nació cautiva en 1834, en el ingenio Atrevido de Piedra, en la zona de Bolondrón. Mi bisabuela, mi abuela, son matanceras rellollas, al igual que mi madre, resultado de la unión de esta descendiente de mandinga con un mulato, retoño a su vez de un francés que arribó a este país como telegrafista a mediados del siglo XIX y se casó con una mulata. De ahí viene el Furé. Por la parte de mi padre me llegó lo español, lo africano y lo chino. Es decir, que en mí está toda la humanidad. Y esa circunstancia de haber nacido en aquel barrio estimuló desde pequeño mi curiosidad por las tradiciones culturales.

Nunca fui un gran conocedor de los juegos infantiles, por el contrario: era malísimo con las manualidades. No daba pie con bola con la pelota, ni con la quimbumbia, entonces me dio por leer. Supongo que temprano tomé conciencia de que no iba a servir para las cosas físicas, y me refugié en la lectura. Ya a los nueve, diez años, me había leído La Ilíada, La Odisea, y La Eneida, por la influencia de Ana López Yera, que era graduada de San Alejandro. Ella me prestaba esos libracos con reproducciones de obras de arte y yo me hundía en la lectura.

Sí, fue una bendición haber conocido a la pintora Ana López Yera, y a un hijo de gallego, poeta maravilloso, comunista, llamado Ricardo Vázquez. Cuando yo empecé a escribir mis primeras novelitas, él se interesó por leer mis cosas. Recuerdo una sobre el México precortesiano, se nombraba La profecía; y otra de tema haitiano, titulada La haitiana. Ricardo se las enseñó a Carilda Oliver. Ellos se convirtieron en mis mecenas. Siempre les agradeceré el hecho de haberme prestado atención.

No olvidaré tampoco que desde niño, cuando se acercaba un ciclón, en mi casa se reunían mi mamá, mi hermana y dos muchachas que siempre estaban con nosotros. Entonces a mí me daba por escribir pequeñas obras de teatro, que montaba con todas ellas: mis actrices. Eso también fue un antecedente de mi amor por la lectura y la escritura, lo que compaginaba con el canto. Nunca he podido dejar de cantar. La música ha sido fundamental, inseparable de mí.

La iluminación

Me mantuve en la Universidad de La Habana hasta tercer año de Derecho Civil, Derecho Diplomático y Derecho Administrativo. Con el cambio de estructura que se produjo en ese centro se interrumpieron mis estudios. Se aseguraba que ya no se necesitarían más abogados. No subí más a la Colina. De muchacho me enseñaron que donde a uno no lo quieren, no debe ir a buscar nada. Afortunadamente había salido en la prensa un anuncio en el que se informaba que abriría un seminario para investigadores de folclor, dirigido por Argeliers León. Me presenté y me aprobaron. Y eso fue San Pablo Camino de Damasco: la iluminación.

Terminado el seminario, me quedé trabajando como asistente de Argeliers. Fui el primer profesor de Folclor cubano en el Curso Emergente para Instructores de Artes, que se desarrolló en el Habana Libre, de donde salieron esos grandes artistas de hoy. Todos fueron mis alumnos. Ahí también inició mi contacto, para siempre, con el movimiento de artistas aficionados.

Coincidió asimismo que por ese tiempo tuvieron lugar, convocados desde el Teatro Nacional, los cursos de Dramaturgia, impartidos por los argentinos Samuel Felman y Osvaldo Dragún. Es curioso porque empecé como alumno de Dramaturgia, pero culminé como profesor de Historia de la cultura cubana tradicional de mis compañeros. Después me llamaron para impartirles clases a los asesores literarios que se formaron también en el Habana Libre, de donde salieron escritores como Pedro Pérez Sarduy y tantos otros...

Definitivamente mi vida ha sido muy múltiple, tal vez porque aproveché cada una de las oportunidades que ella me ofreció. Como cuando me puso en el camino, en los años 60, a los hermanos Camejo. No lo pensé ni un segundo para trabajar con ellos como asesor de sus obras para adultos inspiradas en temática folclórica, al estilo de La loma de Mambiala, Chicherekú, Shangó de Ima. Fue cuando escribí una ópera de cámara, Ibeyi Añá, con puesta en escena de Pepe Camejo, y música folclórica, pero también de Héctor Angulo.

Compuse música incidental para esas piezas que montó el Guiñol, sin dejar de ser el intérprete de los cantos en yoruba, acompañado por Jesús Pérez y sus tambores, ese maestro de la percusión cubana. Ibeyi Añá, por ejemplo, llevaba música aleatoria que grabé con instrumentistas de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigidos por Leo Brouwer. Una obra clásica porque en ella se presentó por vez primera la temática folclórica al público infantil.

Esa experiencia de total cercanía con las artes escénicas ha sido muy enriquecedora. Fue genial colaborar con Teatro Estudio, junto a Raquel y Vicente Revuelta; con directores como Roberto Blanco, Tito Junco, Eugenio Hernández Espinosa... ¿Y qué decir del Conjunto Folclórico Nacional del cual fui cofundador, libretista de sus principales obras, asesor folclórico y director artístico por más de 50 años? Sería como negar que mi vínculo con Sergio Vitier ha resultado primordial en estas tantas vidas que he tenido.

Sergio Vitier... Me honra con su hermandad desde 1967. Yo le había puesto música a un grupo de poemas de Guillén, y me pidieron que estrenara aquel ciclo de canciones en un homenaje que se le preparó a Nicolás en la Uneac. Fue Sergio quien le hizo el acompañamiento con su formidable manera de tocar la guitarra. Ahí surgió entre nosotros una amistad que espero permanezca hasta el más allá.

Al año siguiente, en el 68, nos volvimos a unir en la velada conmemorativa por la muerte del Che Guevara, en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana. Los dos creamos a partir de una obra de Tomás González. Sergio concibió un arreglo con banda magnetofónica y acompañamiento guitarrístico, mientras yo le agregué a esa pieza de carácter político un estribillo basado en cantos funerarios cubanos de origen yoruba. ¿El resultado? Un escándalo, un rompimiento absoluto.

Y nació Oru, un grupo experimental que asumió la música tradicional cubana, la brasileña, la medieval española, la folclórica..., con una concepción muy contemporánea. Se aprovechaban todos los recursos para demostrar que a partir de la tradición se podía componer música de vanguardia. En eso fuimos pioneros en Cuba. Y Oru empezó a crecer y a atraer a figuras de primer orden: Jesús Pérez, Leonardo Acosta, Tata Güines, Cachao, Barreto, Genaro García Caturla... Así actuó en los escenarios más significativos de la Isla pero también del mundo.

Simple aprendiz de la vida

He tenido que ponerme muy «fuerte» con el cantante que soy para que le dé alguna oportunidad al escritor. Por culpa de los montajes, ensayos, las giras, las funciones... mis libros se han ido atrasando. Ahí me quedan como cuatro o cinco libros al estilo de mi diccionario Pequeño Tarikh. No obstante, escribir ha formado parte de mi existencia.

Como el magisterio. Desde 1960 he sido profesor de casi todos los niveles de enseñanza del país, hasta terminar como titular del Instituto Superior de Arte donde en 1991 me otorgaron el Doctorado, sin olvidar que han solicitado mis servicios como docente en México, Colombia, Estados Unidos, Perú, Brasil, Ecuador, Angola, Ghana, España, Francia, Inglaterra...

Creo que he perdido la cuenta de las vidas que he vivido. Pero no ha habido ninguna contradicción. Curiosamente el ser humano siempre ha tenido la posibilidad de realizarse en diversos campos, aunque también se ha aferrado a la tendencia de quedarse en una sola categoría, como si no se pudiera ser folclorista y, al mismo tiempo, amar la ópera, como me sucede a mí que me emociono con Puccini, Mussorgsky...

Imagino que en mi caso han sido muchos los privilegios. De hecho, hasta pude materializar uno de mis grandes sueños: recorrer el planeta, estar en más de 40 naciones. Fue un deseo que me invadió desde que mi padre me regalara, siendo un crío, El mundo pintoresco, una colección de ocho o nueve tomos que se imprimió en Argentina y recogía las historias, las costumbres, los templos... de las naciones del planeta, con impresionantes fotografías.

Caminar por la Vía Monumental de Babilonia, estar en Kyoto o París, atravesar el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, en Francia, y entrar en las habitaciones más privadas de Luis XIV o de María Antonieta, o descubrir la Mezquita de Córdoba, en España; meter las manos en el río Congo, en Brazzaville; ver el Cañón del Colorado, en Estados Unidos; o cómo se ilumina en el anochecer Río de Janeiro. Estar en Bagdad, en Ile Ife, la ciudad sagrada de los yorubas... Esa suerte me ha convertido en un hombre deudor del mundo entero, de toda la cultura.

Por tal razón somos los cubanos un pueblo privilegiado, porque hemos sido punto de encuentro, de encontronazos y de fusiones y, al mismo tiempo, diáspora hacia los cuatro puntos cardinales. Ello me compromete a defender esa riqueza que hemos heredado, esa singularidad nuestra, sin chouvinismo ni xenofobia. Por el contrario: nos corresponde abrirnos al mundo porque de las sangres, de las etnias, de las lenguas de ese mundo hemos venido.

El mundo ha cambiado, pero nuestra identidad se ha ido reforzando más y más. Y es que la identidad de los pueblos es como un gran río de aguas siempre renovadas que al final desemboca en el océano de la Humanidad. Los componentes diversos que nos conforman son como los hilos en la trama de una tela: diferentes mas se van complementado. Ahí radica la fuerza del tejido.

Por lo tanto, debemos asumir todas nuestras herencias culturales. Digo yo: conservando y transmitiendo a las generaciones futuras lo mejor de ese legado de nuestros antepasados. Lo peor que se quede en el camino.

En cuanto a mí, jamás me cansaré de enseñar. Es mi mayor plenitud: actuar como ese ser que inventé en mi libro, Yonu. Yo, primera persona del singular del castellano, y Nu, nosotros en el creole caribeño. Yo-Nosotros. El Yo individual trasmutado en el Nosotros colectivo. Es el motivo por el cual rectifico a quien me llame Maestro, y le aclaro: «Maestro no, ¡simple aprendiz de la vida!».

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